La redacción autoritaria

Pongan atención sobre el texto fotografiado:

puntosciegos1

    De vuelta a Ecatepec, Estado de México, mi insaciable curiosidad me impidió seguir de largo por una calle, hasta no examinar todo lo escrito en el sello de clausura que ahí se encontraba. Si el objetivo de las enormes letras coloradas consiste en disuadir, a la distancia, para que nadie se acerque, conmigo surtió un efecto contrario, persuasivo, que hasta una foto me hizo tomar.

   Diciéndolo con tersura, es muy triste corroborar el desprecio que las autoridades mexicanas muestran hacia la escritura correcta. Sucede en Ecatepec, en los demás municipios, en otras entidades federativas y, claro, en el gobierno federal. Los restantes Poderes de la Unión, el Legislativo y el Judicial, no son excepcionales.

    He aquí las “perlas” contenidas en tan sólo aquellos cinco renglones que conforman el texto esencial del sello:

   1ª) Todo está con letras mayúsculas, lo que en sí mismo, es un despropósito que hasta vuelve difícil la lectura: ¿acaso, deliberadamente?

   2ª) Cuando dice “sin permiso y/o autorización”, está incurriendo en un pleonasmo, pues las dos cosas equivalen a lo mismo.

   3ª) Al referirse a “la autoridad competente” uno piensa: se trata de algo tan palmario que ni falta hacía de incluir el adjetivo. ¿O, poniendo un ejemplo hipotético, pueden funcionarios de Nezahualcóyotl efectuar clausuras en Ecatepec?

   4ª) Es controvertible meter la “multa de 300 días” como parte de las “penas”, ya que se forma otro pleonasmo. Una redacción pulcra quedaría en los siguientes términos: “[…] será acreedor a la pena de hasta 5 años de prisión y una multa de […]”.

   5ª) Al mencionar el “salario mínimo vigente”, hay la misma sensación que en la tercera “perla”. Ni modo que se aplique el que tenía vigencia en 1996, o el que tendrá vigencia en 2050.

   6ª) Hace falta una coma entre “localidad” y “preevistas” (tan errado está el segundo vocablo, que no hace falta decir más al respecto).

   7ª) ¡Siguen los adjetivos obvios! ¿Alguien podría exigir la aplicación de un Código Penal no vigente para el tiempo y lugar donde ha ocurrido la clausura?

  8ª) Casi de remate, no hay concordancia en el grupo nominal. Recordando las odiadas, aunque necesarias, clases de gramática: deben concordar, en género y número, el nombre así como los adjetivos y determinantes que lo acompañan (así lo aclara, muy bien, la función corroboradora de ortografía en el procesador de palabras más usado). Al decir “el que altere, destruye o quite”1 , se hace referencia a un singular masculino ratificado en “será acreedor2 , pero vuelto plural una vez mencionadas “las sanciones administrativas a que pudieran ser objeto” (las cursivas, claro, fueron puestas por mí).

   Una primera conclusión, con dejo de ironía, es que, al parecer, quien fabricó los sellos al municipio de Ecatepec, cobróselos por letra, como los antiguos telegramas.

   Tan pichurrienta es la escritura que deja una manga muy ancha para la discreción, lo mismo de la autoridad administrativa que, incluso, de la judicial. Apelando, textualmente, a lo advertido en los cinco renglones, si una persona arranca el sello, ¿se le puede castigar con unas “sanciones administrativas” enunciadas colectivamente, es decir, para dos o más personas? No se pierda de vista la octava “perla”. Si dos o más mujeres arrojan thinner sobre el sello, ¿se les puede meter a la cárcel y multar a sabiendas de que los tres actos punibles fueron puestos con el propósito de intimidar a individuos masculinos?3

   Sin embargo, por el amor de Dios, ¡todo está entre comillas! Dudando sin conceder mucho, porque “el presente sello” invitaba a pensar que los cinco renglones conforman un texto de primera mano, y no la cita de otro, fui a ver el mentado artículo 124, que, para mi desagradable sorpresa, estipula:

   Comete este delito [es decir, el “quebrantamiento de sellos”, nombre llevado, asimismo, por el capítulo V, mismo que incluye al artículo en cuestión] el que altere, destruya o quite los sellos puestos por orden de la autoridad y se le impondrán de dos a cinco años de prisión y de treinta a trescientos días multa [sic].4

   ¿Qué tal? Ni cómo ayudar al gobierno ecatepense, cuya incongruencia, al menos para mí, no pasa desapercibida. En una misma acción, llamada "clausura", se muestra riguroso y displicente a la vez. Aplica sus normas y evade hacer lo propio con las normas idiomáticas. Éstas no deberían ser marginadas cuando el derecho escrito forma un contexto dentro del cual una autoridad actúa. (Contexto que no es el único posible, y hasta en México se demuestra, gracias al nuevo sistema penal acusatorio, donde la palabra hablada recupera la primacía que alguna vez tuvo).

