Skip to main content

Escribir mal es cosa de valientes

*Valentina Torres, estudiante de Política y Administración Pública. Tina Torán a veces. @vadasst en Twitter.

Sí sé.

Lo repito como autoconvencimiento: sí sé escribir.

Hasta donde recuerdo, nunca he dejado de saber hacerlo —o al menos no desde que lo aprendí— sólo que a veces se siente como si fuera la primera vez que lo escribo. Aunque no sé qué tendría de malo escribir como novata: tampoco sé qué me da el permiso de quitarme la etiqueta de “novata”. Para empezar, no sé de dónde viene la necesidad de ponérmela, o quién me la puso, o cuál es el origen de las ganas por meterme yo sola en alguno de los costales, experta o novata. Supongo que, como siempre, necesito nombrarme con urgencia.

Por ejemplo, llamarme ‘escritora’ hace unas semanas fue un suceso inédito, sorpresivo y ciertamente circunstancial. Porque cuando tengo que nombrarme me nombro, pero lo temo. Me da miedo que me conozcan por hacer algo que tal vez haga mal toda la vida. Primera nota: no sé qué es escribir mal. Segunda nota: en este momento, estoy escribiendo terrible. Tercera nota: decir “escribir terrible” me dirige a la idea de que todo lