¿Qué más quieren?

Bienvenidos a esta locura en escala de grises que me gusta llamar: la Ciudad de México. En la cuna central de la vida azteca, los habitantes de la urbe ahumada lidian todos los días con tensiones de la batalla interminable entre el progreso (sea lo que sea) y las costumbres que oprimen a más de la mitad de la población. Ellas. En cien años han logrado formar la revolución más pacífica y efectiva en la historia de la humanidad. Están alumbradas por las nuevas posibilidades que se asoman en su camino. Sin embargo, algunas de ellas quieren más. Pero: ¿qué más quieren?

      Bueno, en algunos casos las respuestas se asoman claras e innegables cuando se trata de resolver atrocidades como las violaciones, la brecha salarial y los feminicidios. ¿Qué más quieren? Obviamente, la erradicación de esas prácticas de horror. Algo debe hacerse para que las mujeres, como todos los seres humanos, puedan tener una vida digna y libre del miedo a ser una víctima más.

     –De acuerdo, eso es importante. Peeeeeeeeeeero hay formas de hacer ese “algo” para asegurar a las personas. – escucho constantemente en las discusiones de la capital.

     ¿Cuáles son esas formas? Ahí empieza el problema. Los ciudadanos están cansados; cansados del tránsito, del ajetreo, del ruido. Quieren que los dejen tranquilos y sólo basta que una marcha se atraviese en su camino al trabajo para hacerlos explotar de rabia. Ira contra los manifestantes, que también están cansados y enojados. Y si se escucha la palabra “feminismo”, no importa cuánto exclamen las manifestantes, nadie va a escuchar. ¿Cómo hablar de género sin dejar de escuchar? De alguna forma se han de expresar, y negar que lo hagan sería aún más catastrófico para un país que ya de por sí viola los derechos básicos de su población.

     Exageradas, feminazis, lesbianas: todas formas que pretenden insultar el movimiento, por más apartadas semánticamente que estén unas de otras. A eso agregan que deben saber elegir las batallas, porque no es lo mismo un feminicidio que la censura de los pezones femeninos en internet. No, al igual que sus insultos, la brecha entre la gravedad de las cuestiones es inmensa. Al parecer ni la forma, ni el fondo del movimiento les parece. Desacreditan cualquier rama del feminismo y exigen que se encuentre otra forma de evitar las atrocidades antes mencionadas. Pero, ¿cuál es el origen de las atrocidades?

     Sábado por la noche en el Valle de México y los jóvenes se preparan para la vida de alegrías que conlleva socializar. Tres chicas salen preparadas para la misma fiesta. En el camino, por lo menos dos de ellas escuchan: mamacita, sabrosa, guapa y obscenidades más elaboradas. Ignorantes de las intenciones de los emisores, apresuran el paso dejando en la banqueta todo abismo de confianza de caminar seguras. Por suerte han llegado a salvo a su destino y esperan que la noche continúe sin más tropiezos.

     La primera entra a la fiesta esperando pasar un buen rato en compañía de sus amigos, se aproxima y se incorpora a la conversación. Uno de ellos comenta que le había dado permiso a su novia para salir con otras personas durante su semestre de intercambio en el extranjero.

     –¿Es decir, llegaron a un acuerdo? – pregunta la chica con curiosidad.
     –Sí, o sea, le di permiso.

     Lo que a ella le molesta es el sentido de pertenencia que cree tener el novio sobre su pareja, que no refiere a una situación de igualdad, sino de subordinación. Voltea a contarle sus ideas a un muchacho que –según lo que le había hecho entender– compartía su visión. Ella se siente cómoda con él. Conforme se va a desarrollando la fiesta llegan a sentirse cercanos. La plática, la música y la intimidad dan paso a los besos. Con la llegada de la madrugada, llegan las insinuaciones. La invitación para quedarse juntos en un cuarto de la casa se presenta y es rechazada, lo que para el chico significa que es momento de insistir hasta hartar.

     –Anda, ¿por qué no? –presiona él.
     –Porque no quiero, y yo hago lo que quiera– responde ella mientras se da la vuelta, ya cansada de la situación.

     Esa respuesta le va a valer la condición de la chingoncita, aquella que cree merecer más de lo que en realidad merece. Porque negarse y presentar un punto de vista no está mal, mientras sea bajita la mano. Nunca con fuerza, que se considera antinatural en una mujer. Al final de cuentas la palabra histérica tiene origen en el útero. Ella deberá aprender a saber decir las cosas con un tacto más “femenino”, o acostumbrarse a ser señalada.