   Las comillas tienen usos muy específicos, o al menos los tenían:

   A) “Para enmarcar la reproducción de citas textuales”.

   B) “Para encerrar, en las obras literarias de carácter narrativo, los textos que reproducen de forma directa los pensamientos de los personajes”.

   C) “Para indicar que una palabra o expresión es impropia, vulgar, procede de otra lengua o se utiliza irónicamente o con un sentido especial”.

   D) “Cuando en un texto manuscrito se comenta un término desde el punto de vista lingüístico, este [sic] se escribe entrecomillado”.

   E) “En obras de carácter lingüístico, las comillas simples se utilizan para enmarcar los significados”.

   F) “Se usan las comillas para citar el título de un artículo, un poema, un capítulo de un libro, un reportaje o, en general, cualquier parte dependiente dentro de una publicación”5

  ¿En cuál de los anteriores usos puede caber el texto esencial? El más cercano es el “A”, sólo que por desgano, descuido o incluso por dolo, el uso más proclive acabó siendo el “C”, generando la inconveniencia de que cada quien puede interpretar, como le vengan en gana, los cinco renglones. Incluso el sello puede quedar inválido si su contenido se toma como una ironía de la autoridad ejecutora.

   Algo interesante ocurre ahora mismo, cuando, por todos lados, veo comillas que no se emplean según lo previamente asentado. Lo mismo pasa en un pequeño establecimiento comercial que un documento jurídico. Estoy preparando suficiente evidencia fotográfica para enriquecer una entrada posterior, en la cual abordaré ese fenómeno al que desde hoy bautizo con el nombre de “comillismo”. Si para entrecomillar han de observarse ciertas reglas, al escudriñar lo que pasa a mi alrededor, no puedo menos que parafrasear a Carlos Monsiváis: ya no entiendo lo que pasa, o ya no pasa lo que entendía.

   Y para la siguiente entrada: dado que en el sello de clausura hay una última “perla”, que no es la octava, ¿por qué apelar a la “normatividad” y no a las normas?

Notas

  1. Tres verbos distintos que conforman lo único rescatable del texto esencial, anticipándose a un igual número de posibles, aunque de antemano prohibidos, escenarios. El sello puede ser destruido con casi cualquier objeto puntiagudo; o quitado con la suficiente “delicadeza” para no infligirle algún daño mayor; o alterado de tal modo (echándole solvente para borrar su contenido, por ejemplo) que no se dé ninguno de los dos escenarios previos.
  2. Intensas han sido mis discusiones con diversas compañeras universitarias, sobre todo las feministas, quienes no cejan de pedir un lenguaje incluyente, donde haya: las niñas y los niños, las diputadas y los diputados, las y los contribuyentes, etcétera. Con arreglo a la misma petición, también deben mencionarse a: las criminales, las corruptas y, por qué no, a las delincuentas, derivándose estas tres expresiones de la perspectiva de género impuesto a ciertas expresiones alguna vez neutras: de juez a jueza, de presidente a presidenta, son dos de las, ahora, más escuchadas. Gracias al lenguaje exigido, tan válido sería decir: “Michelle Bachelet es la presidenta de Chile” que “Elba Esther Gordillo es una presunta delincuenta”. Ah, pero a las mismas peticionarias feministas no les gustan fórmulas como las aquí mostradas, arguyendo que “muchas” de las mujeres que delinquen, lo hacen con el “yugo machista” puesto.
  3. O “individuas”, llevando aquel lenguaje incluyente a un extremo no visto, no usado, hasta hoy en día.
  4. En vez de la fórmula “días de multa”, el Código Penal mexiquense recurre a los “días multa”, que no están mal, aunque yo interpondría un guion, por tratarse de dos palabras unidas para cuantificar y reforzar un significado común: el de “castigo”. Todo esto sin formar una palabra compuesta, claro, al no haber un verbo en acción. (Ejemplos de palabras compuestas son: “abrelatas”, “correcaminos”, “paraguas”, etcétera.) No termino esta nota sin vaticinar una reforma al citado Código Penal, en virtud de que hay una gran probabilidad de que, pronto, el salario mínimo deje de ser el cuantificador de las multas y otros pagos al Estado.
  5. Reproduzco los seis usos, tal y como son mostrados por la Academia Mexicana de la Lengua en su sitio electrónico: www.academia.org.mx/espin/Detalle?id=143 (consulta: 18 de noviembre de 2015).

 

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