(Mi paréntesis electoral se cierra)

En México abundan las pruebas y los testimonios de la enorme zanja entre gobernantes y gobernados. No hacen falta grandes investigaciones empíricas ni ampulosas reflexiones teóricas para (de) mostrar la separación. La fórmula “(de) mostrar” encaja con las “grandes investigaciones”, pero si los paréntesis quedan suprimidos hay mayor cercanía con la idea básica.

     Nuestra realidad nacional, sin embargo, no está completamente contenida en el nauseabundo mar de corruptelas, omisiones en los servicios públicos, represión policiaca y leyes abocadas a perpetuar los privilegios de sus creadores (como las del “Sistema Nacional Anticorrupción”, más algunas propuestas en Veracruz y Quintana Roo, cuyos gobernadores salientes no miran lejos el cadalso).

     Así sea como un chorrito grandote y a veces chiquito, hay al menos un episodio en donde, quienes gobiernan, imploran la colaboración de sus gobernados.

    Vale advertir a tiempo que no me refiero a un episodio especial, sino a varios englobados en cierta noción genérica: las elecciones. Cada vez que ocurren, según el armazón institucional mexicano, lo político y lo social estrechan sus manos.

     Los comicios permanecen bajo la égida del Estado, con la operación a cargo del Instituto Nacional Electoral. Éste entronca bien con la élite política, incluso detenta su propio Olimpo tlalpeño, que pronto engrandecerá mi chacota gracias a dos nuevas torres, tan criticables como necesarias: difícil negar las instalaciones que el instituto quiere, cuando a él mismo lo han engordado con ímpetu, imponiéndole funciones con cada reforma electoral. Primero debía urdir únicamente las elecciones federales; luego quedó a cargo del financiamiento público para los partidos, a quienes no siempre fiscaliza con la misma vara; tiempo después se sacó al tigre en la rifa, debiendo colisionar con los concesionarios de radio y televisión, obligados a ceder tiempo al aire a fin de transmitir propaganda (asimismo supervisada por el instituto, al igual que el comportamiento de los concesionarios y los empleados de ellos); por ¿último?, a partir de 2015 orquesta votaciones en estados y municipios, absorbiendo competencias de los institutos locales, esos entes desaparecidos sin caer de la órbita estatal, formando entre todos un apéndice del acrónimo INE. Su engorda no puedo imputársela a nadie más que a los institutos políticos, es decir, al origen, medio y destino de casi todo cuanto se trama en la intersección de Periférico y Viaducto.

     En el pináculo yace el Consejo General, con asientos siempre reservados para los partidos, quienes gozan de doble presencia. Junto a sus representantes per se hay otros personajes partidistas en toda regla: me refiero a los enviados del Poder Legislativo. Resulta difícil opinar distinto de consejeras y consejeros, pues siempre tienen detrás a tricolores, blanquiazules, verdes, morenos; así pasa desde la postulación de personajes interesados en pertenecer al Consejo, pasando por su ratificación o no, llegando incluso a castigar veladamente las iniciativas desviadas de aquellos colores matrices. Aquí es útil recordar el espionaje telefónico al consejero presidente, Lorenzo Córdova, en 2015, justo cuando se formaba un clima algo más adverso al Partido Verde y sus reiteradas villanías (casi todas impunes).

     Con tan colorida mescolanza de siglas –PRI, PAN, PRD, PT– le queda poco espacio a “la condición ciudadana”. Muy a pesar, ojo, de la inexcusada gordura del INE. Condición entendida, en lo mínimo, como aquella opuesta o siquiera distinta de “la condición partidaria” (voy a denunciar un error bastante repetido, porque “partidario” es aquel que toma partido por tal o cual causa, pero si la causa radica en un partido político, entonces aparece el léxico profesional con su adjetivo “partidista”; por analogía diferenciamos al “golpista”, quien participa en un golpe de Estado, del “golpeador” de cualquier cosa).

     Obeso o enjuto, el instituto no existiría sin el concurso de obreros, oficinistas, desocupados, estudiantes, amas de casa, vendedores, trabajadores por cuenta propia, enfermeras, profesores, etcétera. El INE cuesta una millonada aunque lo esencial de la democracia, es decir, el trabajo en las casillas, lo efectúe un ejército de voluntarios y voluntarias. Sin lugares donde votar no hay elecciones, y sin elecciones la democracia desaparece.

     Me inclino por el aspecto volitivo en contraste con la condición ciudadana. En realidad nadie acepta laborar en una casilla sólo por ser “ciudadano”, sino, antes que cualquier otra consideración, porque quiere y puede. Córdova, Favela, Baños, San Martín, Murayama et al. suelen apelar a la ciudadanía, usándola como su principal y común carta de presentación, aunque cobren muchísimo por sus servicios.

