La territorialidad petrolera

     En temas energéticos el territorio importa, si no fuera así todas aquellas dinámicas geopolíticas que existen sobre el petróleo sencillamente no tendrían razón de existir. Y es que el petróleo, en tanto su conversión a recurso estratégico a partir de la segunda mitad del siglo XX, ha requerido para su extracción de una férrea territorialidad.

     Por territorialidad me refiero tanto a su noción materialista como la idealista. La primera es aquella que refuerza el control físico, en otras palabras el dominio de la tierra. La segunda va más hacia una dimensión simbólica constituida a través de mitos y símbolos. Esta segunda visión es mayormente estudiada desde la antropología, pero no por ello implica que la industria petrolera no se haya propuesto construir códigos culturales que quieran sustentar el modo de producción actual, o por lo menos que quieran impedir códigos que los denuncien. Por lo pronto, no es raro escuchar desde instancias oficiales una estrecha relación entre petróleo y progreso, sin que se tomen en cuenta con seriedad los daños que la explotación intensiva ha ocasionado.

     Todo esto ha propiciado que así como el hidrocarburo es valorado como un bien económico, el territorio donde éste se deposita y por dónde transita, también adquiera una connotación similar. Por ello, la competencia por los recursos (hidrocarburos y territorio) es una condición natural del sistema de economía-mundo en el que nos encontramos. Los protagonistas tradicionales de dicha competencia han sido los Estados-nación, sin embargo, a este marco se añaden las empresas transnacionales, quienes junto con los primeros establecen alianzas para realizar acciones a favor de sus intereses. Todo con tal de articular territorialidades multidimensionales.

     Un ejemplo de territorialidad simbólica lo podemos encontrar en las tareas de cabildeo que empresas petroleras han ejecutado para bloquear acciones contundentes, por citar un caso, contra el cambio climático. A este respecto, la politóloga Susan George describe cómo desde finales del siglo pasado una de las tareas más importantes en donde las empresas petroleras y la industria automotriz coincidieron, fue la creación de un grupo de expertos que negara la existencia del cambio climático.

    Una acción de tal magnitud se hizo con tal de ralentizar la instauración de códigos simbólicos que responsabilizaran a la industria energética de la catástrofe ambiental en puerta. Así, por lo menos desde 1990 hasta el año 2000 varias empresas, entre ellas Exxon y British Petroleum fueron parte de la Coalición sobre el Cambio Climático, organización cuyo propósito fue: “impedir cualquier acción para poner fin a la producción de gases de invernadero”.

     Si bien el propósito no se cumplió, pues a la par de este grupo surgieron otros paneles de expertos (Unión de Científicos Preocupados) que confirmaron la existencia del cambio climático, aquí es importante señalar que el papel del Estado en dicha misión no estuvo ausente. Por el contrario, dentro de la estructura gubernamental de EE.UU. se posicionaron actores claves para la industria energética. Por ejemplo, quien estuvo a cargo hasta 2005 del Consejo sobre Calidad Medioambiental, fue Philip Cooney, personaje que finalmente renunció a su cargo pues se le acusó de intervenir en la redacción de informes oficiales para suavizar la responsabilidad humana sobre los efectos del cambio climático. Susan George nos informa -por si estaban preocupados- que un día después de su despido, la petrolera Exxon lo contrató.

    Hoy en día este proceso de construcción de territorialidades simbólicas y materiales no está concluido. El caso -Cooney- no es un hecho aislado ni coyuntural. En México se ha comenzado a implementar la realización de estudios de impacto social y ambiental de la industria petrolera, indudablemente es un gran avance, pero de poco servirá si los responsables de hacerlos suavizan y matizan (a la Cooney) el impacto de esta actividad en el territorio de aquellas localidades que en la mayoría de los casos son espectadores de una dinámica que les es ajena.

Referencias:
George, Susan. El pensamiento secuestrado: cómo la derecha laica y la religiosa se han apoderado de Estados Unidos. Icaria Editorial, 2007.

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