Escrituras Anales

Salvador Novo perturba, irrumpe, desagrada, se le mira para abajo. Poeta menor, engendro, vendido, impostor, anormal. Acaso sea esta última la mejor caracterización. Novo es anormal, “no escribió con sangre sino con caca” nos dice Octavio Paz. Y por ello vale la pena leerlo responde Luis Felipe Fabre. Escribir con Caca es un texto a medio camino entre el ensayo, la ficcionalización literaria y el poema. Una reconstrucción hecha con el fervor del lector que quiere discutir con el autor mismo.

            ¿Qué pasa con Novo? Pasa que escapa a la sacralización de las grandes letras, grandes autores, grandes obras. Vilipendiado como afeminado, marica y extranjerizante por los estridentistas, Diego Rivera y los nacionalistas revolucionarios; agredido como reaccionario, enamorado del poder y vendido al periodismo por los comunistas y los estudiantes en el 68 mexicano. Novo “viene de Oscar Wilde, de los dandis, de los malditos, pero tiene otros planes que incluyen el verbo traicionar (…) No pretende perderse en la poesía sino salvarse”. Pero en la poesía no hay salvación.

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Mitologías modernas

La civilización se sostiene en pilares en extremo frágiles: necesita artilugios, máscaras y, en especial, mitos. Uno de ellos es el mito del salvaje que sirve “de contrapunto para recordarnos que la condición humana tiene sus raíces en la animalidad”. En Historias de Salvajes Roger Bartra continúa su reflexión sobre lo salvaje como análisis de la otredad.

     En este compacto libro, que apenas rebasa las cien páginas, Bartra presenta cuatro ensayos, previamente publicados que, a pesar de las diferencias en propósito, nos revelan un mismo campo de sentido: la idea de los salvajes como un límite, “los guardianes de la frontera que separa al yo de los otros”.

     En el primero de ellos Bartra relata las vicisitudes de Julia Pastrana, una mexicana que padeció hirsutismo e hiperglasia gingival (lo cual la hizo parecer una ‘mujer-lobo’ o ‘mujer-gorila’). Pastrana, tanto en vida cuanto en muerte, fue tratada como un objeto por su manager y esposo Theodore Lent quien osciló entre el desprecio por la rareza y la fascinación del enamorado. Pastrana fue exhibida durante años como un híbrido, como una mujer salvaje, como una semi-humana, quizá el eslabón perdido de Darwin. No sólo en Lent y en el público de los circos hubo fascinación, a su vez se nos narra la curiosidad que despertó en médicos y científicos. En ello el autor encuentra un rasgo frecuente de la sociedad en donde la exhibición de rarezas (verdaderas o falsas) revela que existe un abismo insalvable; los freak shows nos recuerdan lo cerca que estamos de lo anormal. El largo periplo de Pastrana que inicia en el mediodía del siglo XIX, con su largo desarrollo como exhibición viva y después momificada junto a su hijo en Europa, termina en el México sinaloense del siglo XXI.

     El segundo ensayo tiene un motivo distinto; Bartra presenta las observaciones de la escritora francesa George Sand sobre la presentación en París de un grupo de Iowas hacia 1845. Sand describe y consigna lo que recaba sobre estos indios; los presenta bajo un velo ficticio. Sus impresiones están llenas de romanticismo; Nube Blanca (el jefe de la tribu Iowa) es descrito como un “rey melancólico” dotado de sensibilidad y no, como en realidad fue, como un hombre atribulado por una visión encandilada de occidente. Y acaso eso es lo relevante, que la idea de lo salvaje en Sand nos habla más de ella y de su época que de los salvajes mismos. El autor presenta también la mirada inversa; refiere un viaje de la escritora, con su amante Chopin, a Mallorca en donde se encontró con ‘salvajes europeos’. Aquí los ‘salvajes’ lo son debido a la representación que de ellos hacen Sand y su acompañante: groseros, tontos, de mala fe, atrasados, judíos.

     En el tercer ensayo se explora la idea que vuelca la imaginación artística sobre una tendencia tanto conceptual cuanto técnica: el primitivismo. Moore, Picasso, Klee, Matisse, Kandinsky y Pollock, entre otros, serían representantes de esta vertiente. Según esta idea los artistas renuncian deliberadamente al desarrollo técnico y mimético del arte en una suerte de crítica y negación de su contemporaneidad. Con ello, se supone que ‘vuelven’ al sentido primigenio del arte (lo que supuestamente los emparenta con los primitivos). Bartra realiza una exploración para responder por qué las vanguardias adoptan el motivo primitivo. Las concepciones que hacen del arte primitivo necesariamente abstracto y carente de vínculos con las cosas del mundo exterior nos explican más de quienes las usan que de los supuestos salvajes. Basta el ejemplo de Gauguin quien en 1891 escribía desconsolado de no haber encontrado en Tahití los salvajes que pretendía hallar. El autor descubre que lo que hacen los artistas es asumir - de forma real y simbólica- los valores y motivos que le asignan a los salvajes; estas renuncias son “a los recursos acumulados desde el Renacimiento, a las convenciones y tradiciones, a las fronteras y al orden (…) al aura”. En ello reside la explicación que hace Bartra, retomando a Hobsbawm, del fracaso de las vanguardias: la parálisis que lo sujeta a un pasado inexistente y la pesada carga de un futuro ‘primitivo’ que queda al margen del desarrollo del arte en el siglo XX.

