Otros "huesos" que también unen

Vaya que los periódicos me han brindado, últimamente, mucha tela de donde cortar. Ahora toca el turno a El Universal, donde Ciro Gómez Leyva reportó y opinó que:

Entre los brindis por [el triunfo del 17 de enero en] Colima, el PRI se dio tiempo para resolver la sexta de las 12 candidaturas a gobernador, Aguascalientes. Seis candidaturas de unidad, sin fisuras aparentes, sin fugas a otros partidos […].

[…] Los priístas [sic] están seguros de que el “factor Beltrones” se levantará con 12 candidaturas de unidad y cero fugas.1

En la política mexicana no existe la unidad arriba preconizada (con todo y la tenue redundancia en ambos párrafos). Hay una diversidad de intereses y el cálculo político respecto a donde pueden satisfacerse mejor. Si es en el mismo partido político en el cual se perdió una contienda interna (y esta clase de contiendas suelen ser igual o más desgarradoras que las luchas contra partidos rivales), pues adelante, nos quedamos; pero si no, adiós. Sirva esto para contextualizar lo escrito por Gómez Leyva.

El editorialista confunde unidad con fraternidad. Si en tal o cual estado hay, por decir algo, seis aspirantes a una candidatura, los cinco que pierdan pueden quedarse en el partido, incluso posar junto al ganador o ganadora en actos públicos, pero de eso a lograr una colaboración tan grande que por sí misma garantice el triunfo en las urnas, suele haber un gran trecho. Si antes las patadas por debajo de la mesa estuvieron intensas, ese pataleo no necesariamente desaparecerá por el simple hecho de levantarle la mano a un rival interno.

Tres son los mecanismos que siguen los partidos para escoger a sus candidatos: 1) mediante alguna consulta al resto de la sociedad (encuesta) o a sus militantes (elecciones primarias); 2) con la declinación de tal a cual aspirante a favor de otro; 3) ya de plano recurriendo a la designación por parte de las élites internas o, como no ha sido raro en México, de una élite externa (siendo el caso de la Presidencia de la República). Los dos últimos mecanismos están frisados. En un escenario donde todos y todas se pongan de acuerdo para apoyar a quien tenga mejores perspectivas de triunfo, la unidad de nombres, nunca de intereses, se ha consensuado. En caso contrario, se impone y punto final. Añadirle “unidad” a la “candidatura” también sirve para sobrevender ésta a los medios informativos y al electorado. (No es lo mismo, recurriendo a la analogía, vender una casa vieja que una casa bien cuidada o remozada).

Además, claro, podrá existir la unidad, pero qué tanta unidad, es otra cuestión más espinosa, que para resolverse precisaría criterios cuantitativos y cualitativos difíciles hasta de imaginar.

Remarcando: unidad política no es fraternidad sino cálculo. Si por algo tuvo tanto éxito el PRI antes de su debacle en las elecciones presidenciales de 2000, además de la simbiosis con el Estado, fue por saber cómo restañar las heridas que en sus militantes dejaban las disputas intestinas, maquillando así las fisuras, que las tenía, y muchas, desde varios años atrás. Quien perdía, pero guardaba la disciplina, podía volver a ganar en poco tiempo. La rueda de la fortuna, como una alegoría, nunca tuvo más vigencia que en el México posrevolucionario. De esta manera, el tinglado burocrático fue creciendo y creciendo, con no pocos puestos expresamente creados para quienes la suerte no favoreció en un primer momento. Si dentro del Estado no se abría algún espacio, también afuera, en el mundo empresarial, era posible obtener el premio de consolación. ¡Y qué premio! Aarón Sáenz, una vez hecho a un lado sorpresivamente, cuando, en su lugar, el candidato oficialista acabó siendo El Nopalito, Pascual Ortiz Rubio, se volvió muy rico gracias al azúcar, negocio monopolizado a su favor pues así lo quiso el régimen que poco antes lo había marginado.

