La "necesidad"

La "necesidad"

Ricardo Jasso Huezo

En los pueblos, hay muchas historias que pasan de boca en boca: verdades, mentiras absolutas y meros chismes, pero, al fin y al cabo, parte de la identidad colectiva de una comunidad. La siguiente historia, apreciable lector, la escuché de un señor, amable y entrado en muchos años, que contaba anécdotas de su padre y del pueblo que lo vio crecer, recuerdos propiedad de un país que no existe más, de una realidad que ya no es; un lugar sobreviviente sólo en la memoria y en la nostalgia de la vejez.

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La habitación

LA HABITACIÓN 

 

N

o sé si usted, apreciable lector, crea en fantasmas, espíritus chocarreros o entes de tíos lejanos que vienen de visita al mundo de los mortales. Sin importar opiniones acerca de estos fenómenos sobrenaturales, esta quincena traigo una historia que hará gritar al más valiente. Si no puede pasar bien la noche, no diga que no se lo advertí, estimado lector. Esta es una historia que escuché de una mujer que contaba sucesos de su niñez.

¡Ah... vacaciones! No hay nada mejor para el alma y el callito que se forma en el dedo anular que el descanso merecido de Semana Santa (no así lo mismo para la economía familiar). En esta ocasión, íbamos al mar, pero no a los destinos turísticos comerciales, sino a un pueblito playero en el estado de Jalisco llamado Melaque, en la costa del Pacífico.

            Salimos del D.F. a las cinco de la mañana en caravana de tres coches: en uno, las hermanas —de las cuales yo era la penúltima—, Mamá y Papá; en otro, mis tíos y la prima Renata y, en el último vehículo, otros dos tíos que no habían tenido hijos. El plan era llegar el primer día a Guadalajara y el segundo directo a Melaque. Temprano, todos estábamos listos para la travesía por las carreteras federales —era una época diferente; todavía no se construían las diversas autopistas modernas que ahora hay para llegar a esa región del país.

           El viaje pintó bien; entre pláticas irrelevantes, paradas en gasolineras y silencios acallados por el disco de mariachi de Papá. Llegamos a Guadalajara a la hora de la comida, pero los tres hermanos (mis tíos y mi papá) decidieron que era todavía buena hora y que si nos apurábamos podíamos llegar ese mismo día a la playa; sin decir una palabra más, subimos otra vez a los coches y emprendimos el camino.

            Los hermanos no se detuvieron a pensar que, camino a Melaque, está Tecolotlán (mejor conocido como Teco), pueblito pintoresco y árido, cuna de la familia. Seguimos el camino, cuando frente a nosotros vimos que se alzaba, colonial y desgastado, el arco que daba la bienvenida a "Tecolotlán, Jalisco". Sin pensarlo más, Papá y los tíos se orillaron; hablaron y, finalmente, regresaron a sus respectivos coches para notificar a sus tripulantes que "semejante viaje merecía una visita a las tías de "Teco", hermanas del Abuelo.

            Una "visita" se convirtió en comida... y luego cena. Los primos y los compadres llegaron y, entre las diversiones de los mayores con mariachi, birria y tequila y las de los pequeños que disfrutaban de los grandes espacios para jugar, escasos en la ciudad, pasaron las horas; dieron las doce, y luego, al voltear a ver el reloj, ya eran las dos de la mañana.

            "¿Ahora, qué hacemos... regresamos a Guadalajara o nos vamos directo a Melaque?", preguntó Papá. "No te preocupes, hombre, aquí hay dos hoteles de calidad mundial: uno en la carretera y otro en el centro (o como decimos en el otro lado: el dauntaun)", dijo el compadre —de no se qué— de mi papá.

            Con la tranquilidad de poder pasar la noche en algún lado, fuimos las tres familias primero a preguntar en el "hotel" de la carretera, pero, extrañamente, estaba lleno por la temporada vacacional y la visita de los migrantes a sus familias después de un año de ausencia y trabajo. Entonces, fuimos al del centro; llegamos a una especie de hacienda, un edificio muy viejo, y nos recibió el encargado en el patio.

            El hombre, con aires y acento de película del oeste de Clint Eastwood (claro, doblada al español), nos dijo que la construcción, de inicios del siglo diecinueve, había servido, durante mucho tiempo, de posada para los viajeros que iban a Guadalajara; los dueños dejaban los caballos en el patio y dormían en las habitaciones de alrededor. Mi hermana, la más quisquillosa, preguntó si había agua caliente y, con la respuesta positiva del empleado, cada familia se fue a una recámara y nosotras cuatro en otra.

