Papá, mamá: el diseño original que no llegó a Japón

Ihara Saikaku, el más famoso escritor de literatura erótica durante la era Tokugawa (1642-1693), alguna vez bromeó que si en la mitología de Japón dentro de las tres primeras generaciones de dioses que crearon al mundo no había ninguna mujer, a las deidades del sintoísmo, la religión indígena del país asiático, mucho les debía de gustar incurrir en la penetración homosexual. No sólo eso, de alguna manera los dioses masculinos del Nihon Shoki, el segundo libro más antiguo de la historia de Japón terminado alrededor del año 720, habían encontrado una manera de reproducirse sin necesitar de una mujer. Qué gran diferencia con la mitología de la tradición cristiana, aquella que hoy varios gritan y pregonan en las calles como diseño original. Aquel dios interpretado desde la homofobia que diseñó a quienes ahora le citan para criticar con odio el matrimonio igualitario se le olvidó aparecerse algunos husos horarios más allá.

     En el “Genji Monogatari”, la más antigua novela de la humanidad escrita en el siglo XI durante la época Heian, el protagonista, “el príncipe resplandeciente” tan apuesto que hacía llorar de amor a hombres y mujeres con tan solo su aroma, mantenía constantes relaciones sexuales con personas de su mismo sexo. En una escena cuando una dama rechaza al héroe de la novela, este decide probar sus suertes con el hermano menor de la antigua cortejada, “lo toma entre sus brazos y lo encuentra aún más atractivo que su fría hermana”. El despecho se convirtió en satisfacción, la barrera entre el heterosexual y el homosexual tan delgada como el papel de arroz que recubre las puertas de la tradicional arquitectura japonesa.

     En la tradición budista, el nanshoku era práctica común que implicaba una relación sexual y afectiva estructurada por la diferencia de edad entre los monjes experimentados y los acólitos jóvenes. Sí, no sólo la homosexualidad era aceptada, también la pederastia y, contrario a las preocupaciones modernas (que comparto pues mi formación cultural en ese ámbito es irrenunciable), era representada como una relación productiva, llena de aprendizajes y satisfacción para ambas partes. A la relación se le trataba de manera seria, no era como apuntan los críticos de hoy una excusa para la decadencia, el exceso y la promiscuidad. Al contrario, ambas partes eran instadas a comportarse de manera honorable y establecer juramentos de fidelidad. Los jesuitas que visitaron Japón durante el siglo XVI se escandalizaron de que “las abominaciones de la carne” y “los hábitos viciosos” eran vistos en Japón como muy honorables, tanto que las personas “no están deprimidas ni horrorizadas” por las relaciones entre individuos del mismo sexo. Parece ser que, en un mundo compuesto de muchos mundos, la visión sobre la homosexualidad cambia según el cristal con que se mire. Las categorías sexuales no son producto del diseño original, sino de la historia y la cultura de cada sociedad y por ello son hechos sociales dinámicos, proclives al cambio.

     Los samuráis, aquella figura increíblemente popular en occidente como la representación del honor japonés y exaltado por sus virtudes masculinas, también eran asiduos amantes del sexo entre individuos del mismo sexo. La tradición del shudo implicaba que los guerreros experimentados tomaban aprendices jóvenes a quienes les enseñaban las virtudes de la honestidad y las técnicas de la guerra y con quienes, frecuentemente, se desarrollaban relaciones de amor y sexo. Si bien la edad, podría presentar una asimetría de poder que haría a ver a la relación sexual como una violación de un superior a su menor en situación de subordinación, como ha ocurrido de manera sistemática al interior de la Iglesia Católica, en el sistema samurái al menor se le permitía probar las intenciones de su supuesto amante por varios años antes de aceptarlo.

     Tras la caída del militarismo japonés y el inicio de la pacífica era Edo (1600-1868) las prácticas samuráis, entre ellas las relaciones sexuales y afectivas entre individuos del mismo sexo, se volvieron comunes entre la población general. El “mundo flotante” de aquella época era un espacio de libertad y gozo, donde las relaciones sexuales entre individuos de cualquier tipo eran bien vistas. El kabuki, una de las producciones culturales más importantes de la época, se basaba sobre el travestismo de lo masculino, pues actores hombres representaban papeles de mujeres y, frecuentemente, se convertían en amantes de sus acaudalados mecenas, también hombres. En el ukiyoe, la técnica de grabado sobre madera icónica del periodo Edo, las pinturas eróticas eran de las más comunes y muchas de ellas representaban a hombres o mujeres teniendo sexo con sus iguales.

     Los ejemplos sobran para decir que en Japón, como en muchas otras culturas no occidentales, mantener relaciones sexuales entre personas del mismo sexo, siempre fue algo considerado normal hasta que, tras la renovación Meiji en 1868, comenzó la cultura occidental que mediante leyes punitivas convirtió a sus fobias en castigo. En estas líneas he tratado de evitar llamar a la atracción sexual por individuos del mismo sexo como homosexualidad, porque sería implantar una categoría ajena, extraña y moderna al panorama de las relaciones sociales del Japón antiguo. Como bien mostró Foucault en su “Historia de la sexualidad” la categoría de homosexual es una etiqueta imaginaria que tiene poco más de 100 años de antigüedad. En el Japón antiguo, como en las culturas grecorromanas que estudió Foucault, a quien tenía sexo con su igual “biológico” no se le llamaba homosexual, ni por ello era indicado con el dedo como extraño o diferente. En el Japón antiguo, como hoy en México y el resto del mundo, había muchos “hombres” que se enamoraban entre sí, la gran diferencia es que entonces se les aceptaba, ahora se marcha contra su amor y contra su derecho a mantenerse unidos.

Fuentes y brevísima bibliografía recomendada sobre homosexualidad en Japón:

     • Leupp, Gary. Male Colors: The Construction of Homosexuality in Tokugawa Japan, Oakland, University of California Press, 1997.
     • Mishima, Yukio, Confesiones de una máscara, Madrid, Alianza Editorial, 2010.
     • Saikaku, Ihara, El gran espejo de amor entre los hombres, Madrid, Satori, 2013.
     • —, The Life of an Amorous Man, Vermont, Charles E. Tuttle Co., 1964.
     • Shikibu, Murasaki, Genji Monogatari, Nueva York, Vintage International, 1990.
     • http://katanaswords.info/samurai/samurai-homosexuality/
     • https://www.tofugu.com/japan/gay-samurai/
     • Cualquier manga Yaoi.

 

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