En vez de “candidaturas de unidad”, no estaría mal recurrir a fórmulas un tanto más precisas y ecuánimes con la realidad. ¿Qué tal “candidaturas de bloque”? Porque sí, en efecto, más que unir, bloquean las posibles fugas hacia otros institutos políticos, o incluso hacia las candidaturas independientes, que ya forman una realidad en ascenso, por viable, tal y como lo demostró El Bronco, Jaime Rodríguez, en Nuevo León.

Si antes, a personajes igual de chapados que Rodríguez, se les apostrofaba de “tránsfugas”, “camaleones”, “malabaristas”, “traidores”, “acomodaticios”, “arribistas” (y, por qué no, hasta de “muñozledos”), la legislación electoral, una vez que reconoce el adjetivo “independiente”, diluye el pasado partidista de quien opte “por la libre”. (Nada más que la dilución, en sentido estricto, es implícita, inmaterial, y he ahí un gran problema, pues candidatura independiente no debe ser lo mismo que “candidatura despechada”, fruto de un arrebato, de una decepción, en suma, de todo lo dicho en los renglones precedentes; además, ¿quién le asegura al electorado que un candidato sin partido se abstendrá de hacer todo lo que hizo, o pudo hacer, mientras fue partidista, incluyendo fraudes, prepotencia, debilidad o corruptelas?)

PD. 1. A Gómez Leyva lo dispenso por escribir “sin fisuras aparentes”, pues se trata de una metáfora. Sin ella, ninguna fisura es aparente, sino evidente, ¿o cómo calificar de “fisura” algo invisible? Quizás una persona conocedora de nanotecnología y esas disciplinas relativas a la manipulación de la materia invisible, pueda argumentar que los átomos son susceptibles de fisurarse, obvio, antes de que el ojo humano se dé cuenta, aunque seguir con eso desbordaría el meollo de esta entrada.

PD. 2. “Muñozledo” es, modestia aparte, un adjetivo de mi invención. Un neologismo, hasta que alguien me demuestre lo contrario. Una suerte de contrahomenaje a Porfirio Muñoz Ledo, quien de priista irredento (hasta su partido presidió), allá por 1987 se volvió opositor, sin afiliarse a alguno de los, hasta poco antes, “partidos satélite” que se aglutinaron en el Frente Democrático Nacional con miras a los comicios de 1988. Un año después, en 1989, se incorporó al naciente PRD, que también lo tuvo de presidente. Diez años más tarde, en 1999, aceptó algo que siempre había buscado: una candidatura a la Presidencia de la República… postulado por el PARM. Poco tardó en pelearse con la dirigencia de dicho instituto, que acabó retirándole la postulación, luego entonces, raudo, se sumó a Vicente Fox, no así al PAN, en 2000. Ya en 2006, apoyó a su viejo cófrade tabasqueño, Andrés Manuel López Obrador. ¿Por último?, entre 2009 y 2012, fue diputado federal por el Partido del Trabajo.

PD. 3. Me voy a tomar una última licencia, aprovechando que aquí se han tocado temas electorales. En una entrada previa apunté: “[…] lo irrebatiblemente cierto, es que el Partido del Trabajo ya está en la olla”. No hubo error de mi parte. Sucedió que quien tuvo el poder de encender el fuego, el Tribunal Electoral, finalmente salvó al que seguirá medrando en los recursos públicos destinados a los partidos. ¿Cómo? ¿Por qué? De acuerdo a los magistrados, en la legislación electoral hay una laguna, pues, para determinar si un partido conserva o no su registro, sólo se toma en cuenta la votación obtenida en elecciones ordinarias. Pero (cosa rara) se anularon las votaciones federales en un distrito de Aguascalientes, debiéndose convocar a unas extraordinarias. Éstas, según el criterio judicial, asimismo deben contar en la ponderación del registro. ¿Verdad que las palabras importan mucho y el prefijo extra, en el caso que nos atañe, marcó la diferencia entre vivir y morir?

Y para la siguiente entrada: ¿qué cosas han sucedido con el apagón?

1www.eluniversal.com.mx/entrada-de-opinion/articulo/ciro-gomez-leyva/nacion/2016/01/19/en-donde-esta-el-guapo-que-le-gane-al (consulta: 25 de enero de 2016).

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