¿Qué se sintió vivir junto al Papa?

     Raymundo Riva Palacio dice que las élites secuestraron al Papa. Yo siento, más bien, que el Papa me secuestró a mí. Es que por una semana, él y yo fuimos vecinos, compartimos el mismo código postal y el mismo aparato de seguridad que le impedía a la gente entrar a su casa, me impedía salir de la mía.

     Como vecinos, Francisco y yo tuvimos un trato cordial. Desde el primer día que llegó, pasó a saludar muy amable desde su Jeep de capota transparente. Ya después, yo creo que se dio cuenta que los vecinos nos le quedábamos viendo y hasta le sacábamos fotos a su coche y se consiguió un Cinquecento blanco más prudente. Hasta que se fue — ya qué le importaba el qué dirán— volvió a sacar su Jeep. Eso sí, nunca dejó de saludar y no es para nada creído aunque siempre salga con escolta, chofer y se vista con un conjunto blanco muy mono que seguro es de diseñador.

     Yo no soy de los vecinos metiches que quieren saber todo de los recién llegados y hasta se van a presentar. Yo más bien les doy su espacio y ya después los intento frecuentar en el trato cotidiano. Con Francisco no pude porque siempre iba y venía como con prisa, se veía que tenía los horarios bien dictados, fue muy estricto con ellos y, lo que sea de cada quien, es un hombre de puntualidad europea.

     Aunque yo no sea metiche, me fue imposible no notar a Francisco. Él podrá decir misa, pero eso de la discreción no se le da tan bien. Dejen ustedes los espectaculares, los carteles en el Metrobús y toda la parafernalia pontificia. Desde antes que llegara Francisco, remodelaron su casa, cortaron las enredaderas todas secas que le había dejado Benedicto, el inquilino anterior, y pusieron unas de plástico nada feas. Pulieron las paredes, improvisaron un escenario con todo y lounge frente a su casa, hicieron figuritas en el camellón con aserrín pintado y hasta podaron los árboles de Insurgentes que ya tapaban los semáforos.

     Hasta ahí todo bien. Lo malo empezó el jueves antes de que llegara Francisco. Saliendo de mi casa me encuentro a un hombre uniformado y con arma automática que no me quería dejar cruzar Insurgentes para ir al gimnasio. Que me diera toda la vuelta. Así, con armas de por medio, ni cómo discutir, ordenes son ordenes, sobre todo cuando vienen de hasta arriba. Al día siguiente no se podía cruzar Insurgentes por Francia ni por Barranca, que hiciera el favor de irme hasta Vito Alessio Robles. Ni modo, lo que hace uno por la comodidad del vecino. La estación de Metrobús de Francia, también cerrada. ¿Así cómo va a ver Francisco los carteles que Mancera le mandó a poner en la estación para darle la bienvenida?, pregunté para mis adentros. Esa situación duró toda la semana.

     El sábado después de que llegara Francisco me despertaron los gritos de entusiasmo de la vecinería y salí a ver qué estaba pasando. ¡Pero qué buenos somos los paisanos de Francisco para inventarle porras! “Reloj, sandía, que el Papa nos bendiga,” “Francisco, te amamos y por ti rezamos,” “Melón, papaya, que el Papa no se vaya,” y “queremos bendición, queremos bendición,” al ritmo del clásico y básico queremos Halloween con todo y calcetín. Así estuvimos echándole porras un rato y nos pasó a saludar otra vez, muy amable, pero apurado. En cuanto pasó Francisco empezaron los descuentos de las estampitas para la bendición, los escapularios, las banderas del Vaticano y los paliacates amarillos con su imagen. Qué rápido se deprecian los artículos religiosos, igual que las playeras de J-Balvin después de su concierto o los helados de limón después del partido de los Pumas. La gente se regresó a sus casas y entre lágrimas de alegría escuché a una niña decirle a su madre, tal cual, que ella estuvo ahí dos horas, que vio al Papa cinco segundos y había valido la pena.

     Ya para la noche, los vecinos aprendimos que si queríamos ver bien al nuevo inquilino de la cuadra tendríamos que elevar nuestra altura con respecto a la de los demás mediante banquitos y escaleras; así comenzó una competencia amistosa entre los vecinos para ver quién tenía la más grande. ¡Portentos de escalera se sacaron a la calle! Y más difícil resultó ver a Francisco.

     Ese día en la noche, de regreso en mi calle, me encontré a la vecinería y nos pusimos a platicar sobre qué parte le habíamos alcanzado a ver a Francisco. —Yo le alcancé a ver la manga cuando alzó la mano para saludar. —Yo no lo vi, pero le alcancé a tomar una foto a la foto de cuerpo entero que le tomó la tablet de enfrente. —Mándamela ahorita por What’s, ¿no? —Yo, como me dejaron pasar del otro lado de Insurgentes, le vi hasta el solideo.

     Así transcurrió sin mayores incidentes la estadía de Francisco en nuestra colonia. Sólo la noche del domingo se tensó un poco la situación porque la vecinería se molestó de que ya no quisiera volver a salir a la calle después de entrar en su casa. “Francisco, camina y párate en la esquina,” canturreaba la turba enardecida abarrotada en las vayas. —Ahora nos tiene que salir a saludar, dijo una señora visiblemente molesta que le preguntaba a todo mundo si habían alcanzado a ver al Papa para promover la indignación común. —Ya va a salir, le dijo un niño rechoncho cargado en hombros a su padre. —Síguele grabando, no se te vaya a pasar, le contestó el papá enrojecido por el peso. Así fue, Francisco salió, dio su bendición y, más tranquilos, nos fuimos a dormir.

     Mal que bien, la visita de Francisco logró unir a la vecinería a partir del morbo y la devoción común. Ante la imposibilidad de salir de nuestras casas a cierta hora, Francisco nos obligó a tomarnos un tiempo cada mañana, cada noche, y nos dio una excusa válida para llegar tarde al trabajo y un tema común para platicar. Diría Octavio Paz que Francisco provocó una portentosa fiesta en la que los residentes de la Florida y la Guadalupe Inn, borrachos de nosotros mismos, conocimos al fin, en abrazo mortal, al otro vecino.

     Después de estar una semana secuestrado por Francisco empiezo a sentir el síndrome de Estocolmo. Ahora tendré que recurrir a las excusas de siempre cuando llegue tarde a algún lado, no tendré una cuadrilla de policías federales esperándome en la puerta de mi casa y, sobre todo, no tendré un vecino que me pase a saludar diario en la mañana y en la noche. ¡Francisco, mi guía, quédate otro día!

ImprimirCorreo electrónico