The Horror / 2

La entrada anterior de Anagnórisis giró en torno al escepticismo que invadió el pensamiento intelectual durante la segunda mitad del siglo veinte, a raíz del fracaso del proyecto moderno y la experiencia bélica de la Segunda Guerra Mundial— sin olvidar las transgresiones de los gobiernos totalitarios de oriente y occidente —.

     La caída del bloque soviético a principios de los años noventa concluyó una disputa político-ideológica que había polarizado al mundo, y terminó con el anhelo de la realización de las ideas que Marx había planteado hacía casi un siglo y medio.

     En términos de Fukujama, el capitalismo se alzó triunfante como la única realidad social, quedando todos los sistemas alternativos agotados y sumidos en el fracaso. Al haberse visto interrumpido el desarrollo dialéctico del devenir histórico —la antítesis socialista del capitalismo no dio lugar a una síntesis o superación de las contradicciones inherentes al liberalismo económico, simplemente quedó descartada—, Fukujama vio en la caída del bloque del Este el final de la historia.1

     Por ahora, dejaremos a un lado esta discusión (que desarrollé ampliamente en mi última columna para En Redacción, que puede consultarse en esta liga). 

     En esta ocasión, seguiremos el esquema propuesto para esta serie de publicaciones que se reúnen bajo el título de The Horror, y que podrán parecer, hasta este punto, inconexas a los ojos del lector.

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The Horror / 1

Nota: el motivo a desarrollar en las próximas páginas está dividido en tres entradas del blog, las cuales se titulan The Horror 1, 2 y 3 —respectivamente—, debido a su extensión y complejidad temática.

En un artículo escrito para el diario Combat en 1945[1], Albert Camus hablaba de la conciencia pesimista como manifestación del gran problema que sacudía dolorosamente la época; “un problema de civilización (que) se trata para nosotros de saber si el hombre, sin auxilio de lo eterno o del pensamiento racionalista, puede crear por sí solo sus propios valores.”

     Desde su perspectiva, rechazar o acusar de insensato el sentido desesperanzador que recorrió Europa como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial no era más que tratar de ignorar los hechos.

     Algunos años después, el filósofo político Leo Strauss se ocuparía del problema de la decadencia de Occidente. En su introducción a La ciudad y el hombre, reconocía que “la crisis de Occidente consiste en que su objetivo se volvió incierto”. Tras las atrocidades que tuvieron lugar bajo el auspicio de las guerras de expansión, la esperanza en el futuro se perdió para muchos.

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Presentación (o la necesidad de reconocernos)

En La poética, Aristóteles define a la anagnórisis como un recurso narrativo que consiste en el descubrimiento, por parte de un personaje, de datos esenciales sobre su identidad, sus seres queridos o su entorno, ocultos para él hasta ese momento.

     En sus propias palabras, “el reconocimiento es, como la misma palabra lo indica, un cambio de la ignorancia al conocimiento, y así lleva al amor o al odio en los personajes signados por la buena o la mala fortuna.”[1] El conocimiento de la verdad, pues, lleva a quien está implicado a la felicidad o a la desgracia. En la tragedia clásica, la revelación de esta verdad cambia la perspectiva y reacción del héroe.

     Es así como Anagnórisis, el blog que propongo para Ágora, responde a la provocación del término aristotélico, y plantea un espacio de reflexión cotidiana sobre los temas de actualidad, de gobierno, artísticos, filosóficos y relativos a la vida moderna que definen a la condición del hombre en los primeros años del siglo veintiuno. En los límites de la modernidad post-industrial, abandonado el hombre a sus designios individuales, separado de los valores universales que tiempo atrás pretendieron dar fondo y forma al pensamiento, es necesario voltear la mirada sobre nosotros mismos, para redescubrir la identidad del hombre y el mexicano.

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