William Shakespeare, Peter Greenaway y la magia de los libros de Próspero

Por Gamaliel Valentín González

Las voces de los espíritus, repetidas en desorden, responden a su amo, a Próspero. Doce años atrás, él y su hija Miranda naufragaron en la isla de la bruja Sycorax, madre de la bestia Calibán. Antonio, hermano de Próspero, urdió todo para quedarse con el ducado de Milán. Ahora, la ocasión de corresponder a dicho suceso se presenta. Con los conocimientos mágicos que le confieren sus veinticuatro libros, el dueño de las ánimas conjura una tempestad, afectando no sólo a su rival, sino al rey de Nápoles también. Es este el lugar de la historia donde comienza The Tempest (La tempestad), de William Shakespeare, presentada por vez primera en 1611. En el mismo punto inicia Prospero’s Books (Los libros de Próspero), la adaptación fílmica realizada en 1991 por Peter Greenaway.

    La propuesta del cineasta galés se separa de la manera “convencional” de hacer cine, adhiriéndose a la representación teatral; no obstante, aprovecha las ventajas del video para poder transmitir una interpretación bien lograda. Durante los primeros diez minutos del filme, decenas de artistas invaden la pantalla con sus plásticos movimientos. No hay gesto que no vaya más allá de la mera representación. Instrumentos alquímicos, enormes libros y espíritus, muchos espíritus, aparecen ante nosotros dominados por la magia. Pareciera tratarse de la grabación de una obra teatral; pero pronto las imágenes y sonidos dotan de sentido la obra de Greenaway. El efecto final, no podría darse si la película estuviera planteada de otra manera. Así, al tiempo que transcurre la historia, van apareciendo las cualidades de cada uno de los libros que Próspero atesora. En ellos podemos identificar ilustraciones auténticas, extraídas de los trabajos de autores como el grabador Teodoro de Bry o el padre jesuita Athanasius Kircher.

     Muchas son las líneas interpretativas posibles para La tempestad. Una de ellas se relaciona con la importancia ritual de los libros; así como con el vínculo entre lo “humanamente posible” y lo que no lo es: la disputa entre lo tangible y lo sobrenatural. El poder adquirido por Próspero a través de sus libros parece volverlo capaz de conducir el destino de todos; sin embargo, las pasiones humanas también lo invaden, y por ello busca resarcir la traición de su hermano. La magia no pudo evitar que le arrebataran su ducado ni que lo echaran al mar con su hija; de hecho, el mago acepta que por permanecer absorto en su arte, desatendió sus deberes de duque. Aun así, en la isla podrá poner las cosas en orden, ayudado por Ariel, el espíritu del aire.

      Desde el inicio los libros aparecen como elementos centrales, como puntos en los que la trama descansa y comienza de nuevo al ser conjurados. La tempestad en la cual se encuentran los enemigos del antiguo duque es provocada por Ariel. Mientras eso sucede, un libro es salpicado con agua, como si el texto fuera el escenario figurado de la tormenta. Acción semejante a los rituales del vudú, donde se ocasiona mal a alguien por medio de un objeto alusivo a éste. Luego viene un libro de espejos, uno de anatomía, otro de arquitectura, etc. Cada uno encierra la manera de alterar las percepciones de los nuevos náufragos según las disposiciones de Próspero. El agua importa mucho en la adaptación, porque es en una alberca donde navega el modelo a escala de un barco sobre el cual Ariel se mea. La suerte de la embarcación artificial se proyecta en la de los navegantes. Entonces volvemos al acto mágico, al vudú. Aunque poco claro en este contexto, el simbolismo del agua remite a tantos mitos fundacionales donde es el principio de la vida y tiene una virtud purificadora.

prosperos

     La traición de Antonio pone toda esta magia al servicio de la necesidad de justicia. No obstante hay otros intentos de traición en la historia: cuando Gonzalo y Sebastián, náufragos también, piensan asesinar al rey napolitano, o cuando Calibán promueve que éstos maten a Próspero. En ambos episodios, Ariel aparece como la consciencia que impide su consumación. Así pues, los deseos humanos escapan a la magia. El otrora duque puede crear situaciones propicias para que sus deseos se cumplan, pero no decide totalmente sobre el destino de los demás. Digamos que se “acarrea” las circunstancias, no así las voluntades. Otro ejemplo claro sobre lo mencionado es la unión entre Miranda y Fernando, hijo del monarca de Nápoles. Aunque Próspero emplea su arte para que se conozcan, no depende de él que se enamoren o no. De cualquier manera, la unión ayuda en la empresa del mago y le permite establecer un lazo con el reino napolitano. Dicha unión se celebra con una mascarada, pretexto idóneo para que todos los espíritus interpreten una ficción espectacular. Ante los ojos de los náufragos se presenta la magia como realidad; pero todo ello está motivado por un deseo humano de enmendar los agravios de Próspero.

    Con el ducado recuperado, Próspero deja a decisión de la audiencia su regreso a la tierra peninsular. Sale de la historia que ha armado. Esto, en el texto de Shakespeare, se introduce como epílogo. Se quita el atuendo de mago, queda desnudo de su arte, decide arrojar al agua sus libros, los devuelve al origen. Uno a uno, desaparecen entre gritos de lamento. Hay dos libros que permanecen al último. Uno contiene casi todas las comedias de Shakespeare, y aún guarda espacio para una más; el otro es La tempestad, la que Próspero y su magia urdieron hasta ese momento, su final es el final del libro y del filme. De tal modo se desvanece el acto mágico-teatral y la normalidad regresa. Lo sobrenatural cede ante lo humano tangible. El telón baja y la pantalla se ennegrece.

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