Cuando la vida imita a la literatura

Hace pocos días llegó a mis manos el libro Una historia: dos relatos (Galaxia Gutenberg, 2005), el cual contiene un texto del húngaro Imre Kertész (Budapest, 1929), ganador del premio Nobel de Literatura 2002, y otro de su paisano Péter Esterházy (Budapest, 1950). El sentido de leerlos de manera conjunta —de publicarlos en un único volumen, de hecho— se halla dentro y fuera de sus páginas. Digamos, es una historia que va a dar al papel, luego se instala en la memoria de un hombre que escribe, éste la rememora tiempo después y la devuelve, aunándole su experiencia, a la escritura. El resultado es producto del efecto que la literatura es capaz de ejercer en la vida cotidiana.

     Todo comienza cuando « un hermoso día de abril de mil novecientos… » Kertész decide pasar algún tiempo en Viena para, entre otras cosas, resolver la posibilidad de que el Instituto de Ciencias Antropológicas de dicha ciudad lo apoyara con una beca para traducir a Wittgenstein. Instalado en el tren que lo llevaría a su destino, un trabajador de la aduana húngara le pide su pasaporte, lo revisa y se lo devuelve, no sin antes preguntarle en voz baja por la cantidad de dinero que lleva. Mil chelines, contesta el escritor. « Mucho, mucho, mucho », dice con sorpresa el inspector, quien explica que la suma rebasa el límite de lo permitido, por lo que solicita le sea mostrada. Kertész hurga en sus bolsillos y extrae de éstos cuatro mil chelines y setecientos florines. Justo allí, la bola de nieve comienza a engordar, pues el dinero es decomisado con el argumento de que era necesario un permiso de exportación para llevarlo fuera de Austria. El resto del relato es una mezcla del absurdo de Beckett y el sin sentido kafkiano, incluso, al Nobel le viene a la cabeza El proceso; una cita particularmente: « La sentencia no viene de golpe sino que el procedimiento se convierte paulatinamente en sentencia ».

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     Años más tarde, Péter Esterházy es invitado a Viena por su editor en Austria. Lo que sería un viaje común y corriente, amenizado con una lectura del estadounidense Bernard Malamud, toma otro matiz cuando un inspector de la aduana húngara le pide el pasaporte, lo revisa y se lo devuelve, no sin antes preguntarle en voz baja por la cantidad de dinero que lleva. Un déjà vu —o quizá deba escribir « déjà lu » — ocurre entonces. Mientras el inspector le advertía sobre el reglamento de divisas y las cantidades máximas y mínimas permitidas, Péter recordaba Expediente, el relato de Kertész. A diferencia de éste último, Esterházy no vive una experiencia kafkiana, pero sí reconoce las arbitrariedades cometidas durante años contra tanta gente en situaciones similares y peores. Cuestiona la libertad del hombre dentro y fuera de sus países de origen. Intercalando en su relato algunos pasajes íntegros de Expediente, muestra como a veces la vida imita a la literatura. « He aquí que la vida imita el arte, pero sólo el arte que imita la vida, o sea, la ley. No existe el azar, todo ocurre por mí y a través de mí, y cuando recorra todo mi camino habré comprendido, por fin, mi vida », asegura el húngaro.

     Vistos de manera aislada, cada testimonio funciona de manera distinta. Expediente no requiere nada más para estar completo; sin embargo Vida y literatura, texto de Esterházy, nace del recuerdo del primero, adopta una estructura parecida y se presenta nuevo cuando — en contexto similar; pero en otro tiempo— plantea la posibilidad de diluir el límite entre las situaciones vividas y las leídas. Vida y literatura no podría leerse adecuadamente sin su complemento, pues sus motivos se perderían sin él. Una historia: dos relatos hace sentido como unidad más allá de los cánones narrativos, porque nunca Kertész ni Esterházy buscaron hacer un libro a dos manos. El palimpsesto lo propusieron las circunstancias, Kertész construyó una historia y luego la vida de Esterházy quiso imitar a la literatura.

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