Divagación de café

Hay días en que debo abandonar la calidez de mi pijama y salir por un café americano (el más barato) gracias al cual puedo aprovechar la ventaja del internet gratuito en la cafetería local. Paso una hora (más o menos) sin hacer nada en las llamadas redes sociales. Mis amigos comentan alguna publicación, alguien subió una foto mía y de la pantalla se apoderan imágenes interminables: desayunos fotografiados que intentan demostrar un estilo de vida superior, gatos en situaciones cómicas, frases cursis e idiotas sobre un fondo donde se aprecia un atardecer en la playa y hasta la imagen conmovedora donde algún rescatista salva a un perrito de la muerte.

      Hace treinta años ya existía la televisión y ya existía gente que prefería sentar a sus hijos frente al aparato para que los educara antes que dejarlos salir a correr por las calles. Hace más de quince años que el internet llegó a los hogares. Hace trece años el internet llegó a la casa de mis padres mediante el uso de un ya extinto módem con el cual tuve internet gratuito hasta que cambiaron la forma de conectarse (aún ahora, la contraseña robada de algún vecino funciona a la perfección para conectarme a la red abierta de cierta monopólica compañía de teléfonos) Adolescentes como yo se declararon al supuesto amor de su vida a través de correos electrónicos con letras de colores. Adolescentes como yo fueron rechazados por correo electrónico, con un mensaje ambiguo y algo cobarde: “pero seguimos siendo amigos, ¿verdad?”. Y adolescentes como yo al día siguiente tuvieron que ir a la escuela y rogar por no encontrarse de frente con el objeto de su afecto. Adolescentes como yo se lo encontraron de frente y tuvieron que fingir que nada pasaba, que todo el mundo virtual había quedado suspendido y que sus reglas no tocaban las del mundo real. Lo cual, sabemos, no es cierto. El correo electrónico es más impersonal que una llamada telefónica pero afecta de la misma manera. Si el sonido más triste en la época moderna es aquel que hace el celular de la persona amada cuando no contesta, el correo electrónico es una forma de abandono más que de comunicación. Sobra decir que he visto cantidad inmensa de correos enviados por ex-novios y ex-novias de todas las calañas (unas más bajas que otras) que comprueban el punto de la crueldad humana en la comunicación cínica. La comunicación cobarde y a la vez valiente, las manos temblorosas, una respuesta de la cual depende –muchas veces- la sanidad mental, la cordura, el sano juicio y buen seso de quien espera.

      En las redes sociales no falta plática y parece que existe comunicación: todos tienen algo que decir, y si te unes a una cadena de mensajes o comentarios, resulta agotador. Tienes que revisar cada tanto qué persona que te interesa está haciendo qué. Y si alguien comenta en una publicación que tiene más de un mes, la reacción probable puede ser: ¿Yo publiqué eso? ¿A qué hora? Como si uno estuviera ocupado en salvar el universo. Surge la pregunta ¿cómo es que hay personas que tienen miles de seguidores y cómo pueden mantener una verdadera comunicación? las estrellas de las redes sociales son artistas, políticos o idiotas. Por lo general, dos de esos adjetivos al mismo tiempo.

      Se dice que la nueva tecnología en la comunicación humana viene a cambiar las herramientas de trabajo, pero lo que cambia a la par es la manera de comunicar en los grandes temas del hombre, las obsesiones que siempre retoma: el amor, la muerte, la religión, el miedo, etcétera.

     Hoy en día se podría escribir un ensayo largo y terrible que responda a la pregunta ¿qué pasa cuando mueres y una parte de ti se queda en las redes sociales? Tu yo digital, el que fue creado por ti a imagen y semejanza con lo que nosotros tenemos en mente de lo que somos y queremos proyectar a los demás. Ese yo digital queda vagando en internet con un espacio en el que amigos y familiares pueden ver, comentar y compartir. Entonces, si yo muero ¿alguien podría desconectarme de la red? Tal vez no. Si no le dejo mi contraseña a alguien de confianza, mi perfil se quedará flotando quién sabe cuánto tiempo hasta que Facebook reviente por una nueva plataforma, quiebre en el mejor de los casos o el planeta explote arrasado por el sol y se lleve los indestructibles servidores de la compañía.

      ¿Qué pasa con las personas que se suicidan y dejan su último mensaje como fantasma que atormenta a los demás? No tengo una respuesta concreta sin inmiscuir sentimientos encontrados o visiones periféricas que no abarcan la totalidad de la cosa. Hace unos días –por ejemplo– una chica se suicidó a causa del fracaso en una relación a distancia y subió una última fotografía donde se le puede ver con el nudo de una soga alrededor del cuello, una sonrisa y lágrimas recorriéndole las mejillas aún sonrosadas. Por las circunstancias se convirtió en noticia viral, pero también en un meme: una fotografía que se repite una y otra vez, vaciándose de significado o adquiriendo uno nuevo, la mayoría de ellos, chistes de mal gusto. Que no nos sorprenda la ruina de país que tenemos si hemos sacrificado a la humanidad y parece que ya nada nos irrita o nos conmueve.

      Pero si la manera en la que cambia nuestro punto de vista sobre los grandes temas, cambia a la par de la relación hombre-comunicación, entonces ¿cómo debe evolucionar la comunicación en la literatura, en el ensayo? ¿Sobre qué debemos escribir? Pero más importante ¿Cuál es la postura que los escritores van a tomar frente a estas novedades? Hoy más que nunca la literatura es una necesidad del espíritu, debe nacer de la honestidad y como decía Chéjov: en el arte no se puede mentir. Hoy más que nunca el arte, la literatura, la poesía, los cuentos, el ensayo, deben anclar sus posturas frente al mundo cambiante de arenas movedizas; después de la guerra, después de la atrocidad, después de la muerte sin sentido, queda la urgente necesidad del espíritu. Tal vez el punto de vista del escritor sobre las nuevas formas de comunicarse y su impacto en los hombres sea a la larga lo que determine el camino del ensayo antes de poder siquiera restringirlo.

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