No te vayas por las ramas si está tan grueso el tronco

En una columna publicada en esta página hace poco, mi querido amigo Chema reaccionó a una crítica que hice sobre #YoNoViolentoPero, un campaña en contra de la violencia verbal que hicieron algunos estudiantes del Colmex. José María denuncia la esterilidad de las discusiones que se concentra en cuestiones de forma y olvidan las de fondo, que evitan los “hechos sustantivos” o demeritan ciertas opiniones sólo por expresarse de formas poco convencionales. Tiene toda la razón. Explica que la fijación por la forma en la que se lleva a cabo la discusión —la meta discusión, le llama— sirve normalmente para evitar cuestiones de fondo. Acepta de paso que la diferencia entre forma y fondo, entre la representación y lo representado, no siempre es clara ni fácil de distinguir. Y yo suscribo todo lo que dice. Sin embargo, para moderar un poco su argumentación vale la pena reconocer que la forma es fondo sobre todo cuando la resolución de un problema depende de la forma en que se discute. Si los académicos y los intelectuales se enfrascan en discusiones de forma es porque su papel consiste precisamente en encuadrar los términos en que ocurre la discusión. No es menor, pues las soluciones de problemas públicos depende en buena parte de los términos que se utilizan para definirlos.

     Dejando de lado esa pequeña discrepancia, resulta difícil encontrar diferencias entre Chema y yo, porque lo que él critica (la fijación por el lenguaje, la discusión sobre la forma en la que discutimos, la evasión de temas sustantivos) es de la campaña y es algo que a mí también me parece estéril. José María dice que en El Colegio de México —entre profesores, entre alumnos, en publicaciones y comentarios— los debates se centran frecuentemente sobre cómo se discuten los hechos y no sobre los hechos mismos. Una campaña de los estudiantes de esa universidad circunscrita a sus muros no es la excepción. #YoNoViolentoPero intentó corregir el uso del lenguaje, se concentró sobre todo en sancionar lo que la gente “dice”, “critica”, “cree”, “entiende”, si desprecia o no el lenguaje inclusivo o si un piropo le parece o no inocente. La campaña no se concentraba en hechos sustantivos, sino en “la manera como se discuten los hechos,” incluso, insisto, en cómo se piensa sobre ellos.

     Las cuestiones de fondo no se alcanzaron a leer en las hojas tamaño carta que se pegaron por todos lados en el Colmex. #YoNoViolentoPero fue una campaña sobre violencia verbal contra hombres y mujeres. La discusión que pudo haber suscitado está limitada al uso del lenguaje. Sus temas no fueron aquellos importantísimos que describe Chema como espacios de representación política, la escasa presencia de mujeres en El Colegio, ni la la homofobia rampante. Entre los carteles que se concentran en verbalizaciones cotidianas y las cuestiones estructurales de fondo hay un largo tren de pensamiento, que no es evidente, ni fácil de recorrer. Si queremos hablar de ciertos temas, hablemos de ellos y no de sus variaciones tangenciales.

     Chema critica la obsesión por símbolos, imágenes y palabras. Es una estrategia extraña para defender una campaña sobre violencia verbal. Resulta más extraño todavía criticar la discusión sobre el lenguaje y después invitar a la reflexión introspectiva “sobre si nuestros temas de discusión son tolerantes y si nuestra conversación está libre de violencia.” Con esa propuesta sí difiero. Siempre y cuando se discuta con la intención de tener un diálogo significativo y no de insultar llanamente, no creo que las discusiones en la universidad tengan que cuidarse de herir sensibilidades. Los violentos deberían ser los interlocutores privilegiados de los pacifistas, los machistas y misóginos de los feministas, los racistas de quienes defienden la igualdad racial. Frente a las discusiones más relevantes algunas sensibilidades saldrán heridas, es parte de la confrontación que conllevan muchas veces las discusiones apasionadas que deberían promoverse en espacios universitarios. Las discusiones entre las personas más disímiles son las más fructíferas. Si de entrada llamamos violentos a nuestros interlocutores, si los tratamos de excluir de las discusiones y descartamos de antemano sus argumentos, impedimos el diálogo verdadero entre puntos de vista fundamentalmente diferentes. No deberíamos evitar temas de discusion intolerantes, ni conversaciones violentas, deberíamos promoverlos en situaciones de diálogo franco.

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¿Qué se sintió vivir junto al Papa?