            Las habitaciones eran enormes: techos muy altos, un baño inconcluso, una cama de yute tejido y dos equipales (sillones de madera y cuero). Nos pusimos las pijamas y saltamos a la cama, pero había dos problemas: las ventanas estaban abiertas y la luz encendida. Finalmente, mi hermana más dócil  se compadeció y brincó de la cama para cerrar las ventanas y apagar la luz. Ya la luz apagada, nos dimos cuenta que los tablones de madera que servían para cerrar las ventanas no dejaban que se colara ni un rayito de luz del alumbrado público en la habitación. Con silencio sepulcral y oscuridad propia de los abismos de la tierra, cerramos los ojos.

            Empezaba a conciliar el sueño, cuando un codazo de mi hermana mayor me despertó, "¡Qué te pasa, ¿por qué me molestas?!" No hice caso y me dispuse a volver a mi letargo. Cerré de nuevo los ojos, pero, de repente, sentí que alguien me daba una palmada; "mi hermana está loca", pensé. Entonces escuche que, al otro extremo de la cama, la menor amenazaba con acusarnos con Papá y Mamá si la seguíamos fastidiando. Mi otra hermana seguía dormida, a pesar de todo el ajetreo.

            La mayor de mis hermanas nos dijo que nos calláramos y que la dejáramos en paz. Pasó otro rato, cuando todas sentimos y oímos varios golpecitos en la cama, como si alguien nos aventara cosas.  "Bah!... no es nada, miedosas", dije a mis hermanas. Pero, como bien dice Mamá, "del dicho al hecho, hay mucho trecho"; me empezaron a sudar las manos; me puse muy nerviosa... ¡seguíamos sintiendo los golpes!

            No pasó mucho tiempo, cuando el miedo y la impotencia hicieron que mi hermana menor gritara: "¡Por favor, alguien encienda la luz!" Nos pusimos de acuerdo, todas con la cabeza tapada por la cobija, y... cediendo todo y arriesgando mi vida, decidí ir a prender el único foco de la recámara, cuyo apagador quedaba justo al extremo opuesto de donde estaba la cama. "Sólo Dios sabe qué espíritus rondan este lugar azotado por la Revolución y la Cristiada", me dije.

            El primer paso fue descubrirme la cabeza —no podía más—; luego me quite mi parte de cobija; bajé un pie... el otro... Por suerte, nada me jaló de los pies y me decidí a ir a la entrada, donde estaba el apagador. Un paso... seguido de otro... los segundos se hacían horas, mientras imaginaba todo tipo de aberraciones y demonios rodeándome. Prendí la luz...

            ¡Ahhhhhh! El grito de mis hermanas fue ensordecedor. Volteé hacia ellas... la imagen era aterradora; no pude contener un grito ahogado. Cuando Dante bajó al infierno acompañado de Virgilio, no pudo ver jamás cosa semejante; Hércules, en su paso por el hades, no enfrentó algo así. La visión era propia del Apocalipsis... tanto miedo e impotencia... escenas sacadas de profecías del fin de los tiempos.

            En el techo de madera y palma, construido durante la Revolución, se podía distinguir, sin el menor esfuerzo una mancha sin forma que se volvía cada vez más grande, como si el infierno regurgitara... Arriba de nosotros, entre las palmas, había un nido de cucarachas gigantes (típicas de las zonas costeras) que no se cansaba de expulsar a sus habitantes. Los golpes que sentíamos y escuchábamos eran insectos que caían desde cuatro metros de altura y chocaban con la cobija. Mis hermanas, sin saber qué hacer, brincaron de la cama a toda prisa, con miedo y asco notables y me abrazaron.

            Hay noches que no se olvidan, esa es una que jamás, aunque pasen los años, se borrará de la memoria. No pudimos dormir y, en lo que amanecía, nos dedicamos a repeler las cucarachas enormes que, por gordas, caían del techo tensando la cobija, para que los insectos rebotaran al otro lado de la habitación. En la mañana, ya todos reunidos, contamos nuestra historia a los otros miembros de la expedición. Los tíos estaban muertos de la risa, pero Papá y Mamá no reían. "¿Qué pasó? ¿Qué tienen?", pregunté. "Es que... a nosotros en verdad nos espantaron ayer en la noche", contestó Mamá. Pero... querido lector, por esta ocasión tengo que decirle que esa es otra historia.

            

Inolvidable

INOLVIDABLE


Ricardo Jasso Huezo

Ella y sus hermanas se levantaron un poco más tarde de lo habitual, como era su costumbre los sábados, ya que, durante toda la semana de escuela, el despertador sonó demasiado temprano. La casa estaba llena del olor a desayuno. Mamá se había levantado temprano, para dar de desayunar a siete hijos, su esposo y su padre, el abuelo.