     “Distopías Salvajes”, el último ensayo del libro, retoma dos artículos previamente publicados en Letras Libres, donde el autor realiza una digresión tomando como pretexto dos imágenes literarias sobre los inmortales (Borges y Swift). Con ello analiza cómo un tópico literario se representa de forma que los inmortales son, en Swift hombres miserables, carentes de emociones, egoístas y melancólicos; Borges en cambio los encuentra salvajes, como si la inmortalidad los retrocediese a un estado de desmemoria, de atrofia sensorial. El motivo de la ficción le sirve también para hablar de George Psalmanazar, que en el siglo XVIII fingió ser habitante de Formosa (Taiwan). Lo notable del caso es que la escenificación del fraude duró decenios, quizá porque “representó a una persona cuya misteriosa alteridad atraía a los europeos del siglo XVIII, quienes además se asombraban de las actitudes virulentamente antijesuitas del supuesto oriental”.

     Historias de Salvajes es un libro inteligente, que en pocas páginas presenta distintos puntos para pensar la relación entre alteridad, exotismo, la indagación sobre la identidad que necesita afirmarse mediante la ficcionalización del otro. El viaje entre Pastrana, Sand, el arte primitivo y Psalmanazar nos ayuda a descubrir que nosotros, los modernos, somos los salvajes.

Roger Bartra, Historias de Salvajes, México, Siglo XXI, 2017, 103 pp.

El delirio del progreso: Otra Modernidad es Posible

 

Con el cambio de siglo y la profundización de las contradicciones entre el neoliberalismo y la democracia liberal el recurrente lugar común del ‘fin de la historia’ empieza a mostrar sus grietas y, con ello, la política está de vuelta. Nuestra era deja de aparentar la superación del conflicto ideológico, en cambio se propone su actualización. Sin embargo el desafío es encontrar tanto un lenguaje cuanto un programa capaz de articular la crítica a los conceptos con los que nos guiamos: progreso, crecimiento económico, desarrollo, modernidad. En ello reside lo valioso de Otra Modernidad es Posible.

     El estudio de Humberto Beck cruza el umbral del mero ensayo académico para proponernos todo un mapa, una forma de situar el pensamiento de Ivan Illich (1926-2002) dentro de las corrientes contemporáneas de crítica a la idolatría moderna. Beck traza una historia intelectual cuyo mayor logro es conseguir que Illich no nos parezca una sombra del pasado, un autor con un corpus osificado; en cambio la apuesta vital del libro es actualizar el contenido, mostrarnos una crítica dinámica que propicia la imaginación política.

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Anotaciones sobre el destino: Teoría del Viaje

En 1955 Claude Lévi-Strauss sorprendió al mundo con la primera frase de su libro Tristes Trópicos: “Odio los viajes y los exploradores”. Hastiado del viaje, el antropólogo vertió sus reflexiones etnográficas de poco más de 4 años en Brasil. El extrañamiento, lo desconocido, la semilla del estructuralismo estaban en su ir y venir por tierras ignotas. El libro supuso el punto final del viaje emprendido veinte años antes, el fin de la aventura. En un camino opuesto nos sitúa su coterráneo Michel Onfray.

     En Teoría del viaje encontramos, más que una teoría, una poética como reza el subtítulo del libro. La prosa del autor, límpida y ágil, nos embarca en un trayecto iniciático. El ensayo funciona, a un tiempo, como manifiesto y proyecto: el rechazo a las convenciones que hacen del viaje mero turismo y la realización de una experiencia estética. “El arte del viaje induce a una ética lúdica, una declaración de guerra a cuadricular y cronometrar la existencia”.

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Mudarnos

Mudanza es un árbol, en él cada ensayo funciona a la manera de una ramificación cuyas hojas nos revelan microcosmos. Verónica Gerber escribió un libro que está a medio camino entre la autoficción y el apunte. La narración hilvana de manera refinada la indagación de múltiples imposibles, de las actividades que pretender dar cuenta de otra literatura o del fin de esta.

     La particularidad de Mudanza reside en el hilo que ata a cada uno de sus ensayos: la (im)posibilidad de ir más allá de lo escrito, de pasar de la página a la acción, de hacer de la vida un acontecimiento literario. Gerber nos narra, de forma breve, casi como un suspiro distintos caminos transitados por escritores en su búsqueda de la página en blanco, que para ella “no es otra cosa que una guerra contra el imperio del lenguaje”. Su libro es entonces una consigna de todos los intentos de romper con la palabra, de hacer del concepto algo más que una frágil red de artilugios, de lograr que éste se vuelva total.

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