De ignorantes que mal remueven y peor estiman

Una persona que por mí siente un gran aprecio, recíproco a manos llenas, me señaló hace poco, después de leer la entrada sobre Jalisco y los eventos que ya no son como eran, otras palabas igualmente vaciadas y luego rellenadas con significados muy opuestos a los primigenios.

     Es el caso del verbo remover, que sólo pide un poquito de atención para notar que se refiere a algo movido y vuelto a mover, a condición, tal vez, de no cambiarlo mucho, porque entonces ya sería necesaria otra palabra descriptiva. El prefijo re indica repetición. Luego entonces, “remover” es sinónimo de “(re) volver”, de “(re) parar”, de “(re) matar” y, como se dijo renglones arriba, de “(re) llenar”. Pero a causa, tal vez, del anglicismo to remove, ahora es equivalente de acciones como: “separar”, “destituir”, “despedir”, “llevarse lejos”, “hacer a un lado”. “Ha iniciado la remoción de escombros”, suele uno escuchar en los medios informativos luego de alguna catástrofe, como puede ser un terremoto o un huracán. De no ser por la gran laxitud, por no decir perversión, con que se usa el verbo de marras, aquellos escombros serían vueltos a dejar en el mismo sitio donde estaban… luego de darles “un paseo”. “Los consejeros del instituto serán removidos de sus cargos”, es otra fórmula común en la prensa, pudiendo cambiar “consejeros” por cualquier otro puesto público, sin por ello evitar la perversión. ¿Será que los consejeros ocuparán de nuevo sus oficinas al día siguiente de haberlas desalojado? (Apercíbase cómo entre la élite de la administración pública mexicana, casi nadie es corrido ni despedido, sino “removido” o “separado”.) Hasta la mismísima Constitución ha sido incapaz de respetar los significados originales de algunas palabras que la integran (claro, con tantas enmiendas…). El artículo 123, apartado B, fracción XIII, estipula textualmente:

     Los agentes del ministerio público, los peritos y los miembros de las instituciones policiales de la Federación, el Distrito Federal, los estados y los municipios, podrán ser separados de sus cargos si no cumplen con los requisitos que las leyes vigentes en el momento del acto señalen para permanecer en dichas instituciones, o removidos por incurrir en responsabilidad en el desempeño de sus funciones. Si la autoridad jurisdiccional resolviere que la separación, remoción, baja, cese o cualquier otra forma de terminación del servicio fue injustificada, el estado sólo estará obligado a pagar la indemnización y demás prestaciones a que tenga derecho, sin que en ningún caso proceda su reincorporación al servicio, cualquiera que sea el resultado del juicio o medio de defensa que se hubiere promovido.

     (La ambivalente condición de la policía en México será tema de una entrada posterior a ésta.)

     Otro pervertido es el adjetivo álgido. ¿Qué significa? ¿O, mejor preguntado, qué significaba? Pues daba cuenta de algo tranquilo, descansado, sereno, frío, del momento donde reina la paz. Sin embargo, ahora es todo lo opuesto, algo así como “el momento cumbre” de la violencia y la destrucción. Igual que con el vocablo “evento”, ya agarrado cual análogo de acontecimiento, incluso periodistas, intelectuales, “comentócratas” y demás “líderes de opinión” recurren a la algidez para denotar fogosidad, candor. Y es curioso, pues no hay un anglicismo implicado. Algo afín pasa con otro verbo: enervar. Éste, definido con claridad, ayuda a tranquilizar, descansar, serenar, a lograr un estado álgido, pues. Sólo que ya también se fue a las antípodas. “En el río Alto Madre de Dios, los pobladores con los ánimos enervados [cursivas mías] en forma violenta intervinieron dos botes con turistas y los obligaron a bajar, ante la preocupación de los jefes policiales de Cusco y Madre de Dios que afirmaron que si continuaban con esa actitud, se iban a retirar”1, leí hace algún tiempo en un sitio electrónico que, al parecer, reprodujo una nota primeramente publicada en otra fuente (especies similares puede uno encontrar por montones en los diarios amarillistas de grandes tiradas).

