La caricatura, el poder y la legitimidad

En los últimos meses, el espacio público europeo se anegó con imágenes relacionadas al tema de los refugiados. Del otro lado del Atlántico ocurre algo similar con la candidatura de Donald Trump: millonario excéntrico que afirmó categóricamente que los mexicanos en Estados Unidos son violadores, asesinos, criminales…en el mejor de los escenarios, zánganos del enclenque Estado benefactor estadounidense. No son los únicos casos. Tomo, por ejemplo, el número 29 del semanario Der Spiegel y, en la portada, observo la imagen obscena de un alemán bailando con un griego: cariacontecido el primero, inconfundible con su camiseta de la selección (ya con las cuatro estrellas), sandalias con calcetas blancas y sosteniendo una cartera rebosante de euros; el segundo, ataviado con fustanela negra y levantando un vaso con Ouzo, con la expresión de quien disfruta una fiesta interminable. Al fondo se divisa el inigualable mar irisado de cúpulas azules de Santorini. La imagen alude al bacanal pantagruélico y orgiástico que visitan los alemanes provincianos para alcoholizarse en las islas mediterráneas. Todo rematado con el encabezado: “Unsere Griechen. Annäherung an ein seltsames Volk“ (Nuestros griegos. Aproximación a un pueblo peculiar). Es una caricatura. Dejo el semanario y me concentro en una serie de panfletos que pintan al periodista Jorge Ramos como poco menos que un mártir que se “enfrentó y puso en su lugar al racista Trump”. Hojeo otras páginas donde se habla del atentado frustrado de un “terrorista islámico marroquí” en un tren francés y de la inevitable invasión musulmana. En varios lugares de Alemania, la población ha incendiado albergues para refugiados. En Berlín, unos neonazis orinaron a unos niños gitanos. La sección nacional de mi querida patria no desmerece: reporta el asesinato de un reportero en condiciones kafkianas en la colonia Narvarte. La opinión pública es certera, infalible, definitiva: lo mandó matar el gobernador de Veracruz.

     Después de leer esto uno se llega a preguntar si Europa realmente es el paraíso que nos prometieron. Encontrar 71 cadáveres en un camión transportista austriaco y caricaturas que más bien remiten al Der Stürmer de Julius Streicher no son elementos que puedan conjugarse fácilmente con música de Beethoven, banderitas azules y discursos de Robert Schuman. Ya si el experimento de integración aspira a esa versión edulcorada de parque temático es otro tema. Por lo que al maltrecho México compete, me cuestiono si el gobernador de Veracruz —el de los Frutsis y Pingüinos— será tan torpe para mandar matar a un fotógrafo por una portada donde el segundo retrata al primero “con una mirada rencorosa y desafiante”. La información resulta contradictoria y, por momentos, se llega a dudar que elementos tan divergentes encuentren cabida en un discurso maniqueo tan unificado : banqueros que empobrecen al resto de Europa con austeridad y griegos improductivos que se gastaron el dinero de los contribuyentes alemanes; fundamentalistas islámicos y matones neonazis; criminales organizados como relojes suizos y un Estado omnipotente incapaz de evitar la fuga del Chapo Guzmán pero con tecnología suficiente para asesinar a sus detractores.

     Me llama la atención la forma en la que se estructuran narrativas que apelan al componente emocional y que sirven para legitimar opiniones en el espacio público. Wilhelm Dilthey escribía que los seres humanos buscan elementos empíricos para sustentar prejuicios que tienen formados desde sus primeras impresiones. Se puede articular un discurso que justifique casi cualquier cosa: afirmar, por ejemplo, que todos los refugiados que vienen a Europa son inocentes víctimas de horrores como ablación, canibalismo, destrucción de aldeas y del capricho de tiranos sangrientos; que hay que ayudar por caridad cristiana; que la conformación multicultural siempre será más enriquecedora que lo homogéneo; que Alemania necesita fuerza laboral para mantener fuerte su sector exportador… incluso que el exótico desparpajo latino y el “sabor” africano, las comidas con quinoa y cuscús son siempre preferibles que el infierno de la sociedad perfectamente administrada. El expediente podría aderezarse con fotografías de niños tras alambradas y mujeres saliendo entre los escombros. Por lo pronto, la migración masiva de sirios a Europa ya tiene una imagen: el cadáver del niño sobre la arena.

