El desarraigo fonético y las denominaciones artificiosas

Descollaba noviembre de 2015 cuando unos atentados pusieron en peligro a quienes usan y a quienes trabajan en el Mexibús, ese sistema de camiones articulados que se mueven por carriles exclusivos en el Estado de México.

    Como era de esperarse, diversos medios informativos se han enfocado, con inusitado interés, en el primo-hermano del Metrobús capitalino. Por lo que toca a la radio y a la televisión, sin embargo, sus respectivas coberturas repiten un error fonético que ya había notado yo en muchas personas, mexiquenses o no: pronunciar la “x” de Mexibús cual si fuera una “q”, o una “k”, o incluso una “c”.

   No sucede nada más con los autobuses provistos de sus gomas articuladoras –vaya tecnicismo para algo que no debería pasar de ser: “unión”, “juntura” o “empalme”–. Aqueja, asimismo, a lo que antiguamente era el paradero del Metro Ciudad Azteca, hoy convertido en el Mexipuerto, y a algo que aun siendo proyecto, ya está perjudicando al lenguaje: me refiero al Mexicable, teleférico que enlazará las partes más cerreras de Ecatepec con el territorio bajo, emulando así un transporte cotidiano en otros países latinoamericanos, siendo Colombia y Venezuela casos destacables.

   No hay aquí la intención de criticar a los tres “Mex” por lo que hacen o dejan de hacer, sino llamar la atención sobre su incorrecta cuan generalizada pronunciación. Si la tercia tiene como referencia común al Estado de México, y en última instancia al país llamado México, nadie tiene por qué abstenerse de proferir la “x” a la manera de una “j”. No debe existir ofuscación al señalar: “voy al Me[j]ipuerto a tomar el Me[j]ibús, y pronto me voy a elevar en el Me[j]icable”. En Ecatepec, esas tres cosas son (serán) posibles.

     Es necesario dejar de nombrar lo que pasa en el terruño como lo haría un anglosajón monolingüe de Nueva Inglaterra. No estamos en “Mécsico” ni en “Mékziko” (reconociendo la fuerza compartida por la “k” y la “z”, abusando de ella muchos y muchas jóvenes, sobre todo, al usar aparatos con teclados virtuales).

     Va, por último, un tópico que no quiero dejar de tocar, así resulte un poco ajeno al meollo de la entrada. Quienes, al igual que yo, son habitantes de la Ciudad de México, ¿han notado que, para no variar, en muchos medios de comunicación y en no menos discursos y documentos gubernamentales, prácticamente han desaparecido los paraderos, trocándolos por centros de transferencia modal e identificándolos mediante el acrónimo CETRAM? Hasta parece que la brecha entre gobernantes y gobernados, de por sí grande, se extiende aún más, pues no sólo están las acciones y omisiones de los primeros, sino también sus dichos.

     A quienes no vivan en la capital mexicana, les aclaro que un “paradero”, denominación abrumadoramente extendida entre quienes los usamos, es una estación de Metro en cuyo exterior hay otros andenes, o “bahías”, para abordar y/o descender de camiones, microbuses, camionetas, taxis, etcétera, a fin de estirar las redes de transporte. Hay algunos tan grandes como conflictivos, sobre todo en “horas-pico” (de las 6 a las 9, y de las 18 a las 21 horas). Son los casos de: Cuatro Caminos (aunque el Toreo ya ni existe), Indios Verdes, Pantitlán, El Rosario, Martín Carrera, Tacubaya, Universidad, Tasqueña, entre otros. Sus mejoras sustantivas, durante los últimos años, pueden contarse con los dedos de las manos, pero, eso sí, ya todos quedan contenidos en una categoría ¿técnica?, lejana del “fregadaje” que no tiene más opciones que usarlos (Tomás Mojarro dixit).

    Algo similar pasa cuando una empresa niega a sus empleados y mejor les dice asociados (Wal-Mart); o cuando dejan de existir los carceleros, guardias, centinelas o custodios, emergiendo los técnicos en seguridad (siendo la “novedad” en los sistemas penitenciarios, tanto el federal como los estatales).

     Trasplantando la lógica artificiosa de la burocracia en quienes les resulta arcana, sucedería que la escuela pasaría a ser un:

“Instituto de impartición-adquisitoria de aprendizajes para el desarrollo individual y social”.

     Un restaurante:

“Emporio facilitador del metabolismo mediante la ingesta seleccionada de nutrientes y energía”.

     Una relación sexual:

“Intercambio voluntario o coercitivo de gametos para la reproducción biológica, con opción de interrumpir la gravidez eventualmente adquirida”.

     Y para la siguiente entrada: ¿el azar es susceptible de organizarse?

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