Feliz día de(l amor y) la amistad

Nunca había sido una mujer que tuviera muchas amigas. Toda mi vida me había rodeado de hombres, me sentía a gusto con ellos. Pensaba que eran más honestos, sus juegos más divertidos y su convivencia más real. Los grupos grandes de mujeres siempre me habían generado cierta repulsión: muy ruidosas, muy banales, muy superficiales, muy vacías. Siempre había preferido la compañía de hombres y su masculinidad, me daba confianza expresarme y ser quien soy rodeada de ellos. Nunca sabía de qué hablar con ellas o cómo acercarme porque yo no sé nada de maquillaje o moda o perdón, pero ¿de qué hablan las mujeres?
     Todavía tengo la costumbre de rodearme de hombres, siguen siendo una parte importante de mi vida. Pero algo maravilloso que he aprendido con los años y cof el feminismo cof, es a dejar de competir con otras mujeres. No me había dado cuenta, pero todo el tiempo lo hacía. Todavía no descubro cómo se nos inculca que la otra es la enemiga, pero pareciera que siempre tienes que demostrar que tú eres mejor: más guapa, más simpática, más capaz de servirle al patriarcado. Por supuesto, me sentía atacada y amenazada constantemente. Nunca cupe en los estereotipos: me atraían los hombres, pero me gustaban más los libros, la danza, andar despeinada, cómoda, mal hablar y jamás invertirle un peso o un minuto a mi imagen. Jamás intenté o logré ser una damisela en apuros. Toda mi vida me he esforzado por ser independiente y autosuficiente.

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(De)construir el sexo

“Ninguna mujer tiene un orgasmo abrillantando el suelo de la cocina”. La frase es de Betty Friedan, quien a mediados de siglo pasado la escribió para denunciar que la construcción de identidad femenina era narrada únicamente como amas de casa, esposas y madres. La frase por sí sola, sacada del contexto del texto, suena a una invitación a dos cosas: salir de los lugares tradicionales para las mujeres y, mejor aún, liberarse sexualmente. Es justo ésta última de la que me gustaría platicar hoy.
     Hace poco leí una investigación realizada en Estados Unidos1 cuyos resultados demostraron la existencia de una brecha sexual. La encuesta evidencía la diferencia en la cantidad de orgasmos por encuentro sexual. Los porcentajes para la población en EUA son: 95% para hombres heterosexuales, 89% para hombres homosexuales, 88% hombres bisexuales, seguido por el 86% de las mujeres lesbianas, 66% de mujeres bisexuales y un temible 65% para las mujeres heterosexuales.
     Supongamos que la distribución es parecida en la población mexicana, aunque podría apostar a que la brecha es aún más grande. Es claro que hay un problema en la forma en la que estamos concibiendo el sexo. Evidentemente, los hombres, sin importar su preferencia sexual, tienen más orgasmos que las mujeres. ¿Por qué? Se me ocurren varias respuestas. Primero, y la más teórica, es la clara cultura falocéntrica en la que vivimos. Todo se trata del hombre, su pene, su eyaculación, su orgasmo, su placer y tan tan. Fin de la historia relación sexual.

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(CON)SENTIMIENTO

Hablemos de un tema delicado, un tema que tiende a ponernos incómodos: los sentimientos. ¿Por qué les tenemos tanto miedo? Desde los griegos, la humanidad ha estado prevenida de su gran peligro. Platón, por ejemplo, expulsa a los poetas de La República por retratar actitudes indecorosas que no serían adecuadas en la vida diaria. Actitudes desdeñables como llorar o gritar, como acostumbran hacer las mujeres.[1] El público de los poetas se vería contagiado de estas posturas viles, sería seducido por el mundo sensible –que es tan corruptible y cambiante– que no puede ser real, y finalmente sería incapaz de llegar al mundo de las ideas. Es decir, si tenemos sentimientos; no razonamos.

     En la cúspide de los seres sensibles están las mujeres y los muchos mitos, artículos científicos y leyendas urbanas sobre su alta sensibilidad. Qué tanto sean verdad o no, no me corresponde a mí decidirlo: la verdad no me importa. Para mí el problema recae en satanizar los sentimientos y hacerlos exclusivamente de las mujeres. Eliminamos completamente la posibilidad de que la contraparte masculina pueda tenerlos y los señalamos si hacen alusión a ellos. Pensemos un poco en la forma en la que nos expresamos y los terrores escondidos entre las bromas.

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¿Vuelta a la normalidad?

Hola, queridos lectores. Quisiera comenzar esta entrada diciendo que las feministas tenemos una suerte terrible. El trágico acontecimiento del asesinato de Mara (y todos los feminicidios diarios no mediáticos) se estaba posicionando en la agenda pública, la cobertura en medios nacionales se estaba expandiendo, se le estaba dando la seriedad que merece y, por fin, las muertes se estaban capitalizando en una exigencia más o menos uniforme: tantos asesinatos son un problema y el gobierno debe hacer algo al respecto; pronto. Y después…el terremoto.

     No me malentiendan, es una situación terrible, impensable y para la cual, aparentemente, no estábamos preparadas. La noticia tuvo la atención que merecía y la sociedad en general se movilizó para ayudar a las afectadas. Lo que quiero resaltar es que el tema de Mara pasó a segundo o tercer o último plano. ¡El movimiento estaba reclutando aliadas impensables (en lo personal, jamás había visto a tantas mujeres de tan variadas edades involucradas, enojadas, marchando y exigiendo) y pasó una catástrofe que desplazó todos los temas de la agenda! Noto un patrón de desplazamiento de las noticias relacionadas con la violencia de género.

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Acosadores como tú o como él

Voy caminando por la calle, cuando, como todos los días, un hombre me silba, o me grita “¡Mamacita!”, o con voz baja, pero perfectamente audible, comenta: “¡Ay! Esas nalgas…”

     “¡Oye! A las mujeres no les gusta que les diga cosas en la calle. No lo hagas.” ― Contesto cuando se da alguna situación parecida, pero yo no soy todas las mujeres de la ciudad. El acosador entonces reacciona de manera general, con una de las siguientes:

― Si ni te dije nada…
― Pero si sí estás guapa, ¿qué tiene?
― Ahh… sí. Una disculpa, ya. Ignora mi respuesta y se aleja.

     Escenas como la anterior nos ocurren continua y cotidianamente en los distintos espacios públicos que ocupamos. En particular quiero referirme a dos: la vía pública y el transporte colectivo en la Ciudad de México, que es el espacio donde me muevo regularmente.

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