La invención del sushi y el lenguaje de la gentrificación

 

“World exhibitions are places of pilgrimage to the commodity fetish.”
Walter Benjamin

 

En el número 77 de la calle de Havre, epicentro de la renovación y revalorización de la colonia Juárez, se ubica una antigua casona porfiriana. Antes decaída, tras las décadas de suburbanización de la Ciudad de México y la estigmatización de sus barrios céntricos, ahora alberga un restaurante de sushi destinado a una clientela acaudalada, de gustos refinados y alto capital cultural. Este nuevo espacio de consumo elitista fue construido y publicitado gracias a las inversiones de ReUrbano y el grupo Rokai Kobayashi, actores fundamentales en el aburguesamiento de la colonia. El primero, principal inmobiliaria dedicada a la compra, renovación y arrendamiento de edificios deteriorados en la zona; el segundo, empresa dedicada a la administración de comercios de lujo que evocan una estética “auténticamente” japonesa. Si en la barra de sushi de Kyo Sushi-Ya, estrictamente limitada para 13 comensales por noche, se pueden degustar los platillos más refinados de la gastronomía nipona, en su proceso de construcción y promoción se observan las finas hebras que tejen la gentrificación en la Ciudad de México. Estudiar los poderes públicos y privados que permiten el surgimiento de este tipo de negocios exclusivos y la consecuente desaparición de pequeños comercios locales es empresa complicada que supera mis ambiciones para estas páginas. En su lugar, pretendo mostrar la manera como los capitales detrás de Kyo Suhi-Ya movilizan un falso discurso de autenticidad, con el objetivo de legitimar su empresa y sus precios, cuya consecuencia es el desplazamiento de maneras de habitar la ciudad menos lucrativas.

      El discurso de Kyo Sushi-Ya y las críticas destinadas a promocionar este restaurante en los medios foodies se basan sobre una alabanza de la autenticidad de los alimentos y bebidas, los métodos de preparación, la estética decorativa e, incluso, la procedencia de los chefs. En un solo párrafo la crítica de Chilango, medio clave para la celebración de la gentrificación, es muy clara al respecto: “Consta de una barra de madera con trece asientos, donde puedes ver a sus tres chefs japoneses en acción; sus diestros movimientos al filetear pescado y moldear los nigiri o los rollos de estilo tradicional japonés –nada de queso crema ni chiles toreados– te mantendrán hipnotizado.” Los mejores argumentos para convencer al lector promedio de Chilango, proveniente de clase media y con fuertes tendencias aspiracionistas, de asistir a Kyo Sushi-Ya es que en este espacio, de acceso restringido solo aquellos con el capital cultural y económico suficiente para apreciarlo, no se consume, sino que se experiencia. Toda la promoción del restaurante se basa sobre este vago lenguaje de la autenticidad, construido sobre una búsqueda perpetúa de lugares “reales”, experiencias “reales” y productos “reales”. Entonces, Kyo Sushi-Ya merece una visita porque coincide con las expectativas estereotípicas sobre la cultura y tradición japonesas.

      Las ácidas críticas contra las interpretaciones mexicanas del producto cultural japonés son comunes en las reseñas sobre este restaurante: “tradicional, sin variaciones godinezcas”; “es como estar en Japón”. Su objetivo velado es la creación de una barrera de diferenciación y exclusión sustentada sobre el sentido social del gusto que legitima desigualdades económicas. Por un lado, se celebra a quienes son capaces de apreciar lo auténtico, característica frecuentemente asociada con una posición privilegiada en las dinámicas de acumulación capitalista, por el otro lado, se deslegitima a aquellos acostumbrados al sushi nacional, carentes de cultura cosmopolita y gusto sibarita.

      El lenguaje de la autenticidad es parte esencial de la teodicea del privilegio, una narrativa que legitime sus privilegios mediante la alabanza de sus cualidades en comparación con otros desfavorecidos, pero también incapaces. Así, la retórica del convierte la ausencia de capital económico en motivo de vergüenza, al tiempo que celebra al bon vivant, miembro de los más altos deciles en la distribución del ingreso, por ocupa las posiciones más altas en el desarrollo de la sensibilidad humana, la capacidad de experimentar y apreciar lo ajeno.

