Amanece todo el tiempo

Andrea Vizcaíno.
Estudiante de Política y Administración Pública en El Colegio de México. Amo la filosofía y literatura, pero sobre todo la poesía.

Ni un puente

Ni un puente, ni un broche, ni pegamento, ni siquiera saliva. Ni una cuarteadura de tierra definitiva, ni un desgarro, ni un desgaje, ni siquiera una uña rota. Nada puede unir ciertas distancias ni romper ciertas cercanías. En nuestros días, las lejanías de antaño adquieren un carácter moldeable, una tesitura de plastilina. Los kilómetros y el tiempo se acortan y se alargan con dinero. Las cartas enmudecen, amarillentas frente al blanco luminoso de las computadoras y el tecleo escandaloso de las máquinas de escribir es remplazado por el tintineo adusto de los teclados.

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Ser o no ser

« Tes yeux sont la citerne où boivent mes ennuis »

Charles Baudelaire

En uno de sus libros, Marguerite Yourcenar dejó caer, con aparente descuido, una frase luminosa, que resuena en mi mente desde entonces. No la recuerdo letra por letra, además de que tuve la oportunidad de leerla en su idioma natal, pero la frase decía, sobre uno de sus personajes más grises, que para suponerse libre debía de cometer tantos crímenes imaginarios como un asesino famoso. El personaje, en cuestión, era un francés de clase media, mediocre, desencantado pero incapaz de dar un paso fuera de su existencia, y sin embargo, me pareció mucho más interesante que Indiana Jones o cualquier personaje digno de hazañas impensables para este encargado de una perfumería. Pero, ¿qué rasgo de la naturaleza humana descubrimos en este personaje? Algo que lo trascendía, una cosa pequeña, en realidad. Diminuta como la flama de un fósforo que muere al instante pero es capaz de encender una línea letal de pólvora. Sin duda, lo más interesante es la flamita tonta, casi patética, indiscutiblemente inútil, que detona en él las fantasías de fuga drástica, brutal, aunque la explosión lo deje aún más desarmado frente a lo inexorable de su realidad. En esto, el personaje soso se erige como estandarte de algo tan humano, que me hace pensar en las palabras de Ian McEwan: “Una novela, por supuesto, no es solo un libro, un objeto físico de páginas y cubiertas, sino un espacio mental particular, un lugar de exploración, de investigación de la naturaleza humana.” Marguerite Yourcenar es una excelente novelista, en este sentido, y me gustaría ahondar aún más en esta reflexión –si es posible ir más allá de lo que su frase ya llegó-.

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Leyendo que existo

Somos lo que sentimos aunque hagamos lo que pensamos, pues aun estando sobre la proa, conscientes de nuestros pasos, planeando los siguientes, en una danza organizada y en sincronía, he ahí que los sentimientos manejan la marea bajo el barco, elevándolo en hondas clementes o desastrosas, indolentes o desgarradoras, que nos hacen tropezar o nos permiten continuar, según el control que tengamos de nuestros músculos o que tan acostumbrados estemos del tumbo marítimo. Entonces, un día cualquiera en esa travesía en barco, leo, y encuentro aquí y allá, muestras de los mismos movimientos marítimos que me sacuden. No sé si sea tranquilizante o desalentador, pero, en medio de la soledad profunda que es vivir en uno mismo, incapaz de salir, de inmiscuirse en los ojos ajenos para comprobar si lo que se ve es el mismo paisaje; leer es un puente, un pasadizo secreto. La falsedad, que se le atribuye a la lectura, es, pero en intermitencia, conforme el que escribe salpica pedazos suyos en un bostezo o cuando olvida, por un instante, ponerse los guantes de látex para cuidarse de ser descubierto. A veces, ni siquiera son del autor, sino de las personas que lo rodean y de vez en cuando le regalan alguno de sus signos de vida. Y me descubro en ellos algunas veces y dejo de sentirme incierta. Si aquel libro escrito hace cien o diez o pocos días atrás plasma el sentimiento que me define en el momento en que lo leo, creo haber existido, tengo la certeza de estar existiendo y considero la posibilidad de existir dentro de los pocos o diez o cien años que siguen. Conforme leo me doy cuenta de que existo, existí y existiré.

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Demasiado humana para ser femenino o demasiado femenino para ser humano

Lo que sucede a las mujeres es demasiado particular para ser universal o demasiado universal para ser particular.

Catharine Mackinnon

Guadalupe Luna consiguió las pastillas en algún lugar, no importa dónde. Las compró, quizá con cierta culpabilidad, quizá desesperada, quizá aliviada, qué importa. Quizá pasó horas mirándolas antes de tragarlas, quizá lo hizo con rapidez, como quién se avienta al agua fría de golpe y sin pensar. No se sabe en qué circunstancias fue concebido el objeto de su preocupación. A nadie le importa. Las cosas suceden, atadas irremediablemente a un momento y lugar determinados. Lo que parece estar, por momentos, inmerso en una dimensión por completo personal se enreda con circunstancias externas que en otros lugares del tiempo parecían lejanas. Así, las ideas de Giordano Bruno, que ahora forman parte de la visión cosmológica de todo mundo, se fueron a estrellar con una época de miedo, y su vida, antes encapsulada en su universo personal, terminó entre llamas, como ilustración descriptiva de los tiempos que corrían.

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