Céline, vergüenza a voces

La escena es simple, un diálogo. El escenario no es más que eso, da lo mismo. Ferdinand Bardamu, ciudadano francés a su pesar y estudiante de medicina por algo que parece vocación, tuerce un rictus de sorna asqueada cuando su colega Arthur Ganate se refiere a la raza francesa como la más noble de este mundo. Bardamu estalla: “La raza, eso que tú llamas raza, es ese hatajo de pobres diablos como yo, legañosos, piojosos, ateridos, que vinieron a parar aquí perseguidos por el hambre, la peste, los tumores y el frío, que llegaron vencidos de los cuatro confines del mundo. (…) Eso es Francia y los franceses también”. Mitad herido, mitad estupefacto, Ganate le pide no hablar así, “pues nuestros padres eran igual a nosotros.” ¡Bingo!, parece decir Bardamu en un gesto: “En eso tienes razón. Rencorosos y dóciles, violados, robados, destripados, y estúpidos siempre. Iguales, si, iguales a nosotros.”

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Siempre quedará Berlín

Nací en 1988. Cuando aún no llegaban a ser dos las velas en mi pastel de cumpleaños, una turba eufórica de ciudadanos berlineses salió a las calles para derribar piedra a piedra el muro que por casi medio siglo les había partido todo, además de la ciudad. De modo que mi generación, ahora me doy cuenta, acaso haya sido la primera del siglo en acercarse a la URSS, a la polarización global y a los dramáticos golpes de la Guerra Fría a través de los libros de historia y no de los noticieros. Para nosotros y para los que han llegado a partir de entonces, la única cortina de hierro conocida ha sido la de los innumerables y efímeros comercios que se multiplican en la periferia de las ciudades. Lo demás, visto desde aquí, han sido historias ajenas a la memoria personal, historias de lo que fue.

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Habitar la propia lengua

Andrés Neuman nació, cuando menos, dos veces. La primera, más dada a cosas de esas de registros civiles, actas y cumpleaños, ocurrió en Buenos Aires, Argentina, en 1977, aunque por poco y el episodio cambia de escenario siendo sus padres exiliados, ella italo-española, él alemán judío, músicos ambos. Interesante sería conocer las razones que los habrán llevado a escoger como destino de exilio a un país sumido en una férrea dictadura, cuando el sentido común de la historia marca que es de eso, precisamente, de lo que se suele huir. Pero vino a ser así que el pequeño Andrés, digamos que Andresito por esos días, nació por primera vez en el centro de la pampa americana.

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Nuevos planos para Babel

Al pibe Sábato

Se hunde el aire del vientre nada más mirar hacia arriba. En su colosal osadía de piedra y barro, la Torre de Babel responde con irrebatible dignidad a las mayúsculas de su nombre. Se alza, humana al fin, con la ambición de conectar la tierra con el cielo, alcanzar las nubes, hurgar en los misterios de allá arriba, si algo hubiera por allá, claro.

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Un sauce de cristal con nombre de aire

No parece poeta. Ni quiere. Alina Hernández camina sobre las piedras húmedas del proceso creativo con el bamboleante jugueteo de una niña, nunca con el andar palaciego del que escribe en verso. Y es que tenemos de genio lo que conservamos de niños, decía Baudelaire con la dejadez del que sabe bien de qué está hablando. Alina, además, lo hace con el nombre de aquel disco de Arvo Pärt que se lanzara a encontrar en pentagramas algún modo de comprender lo espiritual.

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