      Sin embargo, el lenguaje de la autenticidad, y aquellos para quienes justifica sus decisiones de consumo, no implica la apreciación de la cultura ajena, sino la apropiación mercantil de sus manifestaciones más superficiales. Contrario a lo que pretende la publicidad de Kyo Sushi-ya, el sushi, como lo entendemos ahora, no es un elemento culinario auténtico de la milenaria tradición gastronómica japonesa, ni la mayor metáfora de la sensible elegancia japonesa, sino un alimento producto de la modernidad, la globalización y el cambio tecnológico. Si bien la técnica del sushi se remonta a una era cuando el pescado era empaquetado en arroz fermentado, que se tiraba al comerlo, para conservarlo por más tiempo, el nigiri y maki que venden en Kyo Suhi-ya es tan antiguo como los medios tecnológicos necesarios para transportar pescado alrededor del mundo sin que expire. La historia moderna del sushi está íntimamente relacionada con la valorización del atún, antes despreciado en Japón por su sabor y consistencia grasienta. La clasificación del atún como comida para gatos cambió durante la ocupación norteamericana al fin de la segunda guerra mundial, cuando el gusto japonés importó sentidos estéticos de EUA que valoraban los cortes de carne pesados y con más grasa. La creciente popularidad del atún convirtió al sushi en un mercado insostenible por la sobre explotación de las costas japonesas. El sushi sobrevivió y se expandió gracias al desarrollo tecnológico: Japan Airlines necesitaba generar importaciones que balancearan su actividad exportadora por lo que se asoció con pescadores canadienses para traer a Japón el atún que en América no valoraban.1

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Papá, mamá: el diseño original que no llegó a Japón

Ihara Saikaku, el más famoso escritor de literatura erótica durante la era Tokugawa (1642-1693), alguna vez bromeó que si en la mitología de Japón dentro de las tres primeras generaciones de dioses que crearon al mundo no había ninguna mujer, a las deidades del sintoísmo, la religión indígena del país asiático, mucho les debía de gustar incurrir en la penetración homosexual. No sólo eso, de alguna manera los dioses masculinos del Nihon Shoki, el segundo libro más antiguo de la historia de Japón terminado alrededor del año 720, habían encontrado una manera de reproducirse sin necesitar de una mujer. Qué gran diferencia con la mitología de la tradición cristiana, aquella que hoy varios gritan y pregonan en las calles como diseño original. Aquel dios interpretado desde la homofobia que diseñó a quienes ahora le citan para criticar con odio el matrimonio igualitario se le olvidó aparecerse algunos husos horarios más allá.

     En el “Genji Monogatari”, la más antigua novela de la humanidad escrita en el siglo XI durante la época Heian, el protagonista, “el príncipe resplandeciente” tan apuesto que hacía llorar de amor a hombres y mujeres con tan solo su aroma, mantenía constantes relaciones sexuales con personas de su mismo sexo. En una escena cuando una dama rechaza al héroe de la novela, este decide probar sus suertes con el hermano menor de la antigua cortejada, “lo toma entre sus brazos y lo encuentra aún más atractivo que su fría hermana”. El despecho se convirtió en satisfacción, la barrera entre el heterosexual y el homosexual tan delgada como el papel de arroz que recubre las puertas de la tradicional arquitectura japonesa.

     En la tradición budista, el nanshoku era práctica común que implicaba una relación sexual y afectiva estructurada por la diferencia de edad entre los monjes experimentados y los acólitos jóvenes. Sí, no sólo la homosexualidad era aceptada, también la pederastia y, contrario a las preocupaciones modernas (que comparto pues mi formación cultural en ese ámbito es irrenunciable), era representada como una relación productiva, llena de aprendizajes y satisfacción para ambas partes. A la relación se le trataba de manera seria, no era como apuntan los críticos de hoy una excusa para la decadencia, el exceso y la promiscuidad. Al contrario, ambas partes eran instadas a comportarse de manera honorable y establecer juramentos de fidelidad. Los jesuitas que visitaron Japón durante el siglo XVI se escandalizaron de que “las abominaciones de la carne” y “los hábitos viciosos” eran vistos en Japón como muy honorables, tanto que las personas “no están deprimidas ni horrorizadas” por las relaciones entre individuos del mismo sexo. Parece ser que, en un mundo compuesto de muchos mundos, la visión sobre la homosexualidad cambia según el cristal con que se mire. Las categorías sexuales no son producto del diseño original, sino de la historia y la cultura de cada sociedad y por ello son hechos sociales dinámicos, proclives al cambio.

