The Horror / 1

Nota: el motivo a desarrollar en las próximas páginas está dividido en tres entradas del blog, las cuales se titulan The Horror 1, 2 y 3 —respectivamente—, debido a su extensión y complejidad temática.

En un artículo escrito para el diario Combat en 1945[1], Albert Camus hablaba de la conciencia pesimista como manifestación del gran problema que sacudía dolorosamente la época; “un problema de civilización (que) se trata para nosotros de saber si el hombre, sin auxilio de lo eterno o del pensamiento racionalista, puede crear por sí solo sus propios valores.”

     Desde su perspectiva, rechazar o acusar de insensato el sentido desesperanzador que recorrió Europa como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial no era más que tratar de ignorar los hechos.

     Algunos años después, el filósofo político Leo Strauss se ocuparía del problema de la decadencia de Occidente. En su introducción a La ciudad y el hombre, reconocía que “la crisis de Occidente consiste en que su objetivo se volvió incierto”. Tras las atrocidades que tuvieron lugar bajo el auspicio de las guerras de expansión, la esperanza en el futuro se perdió para muchos.

     Pocas expresiones logran resumir la degradación del panorama filosófico y humanístico de nuestra civilización llegada la mitad del siglo veinte como la trágica sentencia del autor cuando asegura que “una sociedad que estuvo acostumbrada a comprenderse a sí misma en términos de un objetivo universal no puede perder la confianza en ese objetivo sin quedar perpleja”. El proyecto moderno, que se erigía sobre la idea del progreso natural hacia la prosperidad, había fracasado. Sumando la experiencia totalitaria de la Europa del Este al recuento de daños, parecía claro que no existía revolución o cambio social que pudiera despojar al hombre de la maldad y el odio.

     La ruptura con el ideal universal y optimista trazado siglos atrás, se tradujo en un clima intelectual y moral que definió la historia de las décadas venideras, marcado por un profundo escepticismo y una desconfianza en la sociedad como cuerpo, que había visto esfumarse el contenido moral de sus instituciones frente a sus propios ojos.

     Por supuesto, el origen del pesimismo frente a la civilización y a la idea del progreso se hace presente tiempo atrás. Ejemplo de ello es el pensamiento característico de Miguel de Unamuno, quien en Del sentimiento trágico de la vida, de 1913, se preocupaba de la “enfermedad misma de lo que llamamos progreso”.

“Mas he aquí que en el fondo del abismo se encuentran la desesperación sentimental y el escepticismo frente a frente, y se abrazan como hermanos. Y es de este abrazo, un abrazo trágico, de donde brota el manantial de la vida, de una vida seria y terrible. El escepticismo, la incertidumbre, última posición a que llega la razón ejerciendo su análisis sobre sí misma, es el fundamento sobre que la desesperación del sentimiento vital funda su esperanza”.

     Moviéndonos a otro plano, en lo que Hannah Arendt llamaría la banalidad del mal, podemos observar una disposición del ideario intelectual del siglo veinte a ver en el hombre un conjunto de fuerzas obscuras que lo convierten en un depredador, en una clase de homo homini lupus al estilo de Thomas Hobbes, a pesar de encontrarse bajo el imperio de la ley. Las normas mismas propiciaron y se convirtieron en un marco jurídico de acción dentro del cual las peores injusticias se convirtieron en deberes cívicos, y la resistencia se convirtió en un crimen digno de persecución por parte del Estado.

     En una canción con un tinte nostálgico y lúgubre, el célebre cantante, escritor y actor australiano, Nick Cave, resume en siete minutos la cruda realidad detrás de la primera mitad del siglo veinte.[2] La primera estrofa comienza de manera desafiante, entremezclando el característico virtuosismo musical de Cave con un mensaje intrépido:

“Pass me that lovely little gun
My dear, my darling one
The cleaners are coming, one by one
You don't even want to let them start”

     Inmediatamente nos encontramos ante una situación incómoda. Nos remite a las prácticas deshumanizantes y persecutoras de corte racial y político, que sitúan al individuo en medio de una pesadilla de la que, ansioso, espera despertar.

