Amarcord

     No hace mucho tiempo, acudir al cine a ver una película era una experiencia placentera. Había, por supuesto, toda esa dimensión de la mercadotecnia: el monopolio de las palomitas y los refrescos —y las innumerables tretas para contrabandear las golosinas: cultura de la simulación, again—, los espectaculares luminosos, la localización estratégica de las salas de cine en centros comerciales… Había, no obstante, otros rituales que compensaban el déficit de trascendencia de estas prácticas comerciales: “irse de pinta” por las mañanas, invitar a salir a alguien los viernes por la tarde, dar un paseo vespertino por los esplendorosos jardines del Cenart mientras comenzaba la función. En la Cineteca mostraban desde las producciones del inefable Zé do Caixão hasta los ensayos experimentales subsidiados por Imcine como aquel inolvidable cortometraje “De Mesmer con amor o té para dos” con María Callas de fondo. Desde luego, nadie esperaba que un demente creyendo ser el Guasón de Batman apareciera al inicio de la película y disparara a mansalva contra los espectadores.

     Tampoco hace mucho tiempo, asistir a un concierto era una actividad consuetudinaria. Había, sí, que padecer los rezagos de comunicación de la “ciudad más dolorosa del mundo para transportarse” o contemplar quinientos pesos para el “viene-viene” que “cuidaba los automóviles” estacionados en las calles aledañas al recinto. El caso es que transportarse al estadio Azteca, al Palacio de los Deportes a Bellas Artes o al Auditorio Nacional para ser testigo de algún evento cultural era algo bastante normal. Lo mismo podría decirse de peñas, noches coloniales, palenques y hasta pequeños recitales en librerías, tanto de la Ciudad de México como en el resto del mundo. La última vez que asistí a un concierto fue en el céntrico Ancienne Belgique de Bruselas, un mes antes de los sucesos en el Bataclan parisino. Custodiado por arquitectura art nouveau, caminé por calles lluviosas, apenas alumbradas por farolas mortecinas. Las mujeres iban esplendorosas y empataban las mejores descripciones de Scott Fitzgerald. El público jamás hubiera esperado que un grupúsculo de fundamentalistas irrumpiera el concierto para, al grito de Allahu Akbar, fusilar a los presentes. Ahora bien, estaba también la opción de organizar fiestas caseras. Las personas llegaban en México siempre media hora después de lo pactado, pero siempre pertrechadas con cervezas, botellas de ron, güisqui o el indescriptible panalito. Que un comando armado se apersonara y, sin mediar palabra, accionara fuego contra los asistentes de la reunión era algo que se escuchaba como algún filme de terror y no como una cuestión cotidiana como lo ocurrido en Villas de Salvárcar.

 aqui tambien habitan dioses

     Siempre me han fascinado los aeropuertos. Recupero dos citas para ejemplificarlo. Escribe Rafael Pérez Gay en El cerebro de mi hermano: “En el barandal, al aire libre, mi madre me cargó para decir adiós. Una puerta blanca devoró a mi hermano. El avión tomó carrera y enfiló a la pista. Desde el fondo de una avenida, entre separaciones de pasto seco, vimos que aquel enorme artefacto levantaba la nariz, tomaba altura y se perdía sobre las nubes de la Ciudad de México” (p. 26). Un querido ex colega del trabajo solía decirme en su inconfundible acento rioplatense: “Poncho, cuando subas las escaleras del avión, nunca voltees. Si volteás, te quedás. A mí me pasó así en Guatemala”. No voy a meterme ahora en esas honduras porque, parafraseando a Michael Walzer, pertenecen a otras esferas de la vida. Sólo porque importa para este relato diré que asociaré siempre el Charles de Gaulle con una tarde nevada de 23 de diciembre, con mostradores vacíos y empleados aduanales que se alegraron de sellar un pasaporte mexicano en la soledad invernal de aquel aeródromo. Diré también que, de no ser porque encontré la última conexión a Hamburgo el 24 de diciembre a las diez de la noche, hubiera pasado Navidad en esos gélidos pasillos. En aquel microcosmos apocalíptico observé la desesperación de una chica alemana que le espetó un categórico “usted me dice que tenga paciencia porque saliendo del trabajo estará con su familia” a una perpleja empleada del mostrador de Lufthansa. Pero también asocio ese “no lugar” con la posibilidad de liberarse de la rutina e, incluso, de contemplar arquitectura interesante como ocurre en Barajas, Madrid. Si lugares tan asépticos como los aeropuertos están cargados de todas esas emociones, tanto más lo están las estaciones de trenes o el correo. Siempre he dicho, medio en broma, medio en serio, que hay que justificar teóricamente cualquier exceso estatal para subsidiar trenes y correspondencia escrita. No hay cantidad de dinero en el mundo que pueda pagar el momento en el que el tren arriba al andén y se divisa a la persona amada con el brillo fulgurante del deseo. Pero también pocas cosas pueden sustituir la emoción de recibir una carta. Se tiene la sensación de que, en el sobre, viene un pedazo de la persona: desde la inconfundible caligrafía; el timbre elegido ad hoc; el lacre; la tonalidad y textura de las hojas; la tinta; el sello de la oficina de correos y las manchas que delatan una travesía que une puntos tan distintos como las Canarias y las islas Marquesas. Hace apenas unos años, nadie hubiera imaginado que volar representara un suplicio: desde la obligación a estar dos horas antes hasta las revisiones con escáneres corporales que, con toda certeza, violan más de un derecho humano, pasando por la reducción de los espacios en los asientos de clase turista o la terrible suerte de coincidir con algún piloto desequilibrado como Andreas Lubitz. Curiosamente, la experiencia ferroviaria sobrevivió los malabares teóricos para justificar su ineficiencia (en México, desde luego no), pero el terrorismo islámico y la crisis de refugiados en Europa sí parecen haberla herido de muerte…Si todos estos lugares quedaban cancelados, siempre estaba la escuela, que, en mis memorias, se parece mucho a la imagen que concibió Federico Fellini en Amarcord (me acuerdo). Es más probable que, escarbando en mis recuerdos, encuentre a la bella Gradisca, el abuelo filósofo, la exuberante tabaquera o los peculiares profesores que a los dos chicos trastornados de Elefante de Gus van Sant que, en una cacería frenética, asesinan al resto de alumnos en una escuela ficticia de Portland, Oregon.