     Los samuráis, aquella figura increíblemente popular en occidente como la representación del honor japonés y exaltado por sus virtudes masculinas, también eran asiduos amantes del sexo entre individuos del mismo sexo. La tradición del shudo implicaba que los guerreros experimentados tomaban aprendices jóvenes a quienes les enseñaban las virtudes de la honestidad y las técnicas de la guerra y con quienes, frecuentemente, se desarrollaban relaciones de amor y sexo. Si bien la edad, podría presentar una asimetría de poder que haría a ver a la relación sexual como una violación de un superior a su menor en situación de subordinación, como ha ocurrido de manera sistemática al interior de la Iglesia Católica, en el sistema samurái al menor se le permitía probar las intenciones de su supuesto amante por varios años antes de aceptarlo.

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No te espantes con el aventador, si te duermes con el petate

Quisiera aprovechar este espacio para hacer un apunte, a manera de diálogo, sobre las impresiones que me provocó un artículo publicado en este mismo sitio por mi muy querido y admirado amigo Esteban Salmón. Pido una disculpa de antemano, porque quizás no estoy conversando directamente con las ideas que vierte Esteban sino que hablo sobre la sensación general que me produjo su escrito. Muchas veces me enredo en otras conversaciones que entablo conmigo mismo sobre ideas de otros, esta vez no es ninguna diferencia. Esta respuesta hubiese ameritado mayor rapidez, pero en un principio mis ideas no eran suficientes para llenar un artículo de mayor longitud, creo que finalmente me excedí, y mi falta de diligencia me impidió terminar antes una nueva columna a la cual añadirla. Me debatía entre si añadirla a otras que espero pronto publicar o dedicarle un espacio aparte. Finalmente, aquí va.

     Sin duda creo necesarias las críticas a las quizás deficientes preguntas e interpelaciones de la campaña contra el machismo a la cual se refiere Esteban y celebro su voluntad de debatir acerca de temas relevantes para nuestra institución y las ciencias sociales, hacen falta más conversaciones de este tipo. Sin embargo, considero que la manera como su respuesta discute el tema aleja la discusión sobre el hecho sustancial y la desvía hacia asuntos menores como su “representación” y “formas”. Con esto quiero decir que la respuesta de Esteban no habla sobre la pertinencia o relevancia de las frases que usa la campaña sino de las interpretaciones que se pueden derivar por la manera como están escritas. Por ejemplo, a Esteban le molesta y considera censor que se diga “#YoNoViolentoPero creo que las mujeres no pertenecen a la política.” Sin embargo, no apunta si le incomoda porque cree que es una denuncia innecesaria, no nos dice si cree que la participación política de las mujeres actualmente es suficiente, si se necesita más, si sucede o no, vamos ni siquiera vuelve a hablar sobre las mujeres o la política, únicamente comenta sobre la oración.

     Después de leer varias veces el párrafo, concluyo que lo que en realidad molestó a Esteban fue que usaran el verbo “creer” y a partir de esta elección, quizás errónea de una palabra, aprovecha para lanzar una disertación sobre la libertad inalienable de mantener cualquier pensamiento o creencia mientras no se exprese o lleve a la acción. En este punto no puedo disentir con Esteban, como él creo que el ser humano tiene la autonomía absoluta para decidir sobre sus pensamientos y mantener las creencias que le venga en gana. Pero, francamente, la campaña, ni la discusión que hubiera esperado suscitase, va por ahí.

