El comediante y sus inquisidores

El lío en el que se ha metido el comediante alemán, Jan Böhmermann, después de recitar un poema, “Schmähkritik” (crítica injuriosa), dedicado al presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan me recordó las Cartas persas del barón de Montesquieu. Se trata de una aguda sátira de la sociedad francesa en la época borbónica: las luces y los vestidos aparatosos; la moral distraída y la hipocresía de las formas; la frívola clase intelectual, más preocupada por mantenerse en el pedestal de los hombres ilustres y la pátina de las estatuas, antes que realizar aportaciones contundentes al saber universal. Bajo la regard étranger de dos persas e inspirado por la ironía de Voltaire, Montesquieu moja su pluma en tintas corrosivas. En la Carta XXIV escribe, por ejemplo, que “el rey de Francia es un mago que manda hasta en la inteligencia de sus vasallos, haciéndolos pensar como quiere. Si no hay más que un millón de pesos en su tesorería, y necesita dos, les persuade que uno vale tanto como dos, y se lo creen. Si tiene que sustentar una guerra ardua, y se encuentra sin dinero, les mete en la cabeza que un pedazo de papel es dinero, y al punto se convencen de ello. A tanto llega que les hace creer que los sana de todo género de achaques con tocarlos: tanta es la fuerza y el poderío que en los ánimos tiene”. También dirige sus flechas hacia la sociedad de las apariencias: “¿Qué he de pensar de las mujeres europeas? El arte de afeitarse el rostro, los adornos con que se engalanan, el cuidado que de su belleza tienen, el continuo deseo de dar gusto en que se ocupan; todo en ellas es mancha de su virtud, y agravios que a sus maridos hacen” (Carta XXV). Un último botón sobre la religión, que tampoco sale bien librada: “Porque has de saber que está la religión cristiana atestada de preceptos muy dificultosos de practicar, y habiendo visto que era más fácil tener obispos que dispensen de sus obligaciones que cumplir con ellas, en beneficio de la pública utilidad se han resuelto a lo primero” (Carta XXIX).

     Acaso sin la elegancia de Montesquieu, Böhmermann arremetió contra Tayyip Erdoğan en su programa Neo Magazin Royale. Días antes, Norddeutscher Rundfunk (en español, “Radiodifusión de Alemania del Norte) había emitido un video musical titulado “Erdowie, Erdowo, Erdogan”—aludiendo al éxito musical ochentero de Nena “Irgendwie, irgendwo, irgendwann”— que criticaba los ataques a la libertad de expresión en Turquía. El video cayó mal en Ankara y el Ministerio de Exteriores turco llamó al Embajador alemán para protestar, pero éste replicó que la sátira política está amparada por la libertad de expresión. Esta reacción turca, al parecer, cayó peor en Böhremann, que decidió, entonces sí, poner a prueba los límites de la sátira en una retahíla de insultos escritos en versos pareados: “golpeador de mujeres bajo máscara de látex”, “lo que más disfruta es follar con cabras y reprimir minorías: aplastar kurdos y golpear cristianos”, “por las noches, en lugar de dormir, acostumbra practicar felaciones con ovejas”, “desde Ankara hasta Estambul, todo el mundo sabe que Erdogan es un homosexual, pervertido, piojoso y zoofílico”, “tiene la cabeza vacía como sus testículos y es la diva de fiestas gang bang”. Está de más traducir todo el poema. Basta con esta prueba para darse una idea de la magnitud de las cosas. Al final de la transmisión, Böhmermann remató: “Esto no está permitido en Alemania”. Es decir, el cómico quiso explicar la diferencia entre sátira e injuria.

     Ciertamente, está muy lejos de ser Kurt Tucholsky o Heinrich Heine. Böhmermann es un comediante contemporáneo. Para eso le pagan: como a Titanic o Charlie Hebdo. Habrá quien se escandalice y habrá quien compre las revistas. Es una de las ventajas de la libertad de expresión. Hecho el contraste entre una “sátira” y una “injuria”, todo parecía tener tintos de un gracejo de mal gusto que, a lo más, daba para una charla de sobremesa o un comentario entre colegas de trabajo. Pero resulta que Erdoğan no entendió la lección de Böhremann y, si la entendió, no le causó gracia. Como ya lo han comprobado el papa Francisco y la aviación rusa, Erdoğan no se anda por las ramas y presentó una querella penal ante la Fiscalía de Maguncia por injurias. Desde el gobierno hubo tonos más acres. Numan Kurtulmuş, el vice primer ministro, habló de “crimen contra la humanidad”. Después, Turquía apeló a un proceso con base en el artículo 103 del Código Penal que tipifica como delito la injuria a jefes de estado extranjeros. Steffen Seibert reviró apelando al artículo 5 de la Constitución que garantiza la “libertad de expresión y manifestaciones artísticas”. Eso sí: ZDF (Zweites Deutsches Fernsehen, en español, “Segunda Televisión Alemana”) reemplazó el video por una versión editada. Merkel llamó por teléfono a su homólogo turco, Ahmet Davutoglu, para decirle que el poema era “intencionalmente hiriente” y que apoyaba las medidas que tomó la ZDF.

     Queda claro que los insultos de Böhmermann tocan temas como los límites de la libertad de expresión y las consecuencias de la difamación. Esta discusión de teoría política adquiere, no obstante, otras tonalidades al cariz de la crisis de refugiados. Resulta que la Unión Europea —bajo la égida de Merkel— depende de Turquía para frenar las olas de personas provenientes de Siria, Afganistán o Iraq. No es un tema de principios, sino de praxis política. De ahí que un chistorete que, en otro escenario, hubiera pasado desapercibido (como la parodia de Yanis Varoufakis), adquiriera otros contornos. Más allá de lo que aconsejen los principios democráticos, es claro que se trata de una decisión política y mucho me temo que el gobierno alemán tendrá que sacrificar algo: la cordialidad con Turquía, la libertad de expresión o la cabeza del comediante.

