Pareidolia

No es posible saber cuándo fue la primera vez que el ser humano miró el firmamento y recreó en éste las cosas del mundo. Me refiero al instante preciso. No es posible. Trato de imaginar a un hombre invadido por la curiosa sensación de adivinar un pez o un toro delineado por las estrellas y lo pienso alucinado por su visión. Tal instante le habría mostrado el camino de la alusión y de la fantasía, bondadosos nutrientes de los mitos fundacionales de muchas civilizaciones. Dicho momento fue como el punto medio por donde la arena de un reloj pasa de un sitio a otro, de una “realidad literal” a otra “heterodoxa”. A partir de entonces, partícipes o no de credo alguno, hemos vivido bajo un cielo lleno de reflejos pareidólicos. Pareidolia es la palabra que describe la facultad de superponer una imagen abstracta sobre lo constatable, como el conejo en la Luna, la mueca del diablo en las llamas del WTC o el rostro de Cristo en un pedazo de pan. Pareidolia es también el nombre de esta columna, dedicada a ensayar las ideas emanadas del ejercicio de la imaginación. En medio de mi reloj de arena personal pondré un libro —entendiendo que éste es objeto y soporte de temas varios a la vez—, de tal modo, mi visión del mundo tendrá por filtro “el mundo del libro”, donde habita el librero, el cajista, el corrector, el diseñador, el artista, el lector, el poeta, el literato, el tipógrafo, el ilustrador, el crítico, etc.

      De hoy en adelante, las líneas de esta columna se perderán con alevosía en los pensamientos desdeñados por la formalidad, y será la disensión a este respecto el alimento que nutra su expresión. A veces, mirar siempre de frente atrofia nuestra capacidad de distinguir los detalles que componen el entorno y nos hace pasar por alto las pequeñas historias que se narran detrás de nosotros. Cada objeto es muchos objetos, cada imagen es muchas más y cada palabra es un mar de significados. Lo que tenemos que hacer es meter todo esto en una máquina de imaginar, jalar la palanca y esperar las combinaciones resultantes para encontrar nuevas líneas de pensamiento. Cada campo de conocimiento puede pasar por el filtro del mencionado ejercicio y contribuir a su desarrollo, porque lo lúdico no es exclusividad de los párvulos, creerlo —entre otras cosas— aleja al hombre del poeta y lo condena a la oscuridad del ostracismo.

      Exploremos pues las posibilidades de lo imaginativo, de la pareidolia y “el mundo del libro” para entablar un diálogo que nos conduzca a ser más atentos y más conscientes de lo que somos y del lugar que habitamos; busquemos experimentar lo que habría sentido el primer hombre que colgó en el cielo la mirada y sentó las bases para que Federico García Lorca —como me lo hizo ver el amigo Irvin Payán— pudiera ver la Luna en un pandero, en su poema “Preciosa y el aire”, dedicado a Dámaso Alonso. Bienvenido sea todo aquel que desee acercarse a este caleidoscopio libresco, cuyas aristas apuntan a la infinitud del firmamento.