La policía en México: hazmerreír o hazmellorar.

    En una de sus habituales colaboraciones para Milenio, Carlos Puig da en el blanco al identificar el ocultamiento de la palabra, definida por el propio colaborador, de “tóxica”. Yo le añado adjetivos adicionales: vomitiva, degradada, amenazante… Podría ponerle más, aunque primero es menester aclarar que aquella palabra es “policía”.

     Puig1 abre con una anécdota, según la cual Genaro García Luna, malogrado “súper policía” y consentido, a capa y espada, por Felipe Calderón cuando éste fue presidente, solía pedirles a los públicos de algunos actos donde se presentaba, que levantasen la mano quienes tuvieran ganas de ser policías. Casi nadie respondía al llamado. Renato Sales Heredia no sólo heredó el cargo de García Luna (entre ambos estuvieron Manuel Mondragón y Monte Alejandro Rubido), sino también la inclinación por preguntar lo mismo públicamente, sacando un soslayamiento similar.

    Tanto se ha envilecido el vocablo comentado, que lo mejor ha sido camuflarlo con apelativos rimbombantes (siempre cuidando que la fuerza pública no quede muy ensombrecida, eso sí). Apariencia y esencia. De esta manera han aparecido: “la Gendarmería”2, “la Fuerza Civil”, “la Fuerza Tamaulipas”, entre otras denominaciones que pueden ser federales, estatales o municipales (el ámbito de competencia importa poco frente a una estratagema que quiere cubrirlo todo).

     En el sector privado la tendencia va por el mismo derrotero, y puede que haya comenzado en él. Una vez que se contratan anuncios clasificados, de ninguna manera son para solicitar “policías privados”, más bien “oficiales de prevención”, “técnicos en seguridad”, “custodios”, etcétera. Y vaya que son muchos los anuncios con semejantes peticiones: tantos que el desempleo en México pareciera un “mito genial”, según el aserto lanzado por Pedro Aspe cuando era secretario de Hacienda en el sexenio salinista. (A quien ponga en tela de juicio mi dicho sobre aquella anunciación masiva, le invito a que eche un vistazo a El Gráfico de los lunes).

     Algo que a Puig se le olvidó, o tal vez no tuvo suficiente espacio para meterlo en su colaboración (que, como muchas otras en Milenio, son breves), fue la no exclusividad del Estado en cuanto a embozar los nombres de sus cuerpos policiacos. El resto de la sociedad lo ha venido realizando desde tiempo atrás. No me refiero a un léxico empresarial, sino al habla más coloquial que uno pueda percibir. ¿O quién no ha oído mentar a: “los pitufos”, “los tecolotes”, “la tira”, “los azules”, “los cuicos”, y “la chota”?

     Al escribir sobre todo esto resulta imposible, como sociólogo que soy, no tratar siquiera de ofrecer alguna respuesta al por qué del enmascaramiento institucionalizado (el otro, en realidad social, tiene mucho de estarse dando, y seguirá dándose). A mi manera de ver las cosas, es una respuesta al extremismo con que la sociedad mira a sus policías. O les desprecia o les teme. Se ha perdido el justo medio, sin el cual ambos términos de la ecuación no pueden fundirse, dejándola irresoluta. Esto implica, entre otras cosas lamentables, que no pueda haber suficiente seguridad pública (vaya oxímoron).

     ¿Se acuerdan de las “Ladies de Polanco”? ¿A poco no se resistieron a una infracción de tránsito, gritándole “asalariado” y otras muchas invectivas al agente que sólo hacía su trabajo? Vaya escupitajo a la autoridad. (En cierta forma, gracias a una telefonía celular que ya vale más por sus funciones extras –como el video y la fotografía– que por la telefonía en sí, muchas mujeres prepotentes y abusivas se han unido al sendero iniciado por Vanesa Polo y la otra, llamada Azalea, aunque no recuerdo su apellido. Tan sólo en 2015, fueron filmadas y exhibidas en la Red: “Lady Jochos”, “Lady Boletos”, “Lady Sotelo” y, casi para clausurar el año, “Lady Tuleña”. Por otro lado, pues qué pena el haber recurrido al anglicismo para denotar una alcurnia hinchada. Ya de salida, es tan fácil hallar a aquellas féminas en la Internet, que ni la pena vale recordar las direcciones electrónicas respectivas).

