#YoSoy132 y la Ley Televisa

Resulta difícil –por no decir imposible– entender el sistema político mexicano sin detenerse a revisar el rol que juegan y han jugado los medios de comunicación, específicamente la televisión. La estrecha relación entre el Estado mexicano y la televisión ha sido una constante en la vida pública nacional durante varias décadas, pero ha variado drásticamente en sus formas y objetivos: sirvió como mecanismo de legitimación del régimen posrevolucionario, fungió como catalizador democrático, y se erguió como poder fáctico que ejerce presión en la legislación, la administración pública y en las campañas electorales, según explica Esteban Salmon en un gran artículo aún en prensa. El movimiento estudiantil Yo soy 132 ha tenido el acierto de poner en la mesa un tema que a muchos incomoda y que había sido largamente ignorado (incluso por los propios estudiantes): Televisa no es un actor neutral, apolítico, sino que tiene intereses (monopólicos), busca incidir de manera ilegítima en las decisiones públicas, y para esto ha establecido un estrecho vínculo con el PRI para impulsar la candidatura de Enrique Peña Nieto, lo cual ha sido documentado por The Guardian.

La promesa de abrir todos los canales de televisión técnicamente posibles –necesario para democratizar los medios de comunicación masiva, exigencia básica del movimiento– ha estado en el centro de la propuesta de Andrés Manuel López Obrador desde al menos 2008 y recientemente ha sido adoptada por Josefina Vázquez Mota. La respuesta de Peña Nieto al movimiento ha sido inteligente y democrática: dice respetar las expresiones públicas en su contra, afirma no querer gobernar en la unanimidad, se ha pronunciado en favor de la apertura y competencia en telecomunicaciones. Sin embargo, resulta revelador analizar las posturas de los 3 candidatos a la luz de lo que pasó hace 6 años en plena campaña electoral: la aprobación legislativa de la Ley Televisa y su rápida publicación por parte de Vicente Fox, lo cual constituye un ejemplo clarísimo del grupo de presión en que la televisora se ha convertido.   

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El nuevo Peña Nieto: corregido y aumentado

A Don Luchis, con quien siempre se platica intenso, pero sabroso

Me gusta la nueva faceta de Enrique Peña Nieto. No, lector, no pienso votar por él y tengo buenas razones para no hacerlo. No obstante, hay que reconocer que aquel político que no podía citar siquiera tres libros y que necesitaba telepromter para protestar como candidato quedó en el pasado. Tras esos risibles episodios, la campaña del PRI se basó en pasear a su candidato para esconderlo, como bien explica Jesús Silva Herzog Márquez en un excelente artículo publicado recientemente en Reforma.  Después de posar gran producción en increíbles localidades y con un discurso claro y un tanto sugestivo –“cambio responsable”: redefinición de la estrategia de seguridad, reducción de la violencia, restablecer el orden para poder vivir en libertad,  seguridad social universal, etcétera–, decidió aventársele al ruedo de la raspa electoral. Parece que las críticas calaron hondo (y es que, en efecto, protegerlo ponía en duda su propia capacidad y el que calla, otorga); se pensó que apenas estuviera descuidado, sería fácil para sus oponentes fulminarlo… y la sorpresa es que, al contrario, le ha ido razonablemente bien.

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Lucha de gigantes

En esta esquina: Carlos Slim, el hombre más rico de México, dueño de Grupo Carso. En esta otra: Emilio Azcárraga Jean y Ricardo Salinas Pliego, dueños de Televisa y Tv Azteca y de sus respectivas filiales. La lucha  puede resumirse con palabras de Gerardo Esquivel: el monopolio (en la telefonía) contra el duopolio (en la televisión). Ambas partes quieren entrar en el mercado dominado por la otra; ninguna quiere enfrentar competencia en su reino. El conflicto ha seguido un camino sinuoso: licitaciones, declaraciones públicas contra éstas, concesiones, cabildeo, retiro de publicidad, acusaciones de prácticas monopólicas (ah, y que Slim es un peligro para México), etcétera, etcétera.  Que si Slim está planeando un nuevo canal de televisión. Que si Salinas Pliego condicionó la venta de spots a Carso a que se redujera el costo de los servicios de interconexión que ofrece Telmex a Iusacell-Unefón, propiedad de Salinas. Que si a Telmex no se le permite ofrecer el triple play (cable, teléfono e internet), mientras que a Televisa sí se le ha permitido entrar al  mundo de la telefonía (la famosa y polémica “licitación 21”). El mercado de las telecomunicaciones es complicado, lleno de matices y detalles. No obstante, la disputa va más allá de los negocios. Las autoridades mexicanas –réferis en el ring de combate– no son totalmente autónomas, sino que también son juez y parte, cómplices o acaso sumisas. El tema debe ser objeto de debate público, pues es reflejo del sistema político y económico mexicano.

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Guerra absurda

Llámese “guerra” o “lucha” contra el “crimen organizado” o el “narcotráfico”; da igual. Es, sin duda alguna, la peor política pública implantada por el gobierno de Felipe Calderón. El fracaso es tal que otros elementos muy negativos de su gestión –su cuestionada y cuestionable legitimidad, la pésima reacción del gobierno ante la crisis financiera mundial, la impugnación fallida de la ley que permite matrimonio entre parejas homosexuales en el DF o la erosión en materia de transparencia y rendición de cuentas– parecen nimiedades en comparación. Hay tantas denuncias por hacer, tantas falacias que señalar, tantos absurdos que evidenciar, que no sé por dónde empezar. El tema da para mucho, pero en este artículo me ocuparé únicamente en demostrar por qué, desde mi punto de vista, la estrategia es absurda planteada de esta manera.

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Edomex, va la alianza

En julio se elige al próximo gobernador del Estado de México. El cálculo es claro y, creo, acertado: quitar al PRI uno de sus bastiones más importantes (es la entidad más poblada, concentra porcentaje importante del PIB y del presupuesto federal, y no ha tenido alternancia) reducirá en gran medida la fuerza de Enrique Peña Nieto con miras a las elecciones presidenciales de 2012. Una vez fijado el objetivo para la oposición, el debate es si el PRD y el PAN deben ir en coalición o no.  El PRD, partido con más conflicto que unión, se divide (one more time). Por un lado, los chuchos -moderados, más proclives a cooperar con el gobierno federal y quienes están en la dirigencia del partido- apoyan ir en coalición con la derecha: “sin alianza no podemos ganar”, dicen. Por el otro, los pejistas –con  estructura de movimiento social, pero con varios diputados y políticos influyentes de su lado- se niegan: no necesitamos aliarnos al partido de “la mafia que nos robó la presidencia” para ganar en el Edomex. Veamos: ¿qué tan ciertas (razonables digamos) son estas afirmaciones?

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