     Raymundo Riva Palacio dice que las élites secuestraron al Papa. Yo siento, más bien, que el Papa me secuestró a mí. Es que por una semana, él y yo fuimos vecinos, compartimos el mismo código postal y el mismo aparato de seguridad que le impedía a la gente entrar a su casa, me impedía salir de la mía.

     Como vecinos, Francisco y yo tuvimos un trato cordial. Desde el primer día que llegó, pasó a saludar muy amable desde su Jeep de capota transparente. Ya después, yo creo que se dio cuenta que los vecinos nos le quedábamos viendo y hasta le sacábamos fotos a su coche y se consiguió un Cinquecento blanco más prudente. Hasta que se fue — ya qué le importaba el qué dirán— volvió a sacar su Jeep. Eso sí, nunca dejó de saludar y no es para nada creído aunque siempre salga con escolta, chofer y se vista con un conjunto blanco muy mono que seguro es de diseñador.

     Yo no soy de los vecinos metiches que quieren saber todo de los recién llegados y hasta se van a presentar. Yo más bien les doy su espacio y ya después los intento frecuentar en el trato cotidiano. Con Francisco no pude porque siempre iba y venía como con prisa, se veía que tenía los horarios bien dictados, fue muy estricto con ellos y, lo que sea de cada quien, es un hombre de puntualidad europea.

     Aunque yo no sea metiche, me fue imposible no notar a Francisco. Él podrá decir misa, pero eso de la discreción no se le da tan bien. Dejen ustedes los espectaculares, los carteles en el Metrobús y toda la parafernalia pontificia. Desde antes que llegara Francisco, remodelaron su casa, cortaron las enredaderas todas secas que le había dejado Benedicto, el inquilino anterior, y pusieron unas de plástico nada feas. Pulieron las paredes, improvisaron un escenario con todo y lounge frente a su casa, hicieron figuritas en el camellón con aserrín pintado y hasta podaron los árboles de Insurgentes que ya tapaban los semáforos.

     Hasta ahí todo bien. Lo malo empezó el jueves antes de que llegara Francisco. Saliendo de mi casa me encuentro a un hombre uniformado y con arma automática que no me quería dejar cruzar Insurgentes para ir al gimnasio. Que me diera toda la vuelta. Así, con armas de por medio, ni cómo discutir, ordenes son ordenes, sobre todo cuando vienen de hasta arriba. Al día siguiente no se podía cruzar Insurgentes por Francia ni por Barranca, que hiciera el favor de irme hasta Vito Alessio Robles. Ni modo, lo que hace uno por la comodidad del vecino. La estación de Metrobús de Francia, también cerrada. ¿Así cómo va a ver Francisco los carteles que Mancera le mandó a poner en la estación para darle la bienvenida?, pregunté para mis adentros. Esa situación duró toda la semana.

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#YoNoViolentoPero disiento

Hace muchas semanas, estudiantes del Colegio, sobre todo del Doctorado en Ciencias Sociales y de la Maestría en Estudios de Género, organizaron una campaña para que nos diéramos cuenta de qué tan violentos somos, de cómo la violencia estructural se manifiesta en los gestos más anodinos, en los imponderables de la vida diaria. O sea que pegaron hojas tamaño carta en todos lados diciendo qué cosas les parecen violentas.

     Tomando en cuenta las acciones que listaron, yo resulto poco violento: no pido que las mujeres no estén al volante, no desprecio el lenguaje inclusivo, no critico a las mujeres que se casan y tienen hijos —sobre todo porque si las mujeres no tuvieran hijos yo no estaría aquí— y no creo que las mujeres solo sirven para sacarme el dinero, por el contrario, encantado dejo que quienquiera me invite cosas. Incluso, lo confieso, lloro a veces y por eso no llamo maricones a los otros hombres que, como yo, lloran.

     Me interesa hablar sólo de cuatro carteles con los que difiero —sin ningún afán de violentar a nadie— e hicieron que la campaña me pareciera adversa a la discusión, incluso medio agresiva, por no decir, con el perdón de ustedes, violenta. Porque al final si todo es violento qué no lo es.

     El primero: “#YoNoViolentoPero no entiendo para qué necesitamos los estudios de género.” ¿Puede ser violenta la ignorancia o la duda genuina? ¿En una universidad hemos de reservarnos dudas con el fin de no violentar? ¿Vamos a dejar de lado discusiones importantes para no herir susceptibilidades? Las opiniones diferentes y las dudas no deben descartarse de primera mano por violentas, por el contrario, deberían aceptarse, promoverse y discutirse, particularmente en la universidad. La mejor forma de comenzar una discusión no es llamar violenta a la gente que difiere, ni tratar de censurarlos, valdría la pena tomarse en serio al otro y plantearse genuinamente sus preguntas. Los estudiosos del género más que sentirse violentados cuando la gente no entienda para qué sirven deberían promover esa discusión. Sobre todo porque la incidencia práctica que puedan tener depende de ella.

