#YoNoViolentoPero disiento

Hace muchas semanas, estudiantes del Colegio, sobre todo del Doctorado en Ciencias Sociales y de la Maestría en Estudios de Género, organizaron una campaña para que nos diéramos cuenta de qué tan violentos somos, de cómo la violencia estructural se manifiesta en los gestos más anodinos, en los imponderables de la vida diaria. O sea que pegaron hojas tamaño carta en todos lados diciendo qué cosas les parecen violentas.

     Tomando en cuenta las acciones que listaron, yo resulto poco violento: no pido que las mujeres no estén al volante, no desprecio el lenguaje inclusivo, no critico a las mujeres que se casan y tienen hijos —sobre todo porque si las mujeres no tuvieran hijos yo no estaría aquí— y no creo que las mujeres solo sirven para sacarme el dinero, por el contrario, encantado dejo que quienquiera me invite cosas. Incluso, lo confieso, lloro a veces y por eso no llamo maricones a los otros hombres que, como yo, lloran.

     Me interesa hablar sólo de cuatro carteles con los que difiero —sin ningún afán de violentar a nadie— e hicieron que la campaña me pareciera adversa a la discusión, incluso medio agresiva, por no decir, con el perdón de ustedes, violenta. Porque al final si todo es violento qué no lo es.

     El primero: “#YoNoViolentoPero no entiendo para qué necesitamos los estudios de género.” ¿Puede ser violenta la ignorancia o la duda genuina? ¿En una universidad hemos de reservarnos dudas con el fin de no violentar? ¿Vamos a dejar de lado discusiones importantes para no herir susceptibilidades? Las opiniones diferentes y las dudas no deben descartarse de primera mano por violentas, por el contrario, deberían aceptarse, promoverse y discutirse, particularmente en la universidad. La mejor forma de comenzar una discusión no es llamar violenta a la gente que difiere, ni tratar de censurarlos, valdría la pena tomarse en serio al otro y plantearse genuinamente sus preguntas. Los estudiosos del género más que sentirse violentados cuando la gente no entienda para qué sirven deberían promover esa discusión. Sobre todo porque la incidencia práctica que puedan tener depende de ella.

     El segundo: “#YoNoViolentoPero creo que las mujeres no pertenecen a la política.” ¿Las creencias son violentas si no se expresan? ¿La violencia no es necesariamente una relación entre más de una persona? Me preocupa que las creencias se consideren violentas, no por la poca atención al andamiaje conceptual de la campaña de concientización, sino porque comprueba hasta qué punto llega su intención de censura. No sólo está penado el disenso, sino que incluso las creencias que no se expresan merecen ser reprobadas. Si un espacio queda para imaginar lo que a uno le venga en gana es el fuero interno, el espacio donde están los pensamientos y creencias más feas que no se comparten porque muchas son incorrectas y ofensivas. Para concientizar sobre la violencia es necesario priorizar los espacios donde: 1) la violencia existe y 2) la violencia provoca víctimas.

     El tercero: “#YoNoViolentoPero ¿por qué están haciendo esta campaña aquí?” Con mucha claridad este cartel registra el dogmatismo de tantos otros. “Cualquiera que difiera con nuestra opinión, empezando por aquel que cuestione nuestros motivos, es un violento.” La verdad, así no dan ganas de platicar. Es esa certidumbre incuestionable, casi fundamentalista, la que resulta tan molesta de la campaña. Por qué suponen que tienen superioridad moral para concientizarnos cuando la misma campaña muestra que no está dispuesta a aceptar cuestionamientos. El término feminazi —que hace bien en criticar la campaña— es exagerado y desafortunado; quizás es tan recurrente porque enfatiza las similitudes entre el dogmatismo de cierto partido de masas, en el que no había lugar para el disenso, y el de quienes no están dispuestos a cuestionar sus premisas más básicas.

     El cuarto: “#YoNoViolentoPero arranco los carteles.” Este cartel improvisado en la etapa de retapizado implementada después de que alguien arrancara los carteles no sólo prueba que la campaña de concientización es bien autorreferencial —y qué flojera una campaña que me quiere concientizar sobre sí misma—, sino también, una vez más, su poca disposición al diálogo. La discusión sobre la equidad de género es urgente, hay que tenerla y sobre todo hay que garantizar que sea una discusión de doble vía. El problema de la campaña es que no se puede discutir con un cartel y la única forma de disentir con él es arrancarlo. Estemos contentos entonces de que la campaña sirvió, alguien se la tomó en serio y arrancó los carteles. Lo triste sería que alguien los hubiera arrancado sólo por seguir el reglamento que prohíbe pegar papeles fuera de los corchos.

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