Errāta

La virgulilla de la ñ es su satélite natural. Si éste quisiera colocarse en un costado o debajo del grafema correspondiente, un vació de sentido invadiría al intérprete. Podemos leer nino en lugar de niño si no hay virgulilla. Y ¿qué o quién es nino? Leemos una n invasora, pero la ñ sabe que no es n, que no es nada sin su complemento. Aun cuando la ñ entera decidiera dar un paseo por el texto, andar entre párrafos o saltar a otra página para probar suerte con otras palabras, nunca podría usurpar un sitio que no le corresponde, se volvería una errata. Una errata doble, ausente en a_oranza e inoportuna en papaloñte, digamos. Cualquier letra que intente transgredir el orden de la plana está destinada al abandono y a sufrir el desprecio del editor. Donde sea que se encuentre habrá de ser excluida, porque su atrevimiento echa a perder la palabra entera, es como una manzana podrida.

      “Titivillus in culpa est”, aseguraban los escribas de la Edad Media. Titivillus era un pequeño diablo que introducía errores en los textos. Los escribas y la Edad Media quedaron atrás y Titivillus sobrevivió a Gutenberg para invadir los procesadores de texto. Yo no creo que la errata sea cosa del demonio, mas parece que su triste suerte está echada. Hay que pensar su extraña existencia. Pocas cosas hay en la vida que son y de nada sirven. Cuántas habrá escondidas en los libros, refugiadas del Santo Oficio corrector. La errata no es un simple manchón de tinta: tiene estilo tipográfico, mira de cerca los trazos del poeta y conoce las intimidades de una trama. Quién como ella que convive con la creación del artista. Sin embargo, muda como es, nunca contendrá en su silueta la inspiración de las musas. Pobre de las erratas amparadas en el olvido. No serán nunca palabra ni verso ni rima.