“Fin del mundo del fin”, por un lado y por otro

En la páginas 71, 72 y 73 de mi edición de Historias de cronopios y de famas —Alfaguara, 1997. (Literaturas, 115)— puede leerse un texto llamado “Fin del mundo del fin”; hago la precisión por si alguno de ustedes, confiando en lo que digo, decidiera abrir un ejemplar cualquiera de la obra escrita por Julio Cortázar y fuera directamente a la página referida. Mi recomendación al respecto es acudir al índice del ejemplar que llegue a sus manos y creer en él. Aún así, cabe la posibilidad de encontrarse con alguna sorpresa, producto de un error de impresión. Ahora bien, dicho texto encierra en sus líneas una profecía: “Como los escribas continuarán, los pocos lectores que en el mundo había van a cambiar de oficio y se pondrán también de escribas”. Nótese que dice “había” y no “hay”, lo cual nos ubica en un tiempo de transición entre lo que fue y lo que será: los que eran lectores, serán escribas. Un poco más adelante —y a partir de entonces— se le advierte al lector que “ya estamos en la cosa”. La “cosa” es la relación de sucesos ocurridos mientras el mundo se llena de escribas y de sus textos. Lo interesante en este punto es el efecto de simultaneidad creado con el sólo uso del presente de indicativo. Así, lo que debió suceder por mucho tiempo nos es revelado en visión panorámica. “Los escribas trabajan sin tregua porque la humanidad respeta las vocaciones”, refiere el narrador; los escribas laboran de día y por las noches las imprentas entintan cantidades inimaginables de papel. Pronto las bibliotecas y librerías desbordan, por lo que es necesario sacrificar teatros, cantinas y hospitales para dar cabida a los libros; los pobres se hacen casas de libros y las carreteras se ven atestadas de ellos hasta que los presidentes de las repúblicas deciden arrojar al mar los excedentes. La “cosa” no para ahí, pues llega el día en el que mar y tierra son una misma capa de papel y una nueva geografía se impone en la Tierra. Los mandatarios de las naciones, fieles a la buena vida, se mudan a vivir dentro de barcos varados; hay barcos casino y barcos isla. Son los escribas quienes, al ser tantos, agotan los recursos necesarios para su actividad: no hay papel ni tinta; sin embargo escriben entre líneas para llenar los espacios libres o borran con navajas lo existente.

    Historias de cronopios y de famas se publicó en 1962, muchos años antes de la aparición del libro electrónico y de los dispositivos de almacenamiento de datos, por lo que, si ya parecía irrealizable el asunto tratado en “Fin del mundo del fin”, ahora es una total utopía. Imagino difícil la existencia de un texto similar nacido en estos días. Sé que la literatura permite muchas cosas; pero, mal que nos pese, el contexto influye. ¿Plantearía lo mismo Cortázar en nuestros días? Quizá, sólo quizá, se daría cuenta de que la tecnología le quitó el tapón al mar de su mundo para drenarlo y volverlo minimalista. Hoy los textos se digitalizan y se guardan en diminutos objetos que entusiasman —como antes entusiasmados se sintieron los escribas— a más de uno. La tendencia no es ya la de abandonar o cambiar los oficios por el de escriba, sino guardar todo en un aparatito. Pronto —exagerando como Julio— se podrán guardar objetos en una memoria; no serán necesarias las bibliotecas, las librerías ni los libreros y la gente gozará de hogares espaciosos; tal vez se pueda guardar la cocina entera o toda una habitación en una tarjetita, así la concepción del espacio arquitectónico vivirá una nueva etapa; llevaremos el auto cargado de chucherías para vacacionar en el teléfono. El problema será cuando la nostalgia invada a la gente y quiera estar cerca de sus preciados objetos, entonces probablemente busquen la manera de guardarse a sí mismos en algún dispositivo. Las calles y los parques carecerán de gente, luego todas las ciudades, los países y el mundo entero, hasta que un mal día el dispositivo se atrofie o alguien lo borre, será el auténtico fin de la existencia humana.

    A decir verdad, la lectura que hago también está influida por mi tiempo —y mi imaginación, por supuesto—. Habrá otras lecturas que ahora no soy capaz ni de intuir; mas pienso seriamente en que ni el mundo se llenará de escribas y libros, ni éstos dejaran de existir. De ocurrir, probablemente no lo veré. Lo único constatable de la profecía cortazariana es el tiempo transitorio en el que todo ocurre. Antes que presente, me siento en un tiempo que no logra cuajar, en el que leo un libro impreso y formulo hipótesis que van a dar al formato digital. Soy un escriba que guarda su trabajo en una memoria USB de 32gb.

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