Las mujeres en tiempos de guerra

Por Sandra Martínez Hernández

Hace unos años vi un documental titulado La guerra contra las mujeres, producido por Hernán Zin, en el que las propias mujeres relatan sus vidas en contextos armados, específicamente en Bosnia, Uganda, Ruanda y Serbia. En el desarrollo, las protagonistas denuncian la violencia física, psicológica y sexual a la que se enfrentaron. Este archivo audiovisual expone una realidad que señala la vulnerabilidad de las mujeres en conflictos armados donde sufren grandes pérdidas, traumas y un dolor emocional y corporal que, luego de acabados los conflictos, continúa por las secuelas en sus vidas diarias. En este breve texto señalo cómo las mujeres son objetivizadas y puestas como botín en las guerras, por tanto, tenerlas y violentarlas es un avance en la estrategia bélica.

    “Pudieron destruir lo que se puede destruir en una mujer: su dignidad”, señala una de las once mujeres en el documental. Esta frase concentra los agravios de los que fueron objeto y es que la violencia sexual sistemática es una estrategia bélica que toma a los cuerpos, las emociones y marca la vida de las mujeres. La ejecución de este crimen se lleva a cabo a través del secuestro, golpes físicos, numerosas violaciones sexuales, contagiarlas de VIH-SIDA y numerosas humillaciones que simbolizan a las mujeres como propiedad de un grupo, por ejemplo, el orinar sobre sus cuerpos. De este modo secuestrar, golpear, violar y matar a las mujeres es un signo de que un grupo ha logrado parte de la propiedad del enemigo, que han ganado terreno y van avanzando. En todo ello, las mujeres ya no son personas, sino objetos.

    Resultado de todo este cuadro, miles de mujeres regresaron embarazadas y con hijos a sus aldeas, ante lo cual fueron estigmatizadas socialmente. El embarazo en este caso es tomado como un medio para violentar a las mujeres: porque por un lado los militares pueden obligarlas a abortar o las fuerzan a tener al hijo como una continuación del poder que tienen los varones. Ellas tienen a los bebés, los quieren, se los llevan una vez terminados los conflictos y los cuidan en medio de su pobreza.

   Las cifras refuerzan todo lo anterior: en Bosnia, entre el periodo de 1992 a 1995, 40,000 mujeres fueron violadas, mientras en Uganda se calcula 200,000 violaciones y en Ruanda 500,000; esto es tan sólo por mencionar algunos casos, pues en la actualidad sigue ocurriendo. Luego de una lucha por diferentes organizaciones de mujeres, la ONU reconoció la violación sexual sistemática como una estrategia de guerra, ante lo cual se abrieron juzgados para castigar a los responsables, sin embargo, la impunidad impera.

   Finalmente estos casos muestran cómo en medio de una guerra se realiza otra focalizada hacia las mujeres. Una vez que ésta se termina las secuelas continúan: problemas de salud, una estigmatización social y un profundo dolor. Aun así, algunas de estas mujeres encaran a diario la vida; buscan y trabajan para recuperar su dignidad, su salud y su cuerpo a través de reuniones entre mujeres, cuidados médicos y terapias. Ante ello, todavía hay mucho por evidenciar, denunciar, sancionar y nunca dejar estos hechos en el silencio.

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