No te espantes con el aventador, si te duermes con el petate

Quisiera aprovechar este espacio para hacer un apunte, a manera de diálogo, sobre las impresiones que me provocó un artículo publicado en este mismo sitio por mi muy querido y admirado amigo Esteban Salmón. Pido una disculpa de antemano, porque quizás no estoy conversando directamente con las ideas que vierte Esteban sino que hablo sobre la sensación general que me produjo su escrito. Muchas veces me enredo en otras conversaciones que entablo conmigo mismo sobre ideas de otros, esta vez no es ninguna diferencia. Esta respuesta hubiese ameritado mayor rapidez, pero en un principio mis ideas no eran suficientes para llenar un artículo de mayor longitud, creo que finalmente me excedí, y mi falta de diligencia me impidió terminar antes una nueva columna a la cual añadirla. Me debatía entre si añadirla a otras que espero pronto publicar o dedicarle un espacio aparte. Finalmente, aquí va.

     Sin duda creo necesarias las críticas a las quizás deficientes preguntas e interpelaciones de la campaña contra el machismo a la cual se refiere Esteban y celebro su voluntad de debatir acerca de temas relevantes para nuestra institución y las ciencias sociales, hacen falta más conversaciones de este tipo. Sin embargo, considero que la manera como su respuesta discute el tema aleja la discusión sobre el hecho sustancial y la desvía hacia asuntos menores como su “representación” y “formas”. Con esto quiero decir que la respuesta de Esteban no habla sobre la pertinencia o relevancia de las frases que usa la campaña sino de las interpretaciones que se pueden derivar por la manera como están escritas. Por ejemplo, a Esteban le molesta y considera censor que se diga “#YoNoViolentoPero creo que las mujeres no pertenecen a la política.” Sin embargo, no apunta si le incomoda porque cree que es una denuncia innecesaria, no nos dice si cree que la participación política de las mujeres actualmente es suficiente, si se necesita más, si sucede o no, vamos ni siquiera vuelve a hablar sobre las mujeres o la política, únicamente comenta sobre la oración.

     Después de leer varias veces el párrafo, concluyo que lo que en realidad molestó a Esteban fue que usaran el verbo “creer” y a partir de esta elección, quizás errónea de una palabra, aprovecha para lanzar una disertación sobre la libertad inalienable de mantener cualquier pensamiento o creencia mientras no se exprese o lleve a la acción. En este punto no puedo disentir con Esteban, como él creo que el ser humano tiene la autonomía absoluta para decidir sobre sus pensamientos y mantener las creencias que le venga en gana. Pero, francamente, la campaña, ni la discusión que hubiera esperado suscitase, va por ahí.

     La discusión que yo esperaría después de leer una frase donde se denuncia, palabras más, palabras menos, la escasa participación de las mujeres en la política, sería efectivamente sobre ese asunto, no sobre el tipo de palabras que se usaron para formular la queja. A esto me refiero cuando apunto que en general he sentido que este artículo no habla sobre el tema en cuestión, habla sobre cómo otros han hablado del tema en cuestión.

     Muchas veces en la conversación contemporánea (probablemente, espero, no en su totalidad, sino que estoy sesgado por la frecuencia ingente de este vicio en la conversación que se mantiene en El Colegio de Mexico. Entre profesores, entre alumnos, en publicaciones y comentarios, en literatura recomendada, incluso en las opiniones en las redes esta obsesión con lo que “qué se quiere decir con esta imagen”, “el símbolo que se usó”, “la palabra que se escogió” y un largo etcétera es la norma) los debates se centran sobre la manera como se discuten los hechos y no sobre los hechos en sí mismos—tal vez consecuencia bastarda de la notable obsesión de algunas escuelas y algunos intelectuales con el estructuralismo lingüístico del siglo pasado y sus más notables derivaciones.

     Lamentablemente, esta no fue ninguna excepción. Tal como a Esteban le da pereza una campaña autorreferencial a mí también me la provoca la metadiscusión: una conversación sobre la manera como el otro ha conversado. Me preocupa porque es un vicio que encuentro de manera recurrente en artículos similares, de muchos actuales y futuros intelectuales, analizan lo que cierto hecho representa para la discusión pública, apuntan sobre la manera como se debate. Así, las discusiones se han convertido en juegos de espejos donde es imposible enfocarse sobre el hecho social relevante por obsesionarse con la obsesión de otros.

     Esteban critica a la campaña como “medio agresiva, por no decir, con el perdón de ustedes, violenta”. No me sorprende que la haya encontrado agresiva, una campaña de este tipo no podría ser de otra manera. Precisamente porque a los marginados de la sociedad les quedan pocos recursos políticos además de ser agresivos, de transgredir mediante su presencia y su mensaje los espacios que tradicionalmente les han estado vedados. Por estos lugares prohibidos no me refiero solamente a las paredes o puertas de nuestra escuela, aunque desde mi experiencia puedo confirmar que el trámite para registrar y colocar en los espacios disponibles algún mensaje es en sí mismo un mecanismo disciplinador que muchas veces disuade a quienes así lo deseasen, sino a El Colegio de México en su conjunto, nuestras disciplinas de estudio y la academia en general.

     En lugar de entablar una conversación sobre las formas del discurso, sobre su capacidad para escoger verbos o denunciar preguntas con comparaciones al nazismo, habría que responder genuinamente a la pregunta “¿Por qué están haciendo esta campaña aquí?” (Concedo que añadir el #Yonoviolentopero resulta redundante y asume la culpabilidad del interlocutor). Habría que pensar por qué necesitamos realizar un acto de reflexión introspectiva, como individuos y como comunidad académica, de si nuestro espacio es incluyente, de si nuestros temas de discusión son tolerantes y si nuestra conversación está libre de violencia. Honestamente estoy convencido que en una escuela donde hay generaciones de licenciatura con solo 13 mujeres de 40 admitidos (32%, mi generación), donde hay centros de estudios en cuya planta de profesores solo 2 de 19 son mujeres (el 10%, en el Centro de Estudios Económicos) y donde la homofobia es rampante vale la pena preguntarse si nuestras acciones no están creando barreras al acceso de otras identidades. También habría que preguntarse si nuestro acceso a esta educación de alto nivel académico, completamente subsidiada y en un ambiente francamente mimado no tuvo que ver con que tuvimos la suerte de nacer y crecer coincidiendo por azar con los estándares machistas, clasistas, heteronormados o racistas que este lugar, así como muchos otros, pide.

     Finalmente, me preocupa que esta manera de discutir sobre la discusión — que deja de lado y vuelve invisibles los temas en cuestión— se asemeja mucho a las estrategias del machismo para desestimar la denuncia contra la violencia de género. Se critica la manera como se transmite el mensaje, sus signos lingüísticos y su forma de expresión para obnubilar la realidad de sus significados. Se ridiculiza el repertorio de protesta feminista, se burla del lenguaje incluyente, los desnudos, el performance, la intrusión en espacios vedados, como lo es “pegar hojas tamaño carta en todos lados”, para desviar la atención de la frecuencia, la normalización y la tolerancia hacia los hechos violentos que estas técnicas transgresoras denuncian. Cada quien sus luchas y cada quien sus maneras, y bien vale la pena criticar las maneras porque forma es fondo. Pero, por favor, no perdamos de vista el fondo en discusiones sobre la forma.

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