The Horror / 3

Hasta este punto, hemos explorado la consciencia pesimista que invadió a la sociedad occidental a partir de la llegada de la posmodernidad y el fracaso de los proyectos universales. También, analizamos el efecto que la lógica de producción capitalista ejerce sobre la esencia humana, y así rechazamos la idea de una maldad inherente al hombre.

     Para concluir nuestra reflexión y alcanzar el objetivo central del debate, en esta tercera entrada haremos un recorrido por algunas propuestas alternativas que han surgido en torno al problema de la posmodernidad y la sociedad post industrial.

     Debemos recordar a Zygmunt Bauman cuando manifiesta claramente el problema de la ambivalencia moral que inundó los corazones de los seres humanos, una vez que el pluralismo se instauró como paradigma civilizatorio. Al acabar con la pretensión de la universalidad de valores, la sociedad occidental se enfrentó a una realidad humana desordenada y ambigua, frente a los principios éticos abstractos que el ideal del progreso sostenía.

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Tensión / 2

Una vez comprendida y esbozada la primera oposición entre nuestros conceptos, debemos dar un salto a la polémica que continuaría entre el liberalismo occidental y los regímenes colectivos de Europa del Este. Posterior a la Revolución Francesa, el gran escenario que propiciaría la separación ideológica entre liberalismo e igualdad sería la Revolución de Octubre de 1917, que definiría, junto con el capitalismo, la historia venidera del siglo veinte. Tras la Revolución inconclusa de 1905 —encabezada por el partido Constitucionalista—, y el estancamiento de la Revolución de Febrero en el Gobierno Provisional de Kerensky y el Partido Social-Revolucionario, las Tesis de Abril de Lenin cambiarían definitivamente el curso de la Revolución —y la salvarían, en términos de Rosa Luxemburgo—.

     A la cabeza del Partido Obrero Socialdemócrata —que había nacido como iniciativa conjunta con Martov y Plejanov—, Lenin radicalizó la separación entre las facciones menchevique (mesurada bajo el liderazgo de Axelrod), y bolchevique, para así dar un paso más delante de la Revolución burguesa hacia la revolución socialista, ignorando las advertencias de teóricos “oportunistas” (encabezados por Karl Kautsky)1, y ortodoxos.

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Tensión / 1

     A partir del desarrollo del pensamiento ilustrado en el siglo dieciocho y la transformación revolucionaria que recorrió tanto el continente europeo como americano —extendiéndose hasta el siglo diecinueve—, conceptos como la libertad, la igualdad y la justicia tomaron un papel central en la discusión de las ideas. Desde los pensadores revolucionarios franceses, defensores del derecho natural, hasta los libertadores del Nuevo Continente, que veían en la independencia la emancipación política y económica frente al colonialismo europeo, los filósofos emprendieron la compleja tarea de entender el nuevo mundo que estaba emergiendo —en contraposición al Antiguo Régimen—, y de plantear las bases sobre las cuales deberían fundarse las sociedades políticas modernas. Es por ello que, a la luz de la historiografía y la filosofía política contemporáneas, debemos reconocer y mantener presentes los orígenes de la disputa fundamental entre dos valores indispensables de la doctrina liberal que conforma al pensamiento político contemporáneo: la libertad y la igualdad.

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The Horror / 2

La entrada anterior de Anagnórisis giró en torno al escepticismo que invadió el pensamiento intelectual durante la segunda mitad del siglo veinte, a raíz del fracaso del proyecto moderno y la experiencia bélica de la Segunda Guerra Mundial— sin olvidar las transgresiones de los gobiernos totalitarios de oriente y occidente —.

     La caída del bloque soviético a principios de los años noventa concluyó una disputa político-ideológica que había polarizado al mundo, y terminó con el anhelo de la realización de las ideas que Marx había planteado hacía casi un siglo y medio.

     En términos de Fukujama, el capitalismo se alzó triunfante como la única realidad social, quedando todos los sistemas alternativos agotados y sumidos en el fracaso. Al haberse visto interrumpido el desarrollo dialéctico del devenir histórico —la antítesis socialista del capitalismo no dio lugar a una síntesis o superación de las contradicciones inherentes al liberalismo económico, simplemente quedó descartada—, Fukujama vio en la caída del bloque del Este el final de la historia.1

     Por ahora, dejaremos a un lado esta discusión (que desarrollé ampliamente en mi última columna para En Redacción, que puede consultarse en esta liga). 

     En esta ocasión, seguiremos el esquema propuesto para esta serie de publicaciones que se reúnen bajo el título de The Horror, y que podrán parecer, hasta este punto, inconexas a los ojos del lector.

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The Horror / 1

Nota: el motivo a desarrollar en las próximas páginas está dividido en tres entradas del blog, las cuales se titulan The Horror 1, 2 y 3 —respectivamente—, debido a su extensión y complejidad temática.

En un artículo escrito para el diario Combat en 1945[1], Albert Camus hablaba de la conciencia pesimista como manifestación del gran problema que sacudía dolorosamente la época; “un problema de civilización (que) se trata para nosotros de saber si el hombre, sin auxilio de lo eterno o del pensamiento racionalista, puede crear por sí solo sus propios valores.”

     Desde su perspectiva, rechazar o acusar de insensato el sentido desesperanzador que recorrió Europa como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial no era más que tratar de ignorar los hechos.

     Algunos años después, el filósofo político Leo Strauss se ocuparía del problema de la decadencia de Occidente. En su introducción a La ciudad y el hombre, reconocía que “la crisis de Occidente consiste en que su objetivo se volvió incierto”. Tras las atrocidades que tuvieron lugar bajo el auspicio de las guerras de expansión, la esperanza en el futuro se perdió para muchos.

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