Las mujeres de Murakami

Bastante tarde he terminado Hombres sin mujeres, el último libro de Murakami Haruki en cuyo título hace eco la reconocida admiración del autor japonés por Hemingway, de quien en 1927 se publicó una compilación de historias bajo un nombre casi idéntico. Este libro se anunciaba como una colección de siete relatos sobre amor, aunque, por tratarse de este autor japonés, estaba ya predispuesto a que versarían más sobre el desamor y la eterna nostalgia de aquello que nunca se tuvo. No me he llevado ninguna sorpresa y al concluir sus páginas me he quedado con un sentimiento de repetición, la sosegada calma de haber presenciado una tragedia cotidiana que viene después de terminar todos sus libros, una repetición que no por conocida se ha tornado menos placentera.

     Las mujeres, y sus relaciones con los hombres, siempre han sido una figura central en la literatura de Murakami; muchas de sus historias giran en torno a un protagonista que, sin buscarlo, se encuentra con mujeres que misteriosamente se sienten atraídas por él. Misteriosamente porque estos personajes femeninos encantadores, de una belleza singular y espectral, típicamente japonesa, llenas de vitalidad, muchas veces mal encauzada, y de una sensualidad susurrante, se enamoran de jóvenes insípidos, portadores de un enigma inescrutable y una torpeza social y emocional característica de su edad.

      Norwegian Wood, la novela murakamiana por excelencia, es la mejor muestra de su obsesión por estas relaciones asimétricas cargadas de nostalgia y sexualidad. En ese libro, Watanabe Toru mira hacia sus días de estudiante universitario al tiempo que urde una historia de recuerdos borrosos que se desvanecen, pero que intenta conservar desesperadamente, sobre sus relaciones con dos muchachas opuestas. Naoko, una dolorosa belleza llena de sufrimientos psicológicos —en mi opinión su mejor personaje femenino, el único que quisiera desenterrar de sus páginas para encontrarla al alba en una desierta estación de trenes— y Midori, una chica cómica, agradable, pero sin grandes aristas.

      Esta estructura se repite en la mayoría de sus escritos, otros ejemplos son su primera novela Oye cantar el viento, donde el narrador masculino narra sus reminiscencias sobre tres antiguas novias y recuerda su fugaz amistad con una misteriosa mujer sin nombre; y su séptima novela Al sur de la frontera, al oeste del sol, donde Shimamoto, la mujer al sur de la frontera, evoca sentimientos de tranquilidad, de algo bello, suave y placentero, mientras que la indescifrable mujer al oeste del sol viene de una región donde reina la “histeria siberiana”, donde los hombres pierden su espíritu por escudriñar un paisaje que se extiende a todas las direcciones esperando algo que nunca llegará.

     Para Murakami sus protagonistas —siempre hombres, siempre narrados en primera persona— están atrapados entre el mundo espiritual y el real; las mujeres del primero, las Naokos, son reflexivas, inteligentes, silenciosas pues dicen más con una mirada silenciosa que las mujeres del segundo mundo, las Midoris, las que sonríen, hablan hasta el cansancio y producen más risas pasajeras que sentimientos infinitos. Las primeras mujeres son médiums para Murakami, mediante las que se puede recibir mensajes de un mundo superior; son seres que voltean nuestros nervios, los retuercen con su impasible silencio y nos obligan a caminar hacia el profundo pozo de su locura, para una vez adentro reconocernos encerrados, solos. Las segundas mujeres llegan a salvar al protagonista, le ayudan a olvidar —aunque a veces también a buscar— a la mujer que lo abandonó y cuya memoria aún lo tortura.

     Muy probablemente las historias que aún faltan por salir de la pluma de este autor versarán sobre la desaparición y sobre el sentimiento de vacío precedente y posterior a una relación amorosa; esta obsesión murakamiana lo acerca al canon de literatura y estética japonesa, en contraposición a la tradición occidental que ha estigmatizado a la vacuidad como la caótica oposición de la existencia. Tanizaki Junichiro expone en su Elogio de las sombras que la oscuridad del vacío es necesaria para alcanzar la belleza japonesa, que resulta del juego entre luces y sombras en un espacio sin objetos, pues sólo así se dan formas verdaderamente sugestivas. El misterio de los espacios vacíos produce una irresistible atracción, parecida a la que experimenta Watanabe cuando hace el amor con Naoko, cuando siente que puede extender su mano para alcanzar el secreto que se esconde en su interior.

      Como siempre, regreso a Norwegian Wood, la novela por la que descubrí a Murakami Haruki y, siguiendo la nebulosa pista de Naoko, al resto de la literatura japonesa. Sin reparos recomiendo leer cualquier libro que se alcance de este autor (quizás un poco menos After Dark, por motivos aún desconocidos para mi), probablemente nublado por el factor sentimental más que por la “calidad” literaria de Murakami. Para quien se interese por la literatura japonesa, pero se jacte de leer autores serios, intrincados, refinados y con obras de mayor envergadura recomiendo a Dazai Osamu y Akutagawa; para quien desee viajar sencillamente a través de un aire de vacío y silencio infinito, lleno de interrogantes atronadoras, recomiendo las historias del eterno candidato al Nobel. El ídolo mainstream de la literatura japonesa.

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