     Desde la entrada “Otros ‘huesos’ que también unen”, y hasta mediados de año, me dediqué, junto a muchos colegas esparcidos por la Ciudad de México, a empujar lo social para ayuntarlo con el Estado. El objetivo consistía en elegir a 60 de 100 integrantes de la Asamblea Constituyente: un engendro harto censurable. No deja de ser curioso cómo el INE requiere pagarle a un ejército de chalecos rosados con tal de visitar domicilio tras domicilio, en una suerte de apostolado laico, recordándole a la gente que también ella “goza” de ciudadanía y debe participar en las casillas. Pero el deber se diluye y nada más permanece la voluntad.

     Continuaré mi digresión sobre política y sociedad en algún espacio más proclive a esos temas. Mientras tanto, aprovecho esta vuelta al blog para sumergirme en el océano del lenguaje, sacando después las perlas propias del ámbito electoral; tantas que tras la zambullida apenas puedo mostrar algunas:

          o La elíptica. En el habla popular habitan expresiones como “ve a casa” y “fulano está en prisión”, ya tan arraigas que nadie respinga por la elipsis de los artículos. No pasaría igual si alguien dijese “voy a escuela” o “compro en mercado”. Por cuanto a las autoridades electorales respecta, han desarrollado sus propias expresiones elididas, que impactan en la esencia del trabajo a ras de calle para reclutar funcionarios de casilla. Una labor de campo y así la acepto, como prolongación de aquellos tiempos cuando aprendíamos en las aulas y fuera de ellas también. La teoría encaminada hacia la práctica. Nada más que la “practicidad” del INE reproduce indicaciones (“sal a campo”) o presunciones (“a lo mejor zutano anda en campo”) ajenas a casi cualquier charla no comicial.

        o La “referenciadora”. Una carta-notificación la expide el instituto para que el chaleco rosado (o capacitador-asistente electoral, sin metonimia), la lleve con la persona salida de un sorteo, “incitándola” a desempeñarse en la jornada electoral. No hay pocas cartas, empero, cuyos destinatarios viven fuera del área asignada al “mensajero capacitador” (denominación alterna, ideada por mí, evitando abusar de los guiones). Luego del gazapo la carta debe retornar a la junta distrital originaria, marcando aquélla como “mal referenciada”. Si el primero no va más allá de lo personal, un segundo gazapo infecta las mentes y las bocas de quienes integran el instituto, apestando las distritales con una expresión a tan más errada como repetida, e hija de los estiramientos analizados en una entrada anterior. Durante un debate pude probar el error, inquiriendo a mi contraparte: “a ver, ¿tú cómo dices: ‘yo me refiero’ o ‘yo me referencio’?” En la misma sintonía escucha uno que tal o cual documento está “mal llenado”. Alguna justificación comparten el aserto y su acción previa, considerando los muchos formularios que los enchalecados deben procesar. Un lenguaje aliñado, libre de burocratismo, puede optar por “mal rellenado” o, mejor aún, “mal escrito”.

        o La eufemística. Tan pronto caducó mi compromiso con el INE troqué un deslavado chaleco por la camiseta morada del Instituto Electoral del (todavía) Distrito Federal. Ahora nos corresponde renovar tanto los comités ciudadanos como los consejos de los pueblos, acción trienal empalmada, en 2015, con la Consulta sobre el Presupuesto Participativo, efectuada una vez al año. Comités, consejos y consulta: tres expresiones democráticas que, por ahora, no voy a diseccionar. Sí llaman poderosamente la atención, en cambio, los eufemismos aplicados por el instituto electoral capitalino a fin de nombrar algunas situaciones electorales: no organiza elecciones sino “ejercicios de participación ciudadana”, para los cuales evita las casillas y mejor instala “mesas” donde recibir, en vez de votos, “opiniones”, dejando aquéllas al cuidado de “responsables” en vez de funcionarios. Ignoro las causas de semejante vocabulario. Aventuro una explicación chata. Pues bien, el bando morado quiere desmarcarse de la autoridad electoral nacional. Me consta la falta de camaradería en sus relaciones. Dentro de una junta distrital uno rara vez oye comentarios positivos sobre lo acontecido en su equivalente capitalino, una dirección distrital. Y viceversa. Luego de 15 años armando todas las votaciones de cargos locales –jefe de gobierno, delegado y diputado– en 2015 volvióse “necesario” dejar muchas atribuciones en manos del INE, respondiendo a la reforma electoral del año previo.

     Sólo me resta avisar algo. Durante los siguientes días, en el IEDF voy a estar cobrando y en el blog machacando.

      PD. Celebro el rescate de una palabra merced a las instituciones electorales. Ellas no piden permisos antes de instalar casillas, sino las anuencias de quienes detentan predios particulares, o dirigen escuelas, etcétera. Aquel vocablo parecía extinto hasta que la democracia lo salvó. Ya forma parte de un léxico profesional. Lástima que en el runrún cotidiano resulte casi imposible escuchar a alguien “pedir anuencia para ir al baño”.

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