     La segunda se adentra tímidamente a la casa. Escanea la sala hasta encontrar un rostro conocido y se acerca hacia una amiga que tenía tiempo sin ver. Empiezan a ponerse al corriente con las novedades de la escuela, el trabajo y los conocidos. En esas estaban cuando una canción popular se eleva por la habitación, invitando a todos a bailar. Los jóvenes se dejan llevar por el ritmo y las luces bajas. El humo encierra a los danzantes, los reúne en un espacio cada vez más reducido. De repente ella encuentra a otra persona a sus espaldas que arrima su cuerpo, lo acerca más allá del espacio vital permitido entre otros. Las manos de este muchacho comienzan a recorrer su cintura hasta agarrar sus senos. Ella escapa sobresaltada y voltea con expresión de desconcierto. Él lo interpreta como una señal para escamparla por delante y abrazarla con rudeza por las nalgas. Ella lo empuja y escapa despavorida hacia el baño. En su mente recapitula, intenta recordar si dio alguna indicación de que aquello había estado permitido, no encuentra alguna pista. Miedo. Miedo de salir de ese pequeño espacio seguro para tener que volverse a enfrentar a aquel chico que nunca había visto y que, evidentemente, sentía derecho sobre su cuerpo.

     Unos minutos después la amiga nota su desaparición y pregunta por ella. Alguien le comenta que la vio entrar al baño y toca en la puerta. Pasado un rato, logra que le cuente lo sucedido. Entiende el miedo por el que está pasando. Armada de valor busca al dueño de la casa para pedirle su apoyo y solicitarle a aquel muchacho que se retire de la fiesta. La amiga exagerada, escandalosa, por intentar luchar contra el miedo que corroe a quien aún está encerrada en un baño. Ella mojigata, agarrada, por rehusarse a participar en lo que era claramente parte de un baile. Deberán aprender a tener reacciones menos “sentimentales” o “explosivas”, o acostumbrarse a ser señaladas.

     La tercera llega animadamente y pasa una noche que supera las expectativas. Al terminar la fiesta, se retira con algunos de sus amigos a una taquería cercana. Todos platican y discuten los eventos sucedidos: la música, los chismes, las conquistas románticas. Al escuchar a todos sus amigos varones hablar sobre sus ligues, ella decide hacer lo propio y contarles sus experiencias sobre los chicos con los que intercambio algo más que unas palabras.

     –Pude darme a más pero perdí un rato con ustedes– dice ella en tono de broma.
     –Pues no tenías que estar con nosotros– responde uno de ellos en tono molesto.

     Más adelante alguno de los otros, que escuchó la conversación, le comentará que debería abstenerse de hacer esos comentarios de mal gusto. A sus espaldas una palabra comenzará a describirla: puta. Porque una mujer no puede pretender tener la misma libertad sexual que un hombre sin que existan consecuencias. Ella deberá aprender a no ser más casta, a no hablar de sus conquistas, o acostumbrarse a ser señalada.

     ¿Qué es lo que ellos quieren? Parece que una mujer quien no hable de más, que ceda cuando deba, que no reaccione con indignación, que no ceda de más, que mantenga la cabeza baja. Una mujer sumisa y subordinada al hombre. Como si los cien años de revolución no hubieran existido. En la práctica, ellas siguen detenidas por cadenas invisibles que tintinean y las señalan. ¿Y si el origen de las atrocidades está relacionado con las pequeñas acciones de la práctica? La costilla del hombre está a su disposición y lo que pueda pasarle es insignificante. Ellas son vulneradas por atrocidades físicas, económicas, sociales y psicológicas. ¿Y si todo es parte de lo mismo?

     ¿Qué más quieren? El alto a todo tipo de atrocidades, equidad entre hombres y mujeres, respeto. No quieren acostumbrarse a ser señaladas, quieren ser aceptadas como personas con cuerpos, opiniones y sentimientos. Un mundo en el que su consentimiento no esté a discusión, donde puedan decidir sobre su vida sexual, donde su cuerpo no sea tabú y el pan de todos los días. ¿Será que pedir la no censura del pezón femenino en internet tiene que ver con pedir la no censura a la mujer? Algo debe hacerse para ponerle un alto a todas las atrocidades, algo como pensar en las palabras y acciones de nuestro día a día, algo como reflexionar.

Osofia
@SJallath