     Digo que es un tema político y que no se trata de una discusión sobre los límites de la libertad de expresión porque recuerdo que el imán de la mezquita salafista de Colonia, Sami Abu-Yusuf, salió, campanudo, a justificar las agresiones sexuales contra mujeres alemanas durante la Nochevieja en Colonia argumentando que “iban medio desnudas y perfumadas”. El imán berlinés., Abdel Meoz Al Eila, predica en la mezquita Al Nur, en el distrito de Neukoln, que las mujeres deben someterse al capricho de sus esposos y solo pueden aceptar un trabajo o abandonar el hogar si cuentan con el consentimiento de su marido. Mezquitas salafistas reclutan jóvenes para luchar por la yihad en Siria, propagan en Alemania ideas machistas contrarias a las leyes y la Constitución de este país. Esto ocurre afuera del estudio de televisión: en vivo, a todo color y bastante en serio. Y nadie sabe qué hacer con estos personajes. Aparecen por ahí un par de voces de indignación, pero después la indiferencia brutal o el miedo a ser acusado de “neonazi” o “islamófobo” diluye las condenas y el mundo sigue su curso. Y sí: no es lo mismo la sátira de Böhmermann que el mensaje extremista. Charlie Hebdó publica cualquier cantidad de caricaturas ofensivas a los cristianos…es más, todos los días se asesinan a personas en Nigeria, Siria, Somalia por su religión y todos tan tranquilos. Durante los períodos más álgidos de la crisis griega, se reproducían las comparaciones de Merkel con Hitler. Por supuesto: nadie reparó en sensibilidades. Insisto: todas estas manifestaciones ocurren en el mundo real, no son “parodias” o “sátiras”. Y, ciertamente, todos tienen derecho a su reputación.

     Pero, no hay que desviarse, estábamos con Erdogan. El mismo personaje que, el 10 de febrero de 2008, frente a un mar de banderas rojas con estrellas blancas en Colonia, alentaba a los turcos residentes de Alemania a brindar lealtad a Turquía antes que al país que los acoge. Es el mismo que, visiblemente irritado por que se hable de “genocidio armenio”, declaró que “se comporta generosamente no expulsando a los trabajadores armenios que viven en su territorio, aunque podría hacerlo, si quisiera”. Todo eso parece válido en el marco de “la libertad de expresión”. Son solamente algunos ejemplos. Pero me interesa reparar en cómo ciertos individuos, amparados en la dichosa “libertad de expresión y de culto”, dicen cualquier barbaridad y las aguas no se agitan más de lo necesario… un comediante compone un poema satírico y todos pierden la cabeza. Algunos han salido rápidamente a justificar la trastada argumentando que Erdoğan es un “tirano represor”. Mala cosa. Equivale a establecer un doble criterio: en ciertos escenarios, es válido difamar. Habrá a quien le parezcan escandalosos los lujos del presidente turco y quien lo tenga por dictador. Es otro tema. Preocupa, cuando menos en una sociedad democrática liberal, que haya quien considere legítimo injuriar a ciertas personas y a otras no. Curioso entendimiento de libertad de expresión a conveniencia.

     Todavía no han hallado las ciencias sociales una forma para clasificar y estudiar la injuria, la calumnia y los límites o abusos de la “libertad de expresión”. Potenciados por los nuevos medios de comunicación, estos fenómenos pueden acabar con la carrera de una persona o dejarla marcada para el resto de su vida. Son fenómenos difíciles de modelar, verificar, comprobar. Y en tiempos donde los modelos cuantitativos llevan la partida, el panorama luce desalentador. Pero eso no significa que desaparezcan. Y, como lo demuestra el caso Erdoğan, tienen consecuencias. Por eso, la acción de Böhmermann es genial: hizo una sátira sobre la difamación. Si existe algún antídoto contra las visiones estrechas de la política y las injusticias cotidianas es precisamente la capacidad, mediante la metáfora, ironía o sátira, de imaginar realidades alternas. El mundo no tiene porque ser como lo imagina Merkel o Erdoğan. Los europeos que han sufrido históricamente las consecuencias de la censura, deberían defender el valor de este preciado arsenal retórico.

     Merkel está frente a un dilema: los principios o la política operativa. Es un hecho que no conviene tener enojado a Erdogan porque Alemania no puede darse abasto con las oleadas de refugiados. Al parecer, tampoco se puede demandar a los imanes de Colonia y Berlín porque se temen reacciones terroristas como las ocurridas en París o Bruselas. Se entiende (no se justifica) desde la política pragmática. Pero que se conciba como algo normal que ciertos grupos merezcan mayor consideración y que algunos actores utilicen a su conveniencia la “libertad de expresión” preocupa. Que no se vea en ningún político alemán un atisbo de dignidad escandaliza aún más. Como sea, fallar a favor de Erdogan traerá consecuencias graves para Europa, sumida en un bache moral sin precedentes: un mandatario extranjero que tiene en poca estima ciertos valores europeos, influye directamente en la forma de concebir la libertad de expresión en Alemania. Peor aún: la actitud sumisa del gobierno hace el caldo gordo a los extremistas. Durante los últimos meses han existido constantes ataques a las conquistas más preciadas de la sociedad occidental. Ahora, se atenta también contra la sátira. Me pregunto qué escribirían los persas de Montesquieu al respecto. Probablemente, como a mí, les preocuparía que, además de todo, nos quitaran el derecho a la risa…

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