     En un texto interesante “Nostalgia, Architecture, Ruins, and Their Preservation”, Giovanni Galli escribió “la nostalgia es la traducción poética de la irreversibilidad del tiempo, el principio más triste de la Física”. Y es entonces cuando pienso que muchos de estos cambios son inherentes al tiempo. Como pensaba Heráclito, el carácter esencial de la realidad es su constante y universal mutabilidad. En el rio y en el fuego encontraba el filósofo presocrático la eterna dualidad “dejar ser” y “llegar a ser”: “No podrás introducirte dos veces en el mismo río, pues nuevas aguas corren siempre tras las aguas”. También pienso que quizá lugares como el aeropuerto Charles de Gaulle, la estación de tren María Zambrano en Málaga, los jardines del Cenart o las islas de Ciudad Universitaria tampoco son los mismos porque las personas ya no están. Como escribiera Joseph von Eichendorff: “Ya no existe más el profundo valle/ con los corzos pastando,/ por el que caminamos/ tantas veces juntos./ Todavía están el árbol, el valle y el bosque,/ el mundo aún es joven,/ pero tú has crecido desde entonces,/atrás quedó el tiempo del amor lozano”. Ciertamente, que ir al cine, a un concierto o volar se hayan hecho experiencias tan agobiantes responde a una serie de factores como reacomodos geopolíticos, políticas públicas cuestionables, cambio de valores generacional y un largo etcétera. Sin la estabilidad de los años de la Guerra Fría, el mundo se ha vuelto un lugar más inseguro, pero ahora no quiero abundar en estos temas. Al final, esta nostalgia por el “mundo que se nos fue” desemboca invariablemente a la tragedia mexicana. Y es aquí donde el “yo me acuerdo” felliniano adquiere tonalidades más lúgubres porque remite al nutrido catálogo de agravios para los recintos de la memoria: el Caballito de Tolsá desfigurado por los “expertos” que le desollaron su piel de pátina con ácido nítrico; la construcción del edificio H de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM que da al traste con la perspectiva de los volcanes del Espacio escultórico; la depredación artera de los manglares y la patética comparecencia de los responsables del “Estado” (incluso en términos económicos, la eliminación de los manglares tiene poco sentido); la edificación de la Torre Miktah, con su spa, fitness club, piscina, áreas para niños y la profanación de la escala humana del pueblo de Xoco; la patética forma de despedazar el Paseo de la Reforma con la Estela de Luz —ocultando la puerta de los leones—, los enormes rascacielos como la Torre BBVA Bancomer —a cuya inauguración hay que acudir, además, de gala, como si se estuviera contemplando un hito estético— y las pintas de vándalos; los desfiguros de los guardaespaldas de un tal Raúl Libién; la lógica del centro comercial y los vendedores ambulantes que, como cáncer, fagocitan las banquetas y los parques, encuadrando el espacio público en miserables reductos pecuniarios…vender, vender, vender… El caso es que, a mi vuelta a México, descubrí, como siempre, a cada paso una nueva destrucción. Casi inalterable en su fisonomía esencial durante las guerras de independencia, la ciudad empezó a resistir mutaciones y mutilaciones con el triunfo del liberalismo: destrucción de capillas, derrumbamiento de conjuntos conventuales y apertura de calles inútiles. Desde ese momento hasta hoy, sigue siendo válida aquella sentencia de Octavio Paz: “Nuestra época pasará a la historia no sólo como la destructora de la hermosísima Ciudad de México, sino como la asesina de nuestro paisaje y nuestro valle. Hemos convertido en un muladar uno de los sitios más hermosos del planeta”.

ImprimirCorreo electrónico