Por qué va a perder Trump

A Donald Trump le faltan por entender muchas cosas. Entre ellas que lo mexicano se ha vuelto una parte esencial de la experiencia americana. Cuando 30 millones de personas viviendo en Estados Unidos nacieron en México o tienen padres o abuelos mexicanos, tratar a los mexicanos como fóraneos es una pésima estrategia política, demuestra cortedad de miras o a lo menos la mala leche de decir mentiras. Trump es la última encarnación del discurso nativista en su versión populista que lleva rondando Estados Unidos los últimos dos siglos. No es raro que parte del electorado se entusiasme por la franqueza de Trump, sienta el eco de su propaganda, se empecine —contra toda evidencia— en que los mexicanos son criminales e insista en que por el hecho de cruzar la frontera sin autorización del Estado los migrantes indocumentados son más proclives a seguir cometiendo crímenes.

     Es preocupante que con mayor frecuencia se piense que los immigrantes ilegales son todos mexicanos porque así la ilegalidad se marca como un estigma racial. El nativismo contemporáneo usa una noción legal para marcar una distinción social: el ilegal es foráneo, el crimen viene de afuera. La derrota de Trump probará lo contrario. Como buenos ciudadanos, los mexico-americanos y los latinos que sienten afinidad por ellos salen a votar, incluso en las pre-electorales republicanas.

    Poco a poco los mexicanos en Estados Unidos empiezan a ser considerados americanos. Como alguna vez los italianos, los irlandeses y los judíos de Europa del Este, los mexicanos van perdiendo su carácter de extranjeros. La experiencia migratoria ha sido desde hace mucho una parte constitutivo del nacionalismo estadounidense, que ve su territorio como una tierra de oportunidades, the land of the free and the home of the brave. Antes, para vivir el sueño americano había que soñar en inglés, asimilarse. Ahora eso no es tan claro, conocer una cultura, hablar un idioma o tener ciertos rasgos étnicos representa una gran ventaja para hacer negocios. Basta caminar en Chicago por la 18 o la 26 —apodada la Villita o Little Village—, por Sunset Park o Jackson Heights en Nueva York; por cualquier lado en Brownsville, Laredo, McAllen, la Alta California o el sur rural americano para caer en la cuenta que se ha vuelto dificil evitar lo mexicano en gran parte de Estados Unidos. Más que eso. Los mexicanos llevan tanto tiempo en Estados Unidos que los nietos y los hijos de immigrantes mexicanos tienen formas muy americanas de sentirse mexicanos y recuperar sus raíces. La heritage, le dicen.

    Medeas, una película de Andrea Pallaoro que estuvo hace algunas semanas en cartelera, muestra que lo que en México nos podría parecer enteramente mexicano, incluso motivo de orgullo nacional como la Salsa Valentina, se ha vuelto parte indisoluble de lo americano. Lo importante es que puede ser las dos cosas sin contradicción alguna. La película no se trata de eso y en eso está su importancia. Lo mexicano es parte del contexto, está ahí con toda la naturalidad del nativo y no se siente para nada fuera de lugar. Contradice la idea de que las culturas nacionales son algo cerrado, que los mexicanos se deben de asimilar, que deben escoger entre un país y el otro.

     Medeas se trata de una familia blanca, protestante, muy americana, que vive aislada en alguna parte del sur rural estadounidense, nunca dicen dónde aunque la película se filmó en Santa Clarita, California. Al padre le gusta tanto conversar que se casó con una muda. Él tiene un carácter puritano como de founding father, su hijo mayor le quita las botas y se las pule cuando llega de cuidar vacas, ningún hijo lo contradice cuando apaga la tele nueva de transistores y los manda a dormir. La película tiene pocos diálogos desde el comienzo y por eso es sorprendente la manera en que se muestra como todos se van volviendo más solitarios, se van aislando del resto de la familia: la madre hace visitas largas al tipo de la gasolinera, la hija se encierra en su cuarto aprendiendo italiano en su walkman, el hijo mayor pasa el tiempo dibujándose los brazos con pluma y los dos más pequeños se entretienen como pueden.

     En ese retrato de la experiencia rural estadounidense no resulta para nada sorprendente que después de caminar millas a la tienda más cercana los niños pasen frente a la repisa donde está la Salsa Valentina y los chiles enlatados de La Costeña para encontrar lo que los mandaron a buscar; que la hija mayor de la familia se vea a escondidas con su novio mexico-americano que se viste como cowboy o que el padre, ese puritano, americano de sepa, en su momento más desesperado, abandoné a la familia y se vaya a tomar una Corona y a bailar música banda con una fichera americana.

    Como registra Medeas, la precencia de la población mexicana se vuelve cada vez más importante en la experiencia cotidiana en Estados Unidos y sin duda los mexicanos han encontrado formas de hacer valer esa importancia. No sólo importa su voto, que según el estribillo le dio la reelección a Obama, sino también su poder de consumo, un tipo de ciudadanía económica que provocó que Macy’s, Univisón, NBC, ESPN, Náscar —marcas que con grandes sectores en el mercado latino— boicotearan a Trump. Si bien el anfitrión de The Apprentice encabeza las encuestas para las pre-electorales republicanas es evidente que su visión del Estados Unidos contemporáneo tiene limitaciones severas. Es decir, no sólo es malo, sino que está muy equivocado y como es tan terco, seguro va a perder.