Aurora

Primera toma. En el Museo de Arte de Alabama cuelga un cuadro de Bouguereau que alude a la deidad del amanecer. Una grácil figura de porcelana recorre el lienzo anunciando la llegada del sol; sus lágrimas —fruto de la pérdida de un vástago— son rocío del alba. La aurora es, al mismo tiempo, marcha fúnebre para la noche y preludio de los mundos que la mañana iluminará. Segunda toma. En 1822, un grupo de jóvenes bajo la égida de Károly Kisfaludy publicó en Hungría un anuario literario intitulado Aurora. La nueva generación se lamenta de que Hungría carezca de una identidad nacional y de que los escritores fueran lacónicos, adocenados, aburridos y decimonónicos. Por si fuera poco son epígonos de las corrientes provenientes de otros lares. El llamado Círculo de Aurora destinó, entonces, todas sus energías a encontrar novedosas y originales razones para explicar ese difícil entramado de sucesos inexplicables que es la vida. Tercera toma. A principios de 1880, Friedrich Nietzsche redactó una serie de notas dispersas: unas recopiladas por su amanuense Peter Gast; otras, de su puño y letra mientras contemplaba los atardeceres a orillas de las aguas venecianas; unas más en Marienbad en compañía de su madre y hermana; unas últimas en Génova con el cuerpo decrépito y el espíritu exhausto. Los manuscrito nutrieron su Aurora Reflexiones sobre los prejuicios morales. Nietzsche inició una campaña para dinamitar el “deber ser” kantiano, la moral, la felicidad, la compasión.

    Algo hay de eso cuando la mañana del 20 de julio de 2012 en Aurora, Colorado, un estudiante de neurociencia diseña con paciencia una trampa con granadas y 37 litros de gasolina. Acto seguido, empaca una escopeta Remington 870 y un fusil Smith & Wesson semiautomático. Programa la reproducción automática de unas pistas de música electrónica a todo volumen. Es la medianoche en el cine Century 16. Se proyecta Batman: el caballero de la noche asciende. Apenas han transcurrido unos minutos cuando emerge de las sombras un sujeto armado con el rostro escondido tras una máscara antigás. Sin mediar palabras, arroja unas bombas de humo. Unos piensan que se trata de un acto publicitario. Después dice que es el Guasón y abre fuego. Las balas disipan las dudas. No se trata de algo planeado por un grupo de patrocinadores. Hay sangre mezclada con palomitas entre las hileras de la sala de cine. El mundo conoce a James Holmes.

     Murieron doce personas. Tres protegieron con su cuerpo a sus novias: ¿Amor Vincit Omnia? Una chica había escapado en Toronto a una balacera y, ahora, moría desangrada. Su último mensaje en Twitter lamentaba la demora de la proyección. Verónica Moser-Sullivan tenía seis años y recién había aprendido a nadar. Mientras las escenas demenciales se sucedían, en el departamento del asesino, Kaitlyn Fonzi, harta del escándalo de la música, decidió subir. Intentó abrir la puerta, pero como cayó en cuenta que no tenía seguro, se regresó a su departamento. Salvó la vida de varios seres humanos. De haberlo hecho hubiera volado el edificio. No es la primera vez que ocurre algo así en EE. UU. En enero de 2011, Jared Lee Loughner mató a seis personas en Tucson. El 16 de abril de 2007, Seung-Hui Cho disparó a 49 personas en el Instituto Politécnico de Virginia; murieron 32. En 1999, Eric Harris y Dylan Klebold iniciaron una frenética cacería de estudiantes en Columbine. En 1984, James Oliver Huberty asesinó a quien pudo en un McDonalds de San Ysidro. Una mañana del 6 de septiembre de 1949, un veterano de la Segunda Guerra Mundial llamado Howard Unruh Barton empezó a disparar a mansalva a personas en Nueva Jersey. El 13 de agosto de 1903, Gilbert Twigg, veterano de la Guerra Hispanoamericana, acabó con la vida de nueve personas en Kansas. Lo que no cambia es la pregunta de los azorados televidentes que contemplan una y otra vez las imágenes del horror con las escuelas vacías, las calles y eventos deportivos desalojados y las salas de cine acordonadas: ¿por qué lo hicieron? El ser humano necesita explicaciones para no perder la cordura: Loughner iba por la congresista Gabrielle Giffords; Seung-Hui Cho sufría mutismo selectivo y violencia escolar; Harris y Klebold pasaban horas frente a videojuegos violentos; Huberty no recibió atención oportuna del gobierno local; Unruh y Twigg sufrían secuelas de la guerra… Con James Holmes se habló de trastornos mentales. Si hay razones, todos pueden volver al trabajo y a la vida cotidiana. ¿Qué pasaría si se cambiara la pregunta? ¿Por qué no habrían de hacerlo?

     Siempre estuvo Aurora: con la mitología grecolatina, con los escritores húngaros, con Nietzsche y ahora como referencia de un tiroteo más en Estados Unidos. Ciertas estructuras se extinguen y dan lugar a nuevas. Cuando para algunos la vida empieza a perder sentido, buscan nuevas formas de encontrarlo. ¿Qué quería James Holmes? ¿El fin del plácido consumismo estadounidense y el advenimiento de una sociedad de superhombres? Difícil saberlo. En la película Batman: El Caballero de la Noche, Alfred advierte a Bruce Wayne: “Algunos hombres no están buscando nada lógico como el dinero. No pueden se les puede comprar, engañar, hacer entrar en razón o negociar con ellos. Algunos hombres sólo quieren ver arder al mundo”. El Guasón se lo corrobora más tarde, quiere mostrar el imperio de la sinrazón: “Tomé caballero blanco de Ciudad Gótica y lo llevé a nuestro nivel. No fue difícil. Verás… la locura es como la gravedad, ¡todo lo que se necesita es un pequeño empujón!”. Si se aprendió a vivir con sistematizaciones maniqueas que dividían con precisión salomónica entre “lo bueno y lo malo”, ¿será tan difícil aprender a vivir con lo racional y lo irracional?

     Hago todas estas reflexiones a propósito de la sentencia contra James Holmes emitida el viernes siete de agosto. Sin decisión unánime, el jurado condenó al autor de la masacre a cadena perpetua. Muchas familias de las víctimas esperaban la pena de muerte. Precedió a la decisión un período de más de dos años en los que los familiares, la defensa, la Fiscalía y las víctimas intentaron hilvanar historias con las evidencias empíricas para justificar su posición: síntomas de esquizofrenia, enfermedad mental, terrorismo, producto de las políticas de control de armas en territorio estadounidense... En su ensayo sobre la Ilustración, Kant sostenía que la Historia (sí, con mayúscula) tenía mecanismos descifrables si se contaba con el conocimiento suficiente. Era el Zeitgeist de la Ilustración. Hegel escribía sobre el método dialéctico y el progreso gracias a hombres que encarnaban el Espíritu universal como Napoleón. El filósofo de las caminatas en Sils-Maria puso en jaque estas convicciones cuando escribió sobre el absurdo y la capacidad de cada ser humano para dotar de significado sucesos aparentemente aleatorios. Algo hay de esto en el caso de James Holmes, donde, parafraseando aquella mítica voz en off en Y tu mamá también, todos intentan armar un rompecabezas donde las piezas no siempre embonan. Incluso en el caso de la justicia.