To ignore se ha insertado con tal fuerza que ha puesto de cabeza nuestro ignorar. Un ignorante es quien no sabe, así, a secas. Ahora se le equipara con alguien que soslaya, ningunea, desprecia, alguien que no hace caso. Según aventuro, los árbitros de fútbol profesional son capacitados con la dureza suficiente para “ignorar” las ofensas lanzadas en contra suya durante los partidos donde pitan. No importa que las rechiflas, las mentadas de madre, toda esa “poesía al alcance del pueblo” (en palabras de Octavio Paz), sea del tamaño de cada estadio. Algo grave radica en la imprecisión de los medios informativos cuando abusan de los transmisores suplantados. Si se mira un artículo de fondo titulado “Peña Nieto ignora las críticas hacia su gobierno”, el lector se puede quedar confundido, redundando en que aquellos medios no dejen cumplidas, a cabalidad, sus funciones. ¿Peña Nieto menosprecia a los críticos o no sabe quiénes son ni qué dicen? Si el sentido común se inclina por ambas opciones (conociendo de sobra la burricie del personaje, aunque, a la vez, ni con toda la buena disposición del mundo podría dedicarle todo su tiempo de trabajo a la lectura de sus varios detractores), entonces ¿para qué comprar periódicos y/o revistas?

     Siguiendo con la prensa, sobre todo la especializada en temas económicos, no es inusual encontrar en ella (y encontrar es sinónimo de hallar, descubrir, no de organizar una reunión o una tertulia) enunciados del tipo: “se estima que el 50 % de la población mexicana subsiste en la pobreza”. ¿Da gusto, entonces, que la mitad de nuestros y nuestras compatriotas no tengan a veces ni para comer? Vaya alegría tan malsana, ¿verdad? No estoy siendo irónico: estimar es apreciar, amar, encariñarse. Pero un día llegó el anglicismo to estimate y se replicó de tal modo que sacó la querencia, reemplazándola con cálculo, inferencia, deducción, con el acto de colegir, dicho en suma. Todo esto es lo que quiere decir, en inglés, aquel verbo.

     A buen seguro de la calidad en esta entrada, me disponía a despacharla cuando, en el ciberespacio, noté algo capaz de prorrogar mi tesón. En otro sitio de la Internet, auspiciado por El Universal, y en un (re) cuento sobre “los 10 peores remakes de telenovelas”, esto leí: “aunque muchos piensan que ‘Mirada de Mujer’ es una novela original, el caso es que no es así, está basada en ‘Señora Isabel’ de Colombia. Bueno, pues se hizo un nuevo refrito, ‘Victoria’ que se pensaría fue un hit, pero no más no [sic]. La pareja entre Victoria Ruffo y Mauricio Ochmann era bizarra [cursivas, otra vez, mías], como casi todo lo que hace Ruffo”2 . Hasta abajo, en la sección del blog, un atinado lector refutó: “’... La pareja entre Victoria Ruffo y Mauricio Ochmann era bizarra...’ ¿Que rayos quiso decir la escribidora con eso? ¿Que eran una pareja de valientes, arrojados, incansables? ¿O que era una pareja rara, torcida, extraña? [sic]” Cuando el general Ignacio Zaragoza le rinde al presidente Benito Juárez su parte de guerra después de la batalla del 5 de mayo, informándole de que “el ejército francés se ha batido con mucha bizarría”, de ninguna forma está mofándose de los vencidos, todo lo contrario, reconoce la gran valentía con que lucharon.

     A propósito: ojalá no llegue el día que se acepte a escribidor como sinónimo de “escritor”, cuando hoy son antónimos. (Eso sí, un escribidor o escribidora de telenovelas, alguien que les hace puros mandados a las televisoras, no merece el trato de escritor ni de escritora.)
Y para la siguiente entrada: ¿Quién quiere ser policía? ¡Yo no!

1. http://de10.com.mx/top-10/2015/10/26/los-10-peores-remakes-de-telenovelas (consulta: 15 de enero de 2016).

2. http://de10.com.mx/top-10/2015/10/26/los-10-peores-remakes-de-telenovelas

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