Grosería en movimiento

Era ya tarde cuando me vi presa del tránsito de la ciudad. La cena, que yacía sobre mis piernas, perdía paulatinamente su calor y, con tedio, revisé mi reloj por cuarta vez. 8:20 pm. Hacía ya más de 10 minutos que el camión se había parado en la desviación de Periférico hacia Insurgentes. Preso de los achaques propios de habitar una gran urbe, me perdí en la ventana; la música calmada me distraía del destartalado, por decir un adjetivo políticamente correcto, camión.

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No hay panistas inteligentes

A mis amigos panistas, por explicarme lo que significa ser panista, y a mis amigos no panistas, por obligarme a pensar más antes de hablar

A Mary Vela, porque antes que nada, es demócrata

Las personas que me conoce saben que no soy panista; no tengo razones para serlo… y para ser franco, a menos que se sucinten cambios importantes en la línea política de Acción Nacional, dudo tenerlas en un futuro cercano.  Sin embargo, arriesgándome a ser tachado de hipócrita, esta reflexión tiene como objetivo defender al panismo. La selección de palabras aquí no es fortuita: busco defender la afinidad con la organización, la simpatía por las ideas, al panismo que rebasa – y por ello, no puede igualarse – al Partido Acción Nacional (PAN). Aunque quisiera, no podría hacer lo último. Defender a un partido es una actividad que requiere identificación, compromiso, pero sobre todo, convicción.  No sería justo que intentara defender, pues, algo en lo que no creo. No obstante,  al defender una posición, una forma de ver el mundo, aunque no sea la propia, defiendo algo en lo que sí creo: la construcción de puentes. Este ejercicio pretende contribuir a la comprensión del otro; volver al ajeno, sino propio, al menos conocido, y por ende, establecer puentes que reconcilien visiones diferentes de una realidad interpretada de forma individual para llegar a los consensos necesarios para el autogobierno de toda comunidad. Esta, y no otra, es la verdadera utilidad de la política en su aserción más pura.

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Todos somos prescindibles

El bien público  primordial que todo Estado debe otorgar a sus ciudadanos es la seguridad. Todos los demás servicios – educación, salud o garantías económicas- sólo pueden proveerse efectivamente una vez que el Estado ejerce control absoluto sobre un territorio determinado. Ya que el bienestar general se sustenta sobre la seguridad pública,  sencillamente no podría ser de otra forma. Por consiguiente, en la consecución del bienestar general derivado del orden – el susodicho bien mayor – absolutamente nadie, ni siquiera los mandos máximos, son irremplazables. Una lógica parecida impera en la empresa privada, donde nadie es imprescindible para la compañía. Pero si un razonamiento exacerbado como el anterior funciona para el impersonal mundo de los negocios, falla descomunalmente en el terreno político-social.

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Homenaje a la mujer presentable

Para mi compañero y amigo Alejandro Morales,
que pese a todo, cree sinceramente en lo que dice

La belleza tiene cara de mujer. Liberal en el sentido clásico de la palabra, que en enseñanza de Gil Villegas remite a dadivosidad – y voluptuosidad-, la belleza transformada en mujer no sólo agrada al ojo, sino que lo doma. No tiene mérito más allá de su superficialidad, pero aparece legítima a los ojos de la sociedad; no trasciende el momento, pero se valora, se respeta. Contrario a la belleza, la política no tiene una cara, sino dos: el fondo y la forma. Mientras la primera son ideas, la segunda es carisma, es la persuasión presente en todo discurso político. El desastre sobreviene cuando la presentación, lo bello, sobresale a costa del contenido, quebrándose el delicado balance que separa la política democrática de un burlesco concurso de popularidad. El objetivo de esta pequeña reflexión es rendir homenaje a uno de los elementos que más saltan a la mente cuando pienso en el fortalecimiento de la forma – de la belleza- en detrimento de la calidad del contenido en la política nacional: la mujer presentable. Hablo de la cara bonita, la sonrisa dispuesta, la visión insinuante que adereza al hombre de traje que sueña con dirigir el país. Hablo de la herramienta, no de la persona. El adorno, precioso, pero vacío. No obstante, no crítico en si la mediocridad de contenido de los “presidenciables”, que se refleja en la chocante estrategia de conseguir a una mujer bonita antes de las campañas, sino a la sociedad mexicana, que carente de una verdadera cultura política de participación, es esclava de la imagen y el discurso.

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Lo natural del matrimonio homosexual

Hablar de matrimonio homosexual es hablar sobre tomar posturas. Contrario a lo que sucede en otros ámbitos, no tomar partido en la arena política implica favorecer una posición: la contraria al cambio. En palabras de D. Stone, “la neutralidad política no existe, porque ser neutral implica en realidad apoyar al status quo." La reflexión aquí propuesta no se refiere a tomar postura en cuanto al matrimonio homosexual en sí, sino a la clase de país en el que se desea vivir. Aunque los argumentos en contra de los matrimonios gay son variados y respetables, me llama la atención la lógica excluyente en su base: el matrimonio, por razones jurídicas – o externas a la voluntad mortal- es únicamente entre un hombre y una mujer. El objetivo de esta breve reflexión es revisar el matrimonio desde una perspectiva institucional, desmitificándolo para mostrar cómo las palabras matrimonio y homosexual no son por naturaleza términos mutuamente excluyentes.

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