Los niños perdidos

Dedicado a la familia de
Daniela Xóchitl Elizarrarás Rojas

I

Desaparecer

(De des- y aparecer).

1. tr. Ocultar, quitar de la vista con presteza, dejar un lugar.

2. intr. Dejar de existir.

tr. amer. Detener y retener ilegalmente la policía o los militares a una persona sin informar de su paradero.

Desaparecer: el prefijo Des— se refiere a la negación de Aparecer (poner algo a la vista). Las dos palabras contienen la partícula ad (hacia), parere y el sufijo —escereecer que señala una acción verbal en proceso. Es decir, si morir es una acción puntual, desaparecer no. Desaparecer lleva consigo una idea de continuidad, como en la palabra envejecer, donde se nota más el proceso que debe culminar. Si alguien no pudiera morir, pero sí envejecer, el proceso sería eterno.

II

Camino por la calle de Versalles rumbo a Liverpool en la colonia Juárez. De lunes a viernes, durante un año, recorrí la calle sobre la que se encuentra una librería Porrúa frente a una funeraria famosa por ser los primeros en tener el mal gusto de abrir lo que consideran una “funeraria boutique”. En la esquina de Lucerna, frente a una panadería artesanal, hay un local de refacciones automotrices y a un costado del local, una ventana abandonada. Es el último día que camino sobre Versalles y por primera vez me doy cuenta de que en la ventana, con los colores comidos por el sol, se puede ver un cartel viejo:

losninosperdidos

III

James Matthew Barrie escribió en 1904 una pequeña obra de teatro que fue representada el 27 de diciembre y gracias a esa representación escribió una novela cuyo personaje principal se convertiría en símbolo: Barrie acababa de crear a Peter Pan.

Y como todos saben —si es que acaso gustan de leer cuentos de hadas—, Peter Pan acompaña a los niños cuando mueren en su viaje hacia el otro mundo “para que no tengan miedo”. Es decir, tiene una función de psicopompo para los niños muertos pero hace de líder para aquellos que no están muertos, sino perdidos:

—¿Pero dónde vives más ahora?
—Con los niños perdidos.
—¿Quiénes son ésos?
—Son los niños que se caen de sus cochecitos cuando la niñera no está mirando. Si al cabo de siete días nadie los reclama se los envía al País de Nunca Jamás para sufragar gastos. Yo soy su capitán.

¿Por qué los niños perdidos se encuentran suspendidos en este mundo mientras acompañan al psicopompo y los muertos “pasan” a otro lugar? Tal vez sucede lo mismo que en la continuidad transitiva del verbo desaparecer y lo puntual e inefable del verbo morir.

IV

Decidí investigar un poco sobre quién es la niña que aparece en el cartel arriba expuesto y encontré lo siguiente: Daniela Xóchitl Elizarrarás Rojas tenía 6 años cuando desapareció de los jardines del fraccionamiento Arcos de Tultepec, Estado de México. El cartel es del 2006 y hasta la fecha sus padres la siguen buscando sin tener noticias claras de su paradero. Han pasado por todo, desde la pena y el dolor de perder a una hija tan pequeña, hasta la decisión de emplear todo su dinero y fuerza en su búsqueda, pasando por el martirio de la burocracia mexicana y una investigación maleada, de tratar de llamar la atención del entonces gobernador del estado y ahora presidente, Enrique Peña Nieto, sin mayor respuesta que una carpeta con un número de seguimiento. Su familia ha tenido que aprender a vivir con la ausencia, con la marca profunda que deja el no saber dónde está un ser querido.

Basta con poner el nombre de Daniela en cualquier buscador para que los resultados muestren la hilera de noticias, fotografías, videos, páginas en redes sociales, notas, artículos, debates. Se nota el esfuerzo por no olvidarla, por no dejar de lado su búsqueda, por no permitir que la apatía que invadió a las autoridades infecte también a los ciudadanos.

De repente, en una página de fanfics (el lugar menos esperado) encuentro un escrito de alguien cercano a Daniela. Creo, por lo que relata en la historia, que se trata de su media hermana. Es un cuento en primera persona que relata cómo vivió ella el momento en que se enteró de la desaparición de Daniela, cómo sintió una especie de culpa y cómo la angustia se apoderó de la familia. Hacia el final, el texto dice: “El planeta gira y gira y no da tregua a nadie. Creyó que lo peor había pasado, pero se equivocó… comenzó a dormir, a comer y hasta reír de nuevo; pero la idea de que tal vez la niña no lo volvería a hacer, que jamás la podría conocer, se apoderaban de ella. Los sentimientos de culpa y remordimiento la atacaban cada vez más fuerte”. Y tiene razón: el tiempo no da tregua. ¿Cómo aprender a reír de nuevo —a vivir— cuando llevas (como la punta de un alfiler) el recordatorio constante de que aquella persona que perdiste no pueda volver a disfrutar el mundo, el sol, la pizza, el helado, el amor?

V

Tal vez J. M. Barrie comprendió el sentido de pérdida cuando recordaba cómo su madre, casi loca, no le prestaba atención a él a menos de que usara la ropa de su hermano mayor muerto. Tal vez J. M. Barrie deseó que existiera algo más allá, alguien capaz de acompañar a los niños muertos, cortados como frutos sin oportunidad de madurar, y alguien capaz de consolar a aquellos niños que por un instante trágico soltaron la mano de su madre y se perdieron y no regresaron nunca jamás.

VI

Pon atención. Mira a tu alrededor. Mira las fotografías pegadas en postes que llevan un encabezado de ¿Me has visto? Detente a mirarlas. Observa. Y después de observar, reflexiona, porque detrás de cada imagen, hay una historia. Detrás de cada ¿Me has visto? hay una familia carcomida por el dolor, por la incertidumbre de no saber qué sucedió con alguien a quienes ellos querían mucho, alguien que pertenecía a su único y particular mundo.

Pon atención. Escucha. Escucha y lee bien las palabras que cada día se repiten más y más. Ahí está la palabra “desaparecido”. El término se ha convertido en moneda de uso común, en término diario y ahora es normal que alguien tenga un familiar “desaparecido”. Es normal cuando hablan de “los desaparecidos”. Se ha normalizado que existan las “madres de los desaparecidos” y eso no puede ser. No es normal.

Recuerda que en este país, en este momento, el desaparecido puede ser cualquiera. Puedes ser tú. O, si no basta el miedo en ésta última sentencia, el desaparecido puede ser tu hijo, tu hermano, el amor de tu vida.

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