     En el otro extremo están los incontables abusos, por no decir (incluso) crímenes, de “los guardianes del orden”. La policía municipal de Iguala, Guerrero, con su contumaz participación en la suerte corrida por los 43 normalistas de Ayotzinapa en 2014, merced a la infiltración de un crimen organizado que, él sí, se funde bien con lo policiaco, es un ejemplo de lo más dramático cuan reciente. ¿Otro? Como ya tal vez sepa quien esto lea, a finales de 2015 entró en funciones un nuevo reglamento de tránsito para la Ciudad de México. Si las nuevas multas les parecen escandalosas a muchos, más lo fue haber descubierto, gracias a la prensa, el contrato para el servicio de “fotomulta”, suscrito entre una empresa privada y el ¿izquierdista? gobierno de la ciudad. En el documento se estipula una cuota mínima de multas por mes, la cual, como es lógica y socialmente válido conjeturar, no será alcanzada de buena manera, todo lo contrario. De repente ha resucitado Arturo El Negro Durazo, o quizá su fantasma nunca se fue, porque durante los años que el personaje dirigió la policía capitalina (1976-1982), los corralones tenían que estar siempre llenos, además de generalizarse la exigencia vertical de “moches”, desde el jefe más alto hasta los oficiales rasos. ¿Quién pagaba, en última instancia, esos untes? La ciudadanía, claro está. Dicho sea como un complemento, las extorciones piramidales, lejos de acabarse con la huida al extranjero de Durazo, se extendieron a todo el país.

     No tengo la menor duda: cuando una sociedad se corrompe, entre las primeras víctimas se cuenta el lenguaje. Por lo demás, dudo mucho que en este país recuperemos la seguridad pública sin recuperar primero la identidad de las palabras.

     Enriqueciendo lo antes dicho, y aunque me haya enfrascado en furibundos debates con varios colegas gustosos del “comunitarismo”, no puedo ser partidario de las “policías comunitarias” o “autodefensas” (una suerte de eufemismo de las primeras). Sí, puede que sean más confiables por reclutar a sus integrantes en las mismas comunidades bajo sus cuidados. Pero también, digámoslo con todas sus letras, esos grupos no son inmunes a la cooptación del crimen organizado, dotándolos de armas y entrenamiento para lidiar con las bandas rivales.

     Nuestros policías –cabría decir, institucionalmente, nuestras policías– no se parecen al mejor arquetipo que ha regalado la literatura, refiriéndome a Javert, quien, cual sabueso, persiguió incansablemente a Jean Valjean en Los Miserables, y quien sólo se pudo librar de aquél salvándole la vida durante el levantamiento parisino que casi culmina la trama. Se asemejan más a Cantinflas en El bombero atómico, un tipo que de empezar, precisamente, de “vulcano”, acabó de gendarme gracias a sus improvisaciones y al absoluto servilismo hacia el superior. Hasta la realidad convalida el símil. Cuando Arne aus den Ruthen Haag fue delegado en Miguel Hidalgo (2000-2003), los policías adscritos a esa demarcación fueron dotados con un equipo antimotín de apariencia tan rocambolesca, que al poco rato se les motejó como Los Robocops. Si por fuera “daban miedo”, por dentro eran cobardes, como quedó demostrado luego de salir corriendo con sus rabos entre las patas, a consecuencia de no haber podido desalojar a unos, ellos sí, aguerridos vendedores informales asentados en las inmediaciones del Metro Tacuba. Con el paso del tiempo, nada se volvió a saber de Los Robocops.
     Y para la siguiente entrada: ¿existen las “candidaturas de unidad”?

1 www.milenio.com/firmas/carlos_puig/Policias-mexicanos-empleados-segunda_18_661313890.html (consulta: 20 de enero de 2016).
2 “Gendarme” es un galicismo proveniente de gens d'armes.

 

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