¡Ay, Jalisco, no hagas eventos!

La sola proposición es una contrahechura: claro que el azar no es susceptible de organizarse, o no sería el azar. ¿Pero qué tal cuando alguien o algo realiza eventos? A simple vista, considerando cuán cotidiano resulta ello en la actualidad, parece que nada tiene digno de extrañar.

   La verdad presenta sus bemoles, y perdón de antemano por “enredar” lo que en apariencia existe con toda la sencillez del mundo.

   Hace unos días, en televisión pude percatarme de que allá, en la Perla de Occidente, iba a tener lugar no recuerdo qué “gran evento”. Si éste jaló mi atención, no fue por su propia naturaleza (tanto así que ya la olvidé), sino por la presencia, “a cuadro”, de una tal ¡Ofelia Medina! Lejos de ser la conspicua actriz que llevó al cine la vida de Frida Kahlo antes que Salma Hayek en Hollywood, la Medina a quien me refiero funge como directora de Grandes Eventos de Jalisco (intuía que harían falta las letras mayúsculas).

   La intuición no me falló. Picado por la curiosidad, busqué en el portal electrónico del gobierno jalisciense, donde, ¡zas!, ubiqué la Dirección de Grandes Eventos, encabezada por Ofelia Medina Valdez. Se trata de una oficina más entre las que tiene la administración pública estatal.
¿Y eso qué? ¿Acaso no abundan las empresas que organizan eventos? Si el sector privado está muy activo, ¿por qué el sector público habría de mantenerse a la zaga?

   De mi parte, nada tengo en contra del gobierno encabezado por Aristóteles Sandoval. Sólo externo mi desazón al constatar la muerte de un vocablo y el aplanado del lenguaje, ambas situaciones ya institucionalizadas.

    “Acto” es la palabra difunta. No pudo con la penetración del anglicismo event, que como virus encontró la célula idónea para replicarse, en el término evento, remplazando el material genético original por uno contrario. Si “evento” era sinónimo de azaroso, fortuito, casual, pues hoy es algo tan constante que se puede manejar de cabo a rabo.

    En una que otra universidad todavía subsisten los salones de actos, que reconociendo, y aplicando, la noción genérica que llevan encima, sirven para muchas actividades: la presentación de un libro, un coloquio, una conferencia, la réplica oral de un examen de grado… Afuera del ámbito universitario, casi han desaparecido los salones de fiestas, pues prácticamente todos han optado por pasar a ser “salones de eventos sociales”, que en realidad, mayoritariamente, son fiestas posteriores a ceremonias religiosas: bautizos, XV años, bodas.

    Hace algún tiempo, en mi universidad vi un cartel donde se invitaba a “la noche más divertida del año”. Como incluía un teléfono para solicitar informes, llamé con tal de saber qué onda:

    - Hola. Hablo por lo del cartel.
    - Ah, sí, mira: habrá buena música, todo el chupe que aguantes, botanas, podrás bailar toda la noche si quieres. Y si no tienes pareja, no importa: irán muchas         chavas. Va a ser un evento pocamadre.
    - Oye, así como me pintas las cosas, pues va a ser una fiesta, ¿no?
    - Eh… pues sí, nada más que si digo fiesta, mis papás no me van a querer prestar la casa.

     Qué pena. Habiendo en México fiestas, guateques, reventones, destrampes, pachangas, romerías, verbenas, ahora se impone una noción que lo aplana todo. Lo más grave es que, a menor vocabulario, menor capacidad de pensamiento.

    ¿Qué pasa con quienes trabajan eventualmente? La denominación era, a mi juicio, incorrecta. Si se les consideraba “eventuales” porque carecían de contratos de planta, sabiendo cuando adquirían la condición de trabajadores y/o trabajadoras, y cuando la perderían, pues tal certeza negaba el significado mismo de “evento”. Hoy es totalmente acorde con él, semántica y económicamente. Claro, vivimos los tiempos de la sacrosanta flexibilidad laboral, con las contrataciones por meses, o incluso por días, y eso cuando hay contratos.

    Parte de la responsabilidad en lo aquí dicho, es de los medios de comunicación, tanto escritos como electrónicos, dado el mutuo afán de privilegiar la cantidad por encima de la calidad, economizando hasta en las palabras. Consideraron que “acontecimiento” era demasiado largo, optando mejor por estas tres sílabas: e-ven-to. “Acto” nada más tiene dos y no gustó. ¿Por qué? Es una buena pregunta que ojalá pueda ser contestada por alguna investigación profunda en neurolingüística y/o ciencias de la comunicación.

    Aprovechando la presencia de Jalisco, y a propósito de medios informativos, no cerraré esta entrada sin comentar algo que, cuando lo vi, me indignó, para después hacerme reír, y hoy que lo recuerdo, no dejo de sentir lástima por quienes lo pasaron:

     El sábado 7 de noviembre, en el noticiero vespertino del Canal 13, que sale de las 14 a las 15 horas, se transmitió una nota sobre el “apagón analógico” (al que le sigo debiendo su propia entrada, la cual no tardará mucho más). Al aire apareció la atribulada historia de un hombre llamado José Luis Toalá, habitante de una comunidad jalisciense llamada Cihuatlán, y entristecido por no contar con recursos para hacerse de una pantalla digital. Sin embargo, Toalá… ¡es un CIEGO! ¡No manchen! Hasta lo pasaron con sus gafas y su bastón. Cuánta manipulación, caray. Ha sido una sensiblería tan insultante de la inteligencia que indigna, tan cursi que da risa, y al cabo tan patente de la pobreza de contenidos en la televisión abierta, que uno acaba por entender, e incluso aplaudir, el achique del público televidente.

   Si en Televisión Azteca dicen practicar la filantropía mediante múltiples “causas sociales”, ¿por qué no dejan de quejarse del apagón mediante interpósitas personas y mejor se ponen a regalar pantallas digitales, o al menos decodificadores, a las comunidades que sacan en sus noticieros, “lastradas” por el fin de la televisión analógica?

    Y para la siguiente entrada: cuando una autoridad redacta algo, ¿ese hecho se puede convertir en autoritarismo?

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