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Por qué va a perder Trump

A Donald Trump le faltan por entender muchas cosas. Entre ellas que lo mexicano se ha vuelto una parte esencial de la experiencia americana. Cuando 30 millones de personas viviendo en Estados Unidos nacieron en México o tienen padres o abuelos mexicanos, tratar a los mexicanos como fóraneos es una pésima estrategia política, demuestra cortedad de miras o a lo menos la mala leche de decir mentiras. Trump es la última encarnación del discurso nativista en su versión populista que lleva rondando Estados Unidos los últimos dos siglos. No es raro que parte del electorado se entusiasme por la franqueza de Trump, sienta el eco de su propaganda, se empecine —contra toda evidencia— en que los mexicanos son criminales e insista en que por el hecho de cruzar la frontera sin autorización del Estado los migrantes indocumentados son más proclives a seguir cometiendo crímenes.

     Es preocupante que con mayor frecuencia se piense que los immigrantes ilegales son todos mexicanos porque así la ilegalidad se marca como un estigma racial. El nativismo contemporáneo usa una noción legal para marcar una distinción social: el ilegal es foráneo, el crimen viene de afuera. La derrota de Trump probará lo contrario. Como buenos ciudadanos, los mexico-americanos y los latinos que sienten afinidad por ellos salen a votar, incluso en las pre-electorales republicanas.

    Poco a poco los mexicanos en Estados Unidos empiezan a ser considerados americanos. Como alguna vez los italianos, los irlandeses y los judíos de Europa del Este, los mexicanos van perdiendo su carácter de extranjeros. La experiencia migratoria ha sido desde hace mucho una parte constitutivo del nacionalismo estadounidense, que ve su territorio como una tierra de oportunidades, the land of the free and the home of the brave. Antes, para vivir el sueño americano había que soñar en inglés, asimilarse. Ahora eso no es tan claro, conocer una cultura, hablar un idioma o tener ciertos rasgos étnicos representa una gran ventaja para hacer negocios. Basta caminar en Chicago por la 18 o la 26 —apodada la Villita o Little Village—, por Sunset Park o Jackson Heights en Nueva York; por cualquier lado en Brownsville, Laredo, McAllen, la Alta California o el sur rural americano para caer en la cuenta que se ha vuelto dificil evitar lo mexicano en gran parte de Estados Unidos. Más que eso. Los mexicanos llevan tanto tiempo en Estados Unidos que los nietos y los hijos de immigrantes mexicanos tienen formas muy americanas de sentirse mexicanos y recuperar sus raíces. La heritage, le dicen.

    Medeas, una película de Andrea Pallaoro que estuvo hace algunas semanas en cartelera, muestra que lo que en México nos podría parecer enteramente mexicano, incluso motivo de orgullo nacional como la Salsa Valentina, se ha vuelto parte indisoluble de lo americano. Lo importante es que puede ser las dos cosas sin contradicción alguna. La película no se trata de eso y en eso está su importancia. Lo mexicano es parte del contexto, está ahí con toda la naturalidad del nativo y no se siente para nada fuera de lugar. Contradice la idea de que las culturas nacionales son algo cerrado, que los mexicanos se deben de asimilar, que deben escoger entre un país y el otro.

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Descripción del blog

El blog que propongo para Ágora trataría temas culturales de la relación entre México y Estados Unidos, particularmente de la vida diaria de los migrantes indocumentados mexicanos. Me gustaría que el blog me sirviera como apoyo para escribir mi tesis sobre migrantes en Nueva York. Me interesa hablar de los puntos de intersección entre poder estatal (regímenes de ciudadanía, fronteras, vigilancia) y relaciones trasnacionales, aunque también trataría temas de política interior Estadounidense, relaciones exteriores entre México y Estados Unidos; consumo y manifestaciones culturales de los mexicanos en Estados Unidos; y política en México. Quiero usar el blog como una plataforma para tratar con un registro y un formato diferente las ideas que voy teniendo al escribir la tesis pero que no caben ahí. Creo que el formato más efectivo para conseguir esto son las viñetas etnográficas: descripciones breves de momentos durante el trabajo de campo acompañados de reflexiones que hagan referencia a fenómenos más amplios y que tomen ese momento como evidencia de principios más generales.