     Nos cuesta trabajo, en pleno 2017, comprender los mecanismos sociales y psicológicos detrás de fenómenos inimaginables como el Holocausto. A partir del ascenso al poder de un individuo, la vida cultural y política de una nación entera se transforma a tal grado que desfigura y reconstruye, de una manera retorcida y opuesta, las tradiciones y actitudes de un pueblo. Por cierto, tema recurrente y analizado a profundidad por Arendt en Eichman en Jerusalén y en Los orígenes del totalitarismo.
En esa línea de pensamiento, Cave nos desarma con un mensaje casi sínico:

“Forgive us now for what we've done
It started out as a bit of fun”

     La desesperanza nos invade, y poco a poco nos convencemos de que debe haber algo maligno en el espíritu humano para facilitar semejante escena terrorífica. Por supuesto, incontables filósofos y artistas se han ocupado de la naturaleza del mal dentro del hombre —el clásico San Agustín en su Ciudad de Dios, por mencionar un caso particular—, algunos alcanzando conclusiones más optimistas que otros.

     Dentro de esa tendencia, me gusta recordar siempre a un cineasta destacado por sus producciones tenebrosas e inquietantes, David Lynch, quien se ha hecho de renombre gracias a su frialdad al momento de compartir escenas gráficas y explícitas que exploran las variantes de la crueldad humana.

     Su película más conocida —por supuesto— Blue Velvet (1986), nos transporta a un mundo sombrío, repleto de transgresiones, en una subcultura urbana de principios de los años noventa. Una muestra clara de la descomposición y degradación de la sociedad de consumo en los albores de nuestro tiempo.

     A manera de sátira, transforma la popular canción de cuna de Roy Orbison —In Dreams— en un himno sádico, demostrando que detrás de los motivos más puros puede encontrarse al demonio mismo. Sus tenues palabras aún resuenan en mi cabeza, mientras las repito con incomodidad:

“A candy-colored clown they call the sandman
Tiptoes to my room every night
Just to sprinkle star dust and to whisper
"Go to sleep, everything is alright"”

     En Mulholland Drive, Lynch va más allá, entregándonos una de las películas más escalofriantes de la industria de Hollywood. Recomiendo al lector que explore el corpus creativo del infame director —haciendo espacio, sin dudarlo, para Wild at Heart, un clásico cinematográfico—, sin menoscabar el valor reflexivo de su obra.
     Para terminar la primera parte de esta prédica —en un sentido sarcástico y a manera de crítica para el propio autor—, que parece quedar inconclusa, me remito a una estrofa más adelantada de nuestra canción fúnebre:

“Poor old Jim's white as a ghost
He's found the answer that we lost
We're all weeping now, weeping because
There ain't nothing we can do to protect you”

     Sumidos en la inercia, la inacción y la impotencia, el resto de la humanidad observamos —en ese momento y en retrospectiva— la tragedia que conformó la historia mundial a finales de la era industrial, despojándonos de los valores inamovibles y románticos que en algún momento parecieron indudablemente válidos.

     Es con plena consciencia que concluyo el día de hoy con las últimas estrofas de Cave, advirtiendo al lector de su relación con la dirección que perseguirá la próxima entrada de Anagnórisis.

“Hey little train! We are all jumping on
The train that goes to the Kingdom
We're happy, Ma, we're having fun
And the train ain't even left the station

Hey, little train! Wait for me!
I once was blind but now I see
Have you left a seat for me?
Is that such a stretch of the imagination?

Hey little train! Wait for me!
I was held in chains but now I'm free
I'm hanging in there, don't you see
In this process of elimination”.

[1] Albert Camus, “El pesimismo y el valor” en Moral y política, Madrid, Alianza, 1995.

[2] La canción se titula O Children, publicada en el álbum Abattoir Blues/The Lyre of Orpheus, de la banda Nick Cave & The Bad Seeds. Cabe mencionar que el álbum sirvió de inspiración a Peter Robinson para escribir su novela In the Dark Places. Sin embargo, para un primer acercamiento recomiendo escuchar la versión interpretada en Düsseldorf, incluída en el álbum The Abattoir Blues Tour.