Acosadores como tú o como él

Voy caminando por la calle, cuando, como todos los días, un hombre me silba, o me grita “¡Mamacita!”, o con voz baja, pero perfectamente audible, comenta: “¡Ay! Esas nalgas…”

     “¡Oye! A las mujeres no les gusta que les diga cosas en la calle. No lo hagas.” ― Contesto cuando se da alguna situación parecida, pero yo no soy todas las mujeres de la ciudad. El acosador entonces reacciona de manera general, con una de las siguientes:

― Si ni te dije nada…
― Pero si sí estás guapa, ¿qué tiene?
― Ahh… sí. Una disculpa, ya. Ignora mi respuesta y se aleja.

     Escenas como la anterior nos ocurren continua y cotidianamente en los distintos espacios públicos que ocupamos. En particular quiero referirme a dos: la vía pública y el transporte colectivo en la Ciudad de México, que es el espacio donde me muevo regularmente.

Continuar leyendo

¿Qué más quieren?

Bienvenidos a esta locura en escala de grises que me gusta llamar: la Ciudad de México. En la cuna central de la vida azteca, los habitantes de la urbe ahumada lidian todos los días con tensiones de la batalla interminable entre el progreso (sea lo que sea) y las costumbres que oprimen a más de la mitad de la población. Ellas. En cien años han logrado formar la revolución más pacífica y efectiva en la historia de la humanidad. Están alumbradas por las nuevas posibilidades que se asoman en su camino. Sin embargo, algunas de ellas quieren más. Pero: ¿qué más quieren?

      Bueno, en algunos casos las respuestas se asoman claras e innegables cuando se trata de resolver atrocidades como las violaciones, la brecha salarial y los feminicidios. ¿Qué más quieren? Obviamente, la erradicación de esas prácticas de horror. Algo debe hacerse para que las mujeres, como todos los seres humanos, puedan tener una vida digna y libre del miedo a ser una víctima más.

     –De acuerdo, eso es importante. Peeeeeeeeeeero hay formas de hacer ese “algo” para asegurar a las personas. – escucho constantemente en las discusiones de la capital.

     ¿Cuáles son esas formas? Ahí empieza el problema. Los ciudadanos están cansados; cansados del tránsito, del ajetreo, del ruido. Quieren que los dejen tranquilos y sólo basta que una marcha se atraviese en su camino al trabajo para hacerlos explotar de rabia. Ira contra los manifestantes, que también están cansados y enojados. Y si se escucha la palabra “feminismo”, no importa cuánto exclamen las manifestantes, nadie va a escuchar. ¿Cómo hablar de género sin dejar de escuchar? De alguna forma se han de expresar, y negar que lo hagan sería aún más catastrófico para un país que ya de por sí viola los derechos básicos de su población.

Continuar leyendo