     Hay una buena dosis de ingenuidad en muchos de los mensajes de apoyo a los refugiados. Es una extraña e inconexa mezcla de frases de Buda, Martin Luther King, Gandhi, Goethe y hasta Alexander von Humboldt. Flechas, aforismos e intempestivas que bien podrían provenir de algún libro de superación personal: “sonríe y el mundo cambiará”; “la mentalidad más peligrosa es la de aquellos que no han visto el mundo”. Recuerdan aquella hilarante carta de despedida apócrifa de García Márquez que circuló en Internet hace unos años, aquel engrudo de retórica facilona y metáforas manidas que movía a la carcajada con parrafadas como “he aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada”. Uno no puede evitar preguntarse cómo llegaron esos genios a conclusiones tan iluminadoras o cómo fue que Kant o Rulfo resultaron tan universales con tan poco mundo, pero eso es lo de menos. El caso es que las perlas están ahí y pueden utilizarse para rubricar titulares en los periódicos o entradas en “el muro de Facebook”. Es difícil esgrimir un contraargumento a un catálogo de tan buenas intenciones. Lo malo es que la posición contraria puede justificarse desde las mismas coordenadas: todos los que desembarcan en Lampedusa son criminales; “a saber cuántos infiltrados del Estado islámico estén entre esos rostros aparentemente inofensivos”; las políticas de asilo en Alemania son de carcajada; “les estamos dando la mano y nos toman el pie”. Se puede acompañar (como ya se ha hecho) con fotografías de “falsos refugiados” usando smartphones, tenis Adidas y cadenas de oro… Sería bueno recordar que la campaña mediática para atraer la atención de la opinión pública estadounidense fue más exitosa con los Balcanes que con Ruanda. Aunque hubo muchos otros factores que determinaron el proceder estadounidense, no se puede obviar el impacto de las imágenes: evocaban las oscuridades de los campos de exterminio. En el caso del país africano, al fin y al cabo, se trataba de bárbaros que no habían entendido nada; flojos que tuvieron que esperar al hombre blanco para explotar los recursos naturales; necios que entorpecen el saqueo de las petroquímicas, la caza furtiva, los diamantes y la introducción de la perca del Nilo con ingenuidades chabacanas como “proteger a las druidas”.

     ¿No se suponía que, después de la Segunda Guerra Mundial, se había entrado a una época donde primarían los debates racionales, sustentados en datos empíricos e “ilustrados”? Puede ser que estos ocurran en revistas especializadas, pero no en el espacio público. Ahí opera la verdadera política con su dimensión imaginaria y su carácter emocional. De vuelta en México, pienso que acaso ahí resida la tragedia de Peña Nieto: tan lejos del cardenismo y del salinismo, su incapacidad para articular un discurso de legitimidad lo tiene contra las cuerdas. No se trata de algo nuevo. Ni Fox ni Calderón lo lograron. Las últimas elecciones han sido un referéndum: “el fin de la ‘dictadura’ del PRI” “Andrés Manuel López Obrador es un ‘peligro’ para México”, “el regreso de los que sí sabían contener la violencia y el narcotráfico”. No se molestaron por construir un discurso porque no entendieron que el poder, además de la fuerza física, siempre echa mano de legitimidad para perpetuarse. Los expertos consultores, economistas, formuladores de políticas públicas y tecnócratas se han olvidado de que tratan con seres humanos que, no en pocas ocasiones, necesitan creer a pie juntillas que los migrantes roban puestos de trabajo, que los griegos son flojos y los mexicanos, corruptos… necesitados del nacionalismo revolucionario, de la democracia liberal occidental o de la sociedad multicultural idílica. Si el Estado abandonó la partitura y se dedicó a recitar cifras macroeconómicas, otros grupos ofrecieron los referentes “irracionales” que las personas pedían a gritos para ordenar el mundo… el suyo. Probablemente esto tenga alguna incidencia en el auge del Estado islámico, de los partidos de extrema derecha, de la proliferación de redentores y de los gritos de ¡Peña asesino! ¡Fue el Estado!

     Todo esto tiene que ver con una concepción de la política que hace mucho se desterró. Es frecuente escuchar que quienes se ocupan de los elementos imaginarios en la política son poco más que nefelibatas diletantes. La Realpolitik, se piensa, “se hace en el laboratorio de las regresiones estadísticas y de los estudios comparativos”. Quien se ocupa de lo imaginario se vuelve poco menos que un chamán ocupado de alucinaciones fantasmagóricas, infalsificables, inútiles e incapaces de probarse “científicamente”. Con todo, esta versión “chamánica” de la política me sigue pareciendo mucho más realista que la ingenuidad de muchos estudios cuantitativos porque no ha olvidado que su objeto de estudio son seres humanos que necesitan ontológicamente a los griegos de la portada de Der Spiegel y a los islamistas de turbante y barba.

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