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Las mujeres de Murakami

Bastante tarde he terminado Hombres sin mujeres, el último libro de Murakami Haruki en cuyo título hace eco la reconocida admiración del autor japonés por Hemingway, de quien en 1927 se publicó una compilación de historias bajo un nombre casi idéntico. Este libro se anunciaba como una colección de siete relatos sobre amor, aunque, por tratarse de este autor japonés, estaba ya predispuesto a que versarían más sobre el desamor y la eterna nostalgia de aquello que nunca se tuvo. No me he llevado ninguna sorpresa y al concluir sus páginas me he quedado con un sentimiento de repetición, la sosegada calma de haber presenciado una tragedia cotidiana que viene después de terminar todos sus libros, una repetición que no por conocida se ha tornado menos placentera.

     Las mujeres, y sus relaciones con los hombres, siempre han sido una figura central en la literatura de Murakami; muchas de sus historias giran en torno a un protagonista que, sin buscarlo, se encuentra con mujeres que misteriosamente se sienten atraídas por él. Misteriosamente porque estos personajes femeninos encantadores, de una belleza singular y espectral, típicamente japonesa, llenas de vitalidad, muchas veces mal encauzada, y de una sensualidad susurrante, se enamoran de jóvenes insípidos, portadores de un enigma inescrutable y una torpeza social y emocional característica de su edad.

      Norwegian Wood, la novela murakamiana por excelencia, es la mejor muestra de su obsesión por estas relaciones asimétricas cargadas de nostalgia y sexualidad. En ese libro, Watanabe Toru mira hacia sus días de estudiante universitario al tiempo que urde una historia de recuerdos borrosos que se desvanecen, pero que intenta conservar desesperadamente, sobre sus relaciones con dos muchachas opuestas. Naoko, una dolorosa belleza llena de sufrimientos psicológicos —en mi opinión su mejor personaje femenino, el único que quisiera desenterrar de sus páginas para encontrarla al alba en una desierta estación de trenes— y Midori, una chica cómica, agradable, pero sin grandes aristas.

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Sistema penal y utopía

El concepto de utopía, como un orden de máxima perfección, guarda estrecha relación con el de prisión. Al ser las utopías espacios imaginados donde se asegura por completo la felicidad humana, requieren ser producto de una certidumbre mecánica que asegure el cumplimiento de códigos estrictos e innegociables. Parecería paradójico, pero en la utopía humana no hay espacio para el mismo humano porque para impedir la más mínima desviación se debe de aniquilar la espontaneidad, los impulsos, la imaginación y la pasión. Tal contradicción se expresa, quizás de manera deliberada, en las pinturas de la “Ciudad Ideal”, temática frecuente en el arte renacentista. En estas se dibujan urbes de una exactitud matemática sin igual, donde la ilusión de amplio espacio se consigue mediante relaciones geométricas. La arquitectura rectangular representa al buen gobierno, las plazas pulcras celebran los valores de una sociedad perfecta. Sin embargo, en estos cuadros llama la atención la ausencia de personas, como si la presencia de un individuo destruiría el balance perfecto. La mera existencia del ser humano, con sus infinitas posibilidades, implica un desafío al orden perfecto, pero mecánico de la utopía.

     Así, las descripciones del funcionamiento de los espacios utópicos cada vez más se parecen al de los espacios de reclusión. En las cárceles tampoco hay seres humanos, pues las estrategias de poder y vigilancia buscan mecanizar a los individuos en confinamiento despojándolas de su impredictibilidad humana para convertirlos en sujetos de administración mecánica. El juego de líneas y profundidad en las pinturas renacentistas se parece a las de Piranesi, influencia directa del panóptico de Bentham y las cárceles modernas, en donde genera la sensación de estar en un espacio ilimitado.
Las cárceles no deben ser únicamente espacios reducidos que dan la impresión de ser infinitos. También se puede estar encerrado en espacios de gran tamaño, en utopías amplias; en la concepción melancólica de Pascal el universo era una cárcel, una isla cerrada en la que uno despierta un día aterrorizado sin saber cómo llegó y sin posibilidad de escapar. Una isla como la que fue Japón por dos siglos desde 1633 hasta la llegada del Comodoro Perry y los barcos negros en 1853, cuando la política oficial de sakoku restringía la salida de nacionales y entrada de extranjeros por temor a los problemas sociales que la llegada del catolicismo generó en el país y como método de control político.

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