Sistema penal y utopía

El concepto de utopía, como un orden de máxima perfección, guarda estrecha relación con el de prisión. Al ser las utopías espacios imaginados donde se asegura por completo la felicidad humana, requieren ser producto de una certidumbre mecánica que asegure el cumplimiento de códigos estrictos e innegociables. Parecería paradójico, pero en la utopía humana no hay espacio para el mismo humano porque para impedir la más mínima desviación se debe de aniquilar la espontaneidad, los impulsos, la imaginación y la pasión. Tal contradicción se expresa, quizás de manera deliberada, en las pinturas de la “Ciudad Ideal”, temática frecuente en el arte renacentista. En estas se dibujan urbes de una exactitud matemática sin igual, donde la ilusión de amplio espacio se consigue mediante relaciones geométricas. La arquitectura rectangular representa al buen gobierno, las plazas pulcras celebran los valores de una sociedad perfecta. Sin embargo, en estos cuadros llama la atención la ausencia de personas, como si la presencia de un individuo destruiría el balance perfecto. La mera existencia del ser humano, con sus infinitas posibilidades, implica un desafío al orden perfecto, pero mecánico de la utopía.

     Así, las descripciones del funcionamiento de los espacios utópicos cada vez más se parecen al de los espacios de reclusión. En las cárceles tampoco hay seres humanos, pues las estrategias de poder y vigilancia buscan mecanizar a los individuos en confinamiento despojándolas de su impredictibilidad humana para convertirlos en sujetos de administración mecánica. El juego de líneas y profundidad en las pinturas renacentistas se parece a las de Piranesi, influencia directa del panóptico de Bentham y las cárceles modernas, en donde genera la sensación de estar en un espacio ilimitado.
Las cárceles no deben ser únicamente espacios reducidos que dan la impresión de ser infinitos. También se puede estar encerrado en espacios de gran tamaño, en utopías amplias; en la concepción melancólica de Pascal el universo era una cárcel, una isla cerrada en la que uno despierta un día aterrorizado sin saber cómo llegó y sin posibilidad de escapar. Una isla como la que fue Japón por dos siglos desde 1633 hasta la llegada del Comodoro Perry y los barcos negros en 1853, cuando la política oficial de sakoku restringía la salida de nacionales y entrada de extranjeros por temor a los problemas sociales que la llegada del catolicismo generó en el país y como método de control político.

     Una cárcel dentro de una cárcel, las prisiones de Japón durante el sakoku eran el pináculo del aislamiento, pero fueron tierra fértil e inspiración para literatura crítica de la política Tokugawa (como la obra del prisionero Yoshida Shōin). Las letras sirvieron como escape ante el mordaz chiste de ser prisionero en un país cerrado. El aislamiento permitió a Yoshida comprender la tragedia nacional porque ajeno a los gozos mundanos de dinero y fama podía dedicarse únicamente al conocimiento y la reflexión.

     La experiencia metacarcelaria también tuvo una fuerte influencia sobre la modernización de Japón durante la época Meiji. El samurái que ideó el sistema penal del nuevo emperador basó sus propuestas sobre sus vivencias como prisionero por insurrección contra el moribundo régimen Tokugawa. Ohara Shigeya (nacido en 1834) deseaba reformar las prisiones con base en ideas utópicas provenientes de una interpretación fantástica de la teoría penal occidental. Contra las cárceles viejas y oscuras proponía crear una ciudad prisión con jardines amplios llenos de plantas medicinales, flores hermosas y árboles frutales, una especie de Jardín del Edén para delincuentes.

    Ohara hablaba sobre prisiones, sin embargo, bien pudo haber descrito los sueños urbanos de la futura Tokio. Esta ciudad de la bahía de Kanto, nueva capital del país asiático, había sido mucho tiempo una zona militar por lo que necesitaba una gran reconstrucción. La inspiración para esta transformación fue el París de Napoleón III, que Hausmann planeó con base en las ideas de Bentham, pues se buscaba una ciudad con un centro nodal y elevado desde el que se pudiera ver el espacio transparente de la periferia y con una organización especial que permitiera gobernar y proveer servicios de manera eficiente.

     Los esfuerzos de planeación, reconstrucción y urbanización buscaban convertir a la nueva capital del imperio Meiji en una ciudad moderna, comparable a las capitales extranjeras, se deseaba que Tokio fuera la joya de la corona del renacimiento japonés, una ciudad utópica en toda la extensión de la palabra. Sin embargo, estos esfuerzos no fueron capaces de evitar, o incluso se podría decir que permitieron, el brote extendido de las enfermedades de las ciudades modernas como delincuencia, pobreza y marginación. Pareciera que en Japón, como en el resto del mundo, la obsesión por imponer la utopía civilizatoria es incompatible con la existencia del ser humano.