Togas verdes

En su discurso pronunciado durante el primer Congreso de la Lengua Española, celebrado en la ciudad de Zacatecas allá por 1997, el gran Gabo rememoró una anécdota de cuando apenas era un mozalbete. Total, que el futuro periodista y escritor iba muy despreocupado por una calle cuando, de pronto, un “señor cura” (así nombrado por el memorioso) tuvo a bien advertirle: “¡cuidado!” Sin aquel grito salvador, hoy tal vez no habría Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Memorias de mis putas tristes... Para rematar su recuerdo, el propio García Márquez dijo, en el mismo acto zacatecano, que una vez salvado del atropellamiento, el salvador se le acercó a reprenderlo muy didácticamente: “¿ya vio usted el poder de las palabras?”

    Muchos años después, y no frente al pelotón de fusilamiento, ese mismo poder vuelve a imponerse, trascendiendo un contexto pueblerino y acercándose a la hechura de políticas públicas, y del propio marco legal mexicano a fin de cuentas. Haciéndole justicia a la realidad, más valdría decir el poder de una palabra: recreación.

    Como ya es del conocimiento público, la Suprema Corte de Justicia de la Nación ha “brindado protección de la justicia”, o, sin el retruécano leguleyo, decidió amparar a cuatro personas que ya pueden sembrar y consumir mota con fines RE-CRE-A-TI-VOS.

    Puede que no sea el término más exacto: sin la intervención (a menudo represiva) del Estado, el consumo de marihuana, muy difícilmente, quedaría limitado a la diversión, al refocile, a lo lúdico, en suma, a lo recreativo. Los empleos serían tan vastos como ahora, si no es que más: estimulo, consuelo, terapia, evasión, socializante…

   Ah, pero en su ambigüedad ha radicado la fuerza. ¿O en un país como el nuestro, donde se trabaja tanto y se gana tan poco, puede alguien estar, digamos, predispuesto a renegar de lo recreativo?

   ¿Qué pasaría, en cambio, si alguien abogase por la despenalización del “uso pedagógico” de la yerba entre los y las estudiantes de educación secundaria y del bachillerato? No tardaría en aparecer algún fariseo rasgándose las vestiduras y “alertando” de que no se puede permitir, o sería tanto como validar el dopaje en el ámbito deportivo.

   Sigo pensando que el consumo de tal o cual droga no debe estar atenazado por adjetivos, salvo en aquellos casos donde la autodeterminación individual quede vulnerada. Aunque, en un contexto de franco utilitarismo judicial y político, era muy necesario definir qué uso se le daría a una marihuana algo más permitida que antaño.

   No deja de llamarme la atención, por otra parte, el enfoque amplio que se le imprimió al proyecto de sentencia que elaboró el ministro Arturo Zaldívar y encontró suficiente eco entre sus compañeros togados. Porque se reconoce al consumidor como un ser dotado de juicio y aspiraciones. Pero en muchos otros procesos, acaso en la mayoría de ellos, pasa lo contrario: los seres dotados de juicio y aspiraciones quedan reducidos a categorías judiciales ex ante y abstractas por lo mismo: “el indiciado”, “la quejosa”, “los promoventes” (que aun repitiéndose sin cesar en juzgados de por aquí y de por allá, constituyen un despropósito, cuando lo correcto sería decir “los promotores”).

  Aunque poco cambian las teorías y prácticas en el Poder Judicial, el achique de la represión contra la marihuana es una muy buena noticia, entre otras cosas, precisamente, por el entorno de donde salió. ¡Bienvenida sea!

   Y para la siguiente entrada: ¿México o Mékziko?

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