Del XX al XXI, independencia y poder petrolero

Cada etapa de la historia tiende a mover a sus sociedades a ritmos distintos. La idea de la modernidad sugiere que el tiempo incrementa la velocidad, y ésta, hace lo propio con el progreso de las sociedades. Bajo este argumento un tanto idealista, el siglo actual sería la etapa de la historia más dinámica, la de mayor movimiento, la de mayor fluidez. No por nada este siglo ha sido llamado, simulando al de las luces, el siglo de los flujos y la globalización.

    Sin embargo el S.XXI más que representar un salto de página, arrastra un fuerte lastre que inclusive pone en duda la continuidad del movimiento, éste es el lastre del petróleo. En efecto, el uso de dicho hidrocarburo, que fue adoptado y adaptado durante todo el siglo XX, hoy en día manifiesta una crisis. Utilizo la palabra crisis para caracterizar este momento disyuntivo y lleno de incertidumbre, en el que la continuidad del modelo conduciría a consecuencias catastróficas, especialmente las de orden ambiental, pero no descarto las económicas y sociales.

    Aunque el descubrimiento y explotación industrial del petróleo se remonta a agosto de 1859 en Titusville, Pennsylvania, los dos factores que mayormente explican su auge se desarrollaron en el siglo XX. El primero de estos tiene que ver con la sustitución del carbón por el petróleo en la maquinaria militar, y el segundo se refiere a la reproducción y utilización masiva del automóvil, cuyo motor de combustión interna necesitó y continúa haciéndolo, de gasolinas para poder funcionar. También aquí podría incluirse el desarrollo de la petroquímica que ha llevado a que hoy en día casi todo con lo que interactuamos esté vinculado con el petróleo.

    Así, el siglo XXI con todo y sus nodos y flujos globales aún sigue requiriendo de petróleo para poder conectarlos. Pero además de la preeminencia de este hidrocarburo en la matriz energética dominante, otro aspecto que persiste son las pautas políticas con las que históricamente se desarrolló dicha industria.

    La principal pauta que quiero mencionar aquí es el binomio Empresa-Estado. Este binomio, aún en el siglo XXI, ha sido tan estrecho que no ha permitido la incorporación de otros actores, a pesar que el siglo actual lo acompaña un conjunto de ideas esperanzadoras sobre gobernanza e inclusión. Sin embargo, pareciera que todo lo relacionado con petróleo debe seguir siendo un elemento secreto, del cual participa la sociedad solamente en su consumo, más no así en su dirección. La pasada aprobación de la Reforma Energética (RE) en México es un ejemplo de dicha condición, pues a pesar de los esfuerzos por someterla a una consulta popular, los mecanismos legales obra del Estado fueron un impedimento para conseguirlo.

    Esta falencia debe ser reparada pues no puede ser posible que la energía, en tanto base estratégica de una economía nacional, siga siendo un aspecto apartado de la preocupación cotidiana. Asimismo el Estado tendría que tener una atención constante por recuperar, conservar o fortalecer aquello que han denominado el poder petrolero, que de acuerdo con Bonilla y Suárez (2008) está compuesto por 5 elementos: 1) reservas, 2) capital, 3) tecnología, 4) investigación y 5) conocimientos.

    La Reforma Energética parece ser una consecuencia de la disminución del poder petrolero mexicano más que un resultado de su fortaleza. Por lo visto hasta ahora con las dos fases de licitación de la Ronda 1, pareciera que dentro de lo que engloba el poder petrolero, la única esfera beneficiada es la extracción, probablemente también la relativa a reservas, sin embargo, el resto de sus elementos continúan aún desintegrados.

    Sobre petróleo mucho se tiene todavía por decir, en parte la idea del blog es contribuir en ello. Pero esta entrada quiero terminarla con una última reflexión que orbita sobre la noción de independencia petrolera (a propósito de las fiestas patrias mexicanas).

    En 1968 Jacques Bergier y Bernhard Thomas advertían tempranamente a Francia de la importancia de diseñar al interior de su país un sistema energético independiente de los grandes trusts anglosajones. Los autores alertaban de la dependencia hacia los buques, infraestructura y capital de las filiales francesas de la Shell, la Standard Oil of New Jersey y la Gulf Oil.

    Por supuesto que hoy los tiempos han cambiado, ya no estamos en Guerra Fría, sin embargo la avidez de ganancia de las petroleras no ha sucumbido. El siglo XXI con su ola globalizadora, neoliberal y transnacional conlleva otras preocupaciones, pero todas resultado de carecer de un sistema energético nacional e independiente, tal como fue advertido para Francia a mediados del siglo pasado.

    Hoy México se encuentra ante escenarios negativos en materia petrolera. Dejando de lado los bajos precios, la primera fase de la licitación de la Ronda 1 fue un fracaso, pues solamente fueron asignados dos de los 14 bloques exploratorios subastados. El mercado probablemente no aceptó el riesgo que conlleva la exploración, lo que en términos del poder petrolero mexicano es negativo pues confirma el deseo extractivista que tienen las grandes empresas petroleras internacionales.