Las niñas bajaron la escalera y, en el pasillo, se encontraron al viejo abuelo. Él, hombre veterano y zapatero de profesión, no tenía mayor preocupación que aquella del presente, ya que después de años de trabajar para traer el pan a la mesa, en la cual sólo hubo dos personas (padre e hija), gozaba de su retiro. Su yerno, quien le tenía gran cariño, lo había traído a vivir con ellos, sobre todo porque el anciano poco a poco perdía la memoria.

Llegaron todos a la barra de la cocina y, como de costumbre, recibieron de mamá un beso muy cariñoso en la frente que incluso era capaz de quitar el mal humor, consecuencia de querer dormir un poco más. Desayunaron delicioso, como se esperaba, en lo que hacían el recuento de la semana. Todos estaban muy contentos. Había todo un día por delante.

Después de acabar con el hambre matutina, los miembros de la familia se dispersaron y comenzaron a disfrutar del mejor día de la semana. Los primos vendrían esa tarde, por lo cual había que ir planeando quiénes serían policías y quiénes ladrones, quién usaría la tan preciada bicicleta verde (famosa por ser la más veloz) y quién ayudaría a mamá a lavar los trastes, a lo cual nadie por voluntad se presentaba.

Mamá, ya al medio día, fue al mercado, dejando dicho, como siempre, a todos: "no dejen salir a su abuelo solo, recuerden que a veces se le olvidan las cosas". Tomando esto en cuenta, los miembros de la familia siguieron sus actividades, según lo planeado la noche anterior antes de dormir --siempre se organizan mejor los tiempos con la cabeza en la almohada. Los hermanos mayores salieron juntos, para pasar el tiempo con sus respectivas novias, dejando solas a las hermanas, quienes todavía eran inocentes y felices, y al pequeño de la familia. Papá ya se había ido a trabajar.

Las niñas, como cualquier persona de su edad, aprovechando que tenían la casa para ellas solas, comenzaron el despliegue: muñecas, peluches, platitos y toda clase de juguetes. Al poco tiempo, invadían todos los rincones de la sala. Después de jugar por un rato, frente al lugar donde estaban las hermanas, pasó el abuelo, quien, a pesar de no trabajar más, gustaba de seguir haciendo zapatos solamente para los clientes de siempre. El viejo solamente dijo: "hijitas, ahorita vengo; voy a comprar piel, tacones y clavos, para el nuevo par que estoy haciendo"; besó en la frente a cada una de las pequeñas; caminó por el pasillo de la cochera; movió ruidosamente el cerrojo de la puerta y salió.

El juego siguió, no se podía hacer esperar a los comensales, entre ellos un conejo de peluche morado (se sabe que son muy exigentes, en ocasiones, gruñones). Los minutos pasaron, convirtiéndose en horas. Mamá llegó cargada con las bolsas del mercado y, con fuerza, las dejó caer en la barra de la cocina. Saludó a las niñas y sonrió al ver el estado catastrófico en el que se encontraba la sala. La pregunta fue veloz: "hijitas, ¿dónde está su abuelito?", a lo que todas, al unísono, respondieron: "fue a comprar piel, tacones y clavos para sus zapatos". El semblante de Mamá cambió. Corrió a la calle... ¡no lo encontró!

Los primos no llegaron esa tarde. Buscaron al viejo, entre lágrimas y sollozos, durante semanas, meses, años, por todos lados: en asilos, en manicomios, con los vecinos, bajo los puentes, entre los indigentes, hasta en el último rincón, inclusive en la morgue. Mamá rezaba, y sigue rezando, todos los días por su padre; ruega a Dios para que por lo menos ese día tenga algo para comer o, si ya no está en este mundo, lo tenga en su compañía. No hay lugar para llorar al abuelo, solamente quedan sus zapatos inconclusos, una foto suya y el recuerdo inolvidable de que nunca regresó.

Esta historia es real.

Historias y cuentos

Por todos lados, las personas hablan y se cuentan “cosas”. Precisamente estas “cosas” son las que interesan al autor, porque, al ser éste un blog de historias y cuentos, se basa y nace de aquellas “cosas” que por casualidad uno escucha al pasar.

Por adelantado, el autor agradece a todas las personas que le dejaron saber un poco de sus vidas o que simplemente tuvieron la amabilidad de hablar tan fuerte como para que escuchara sus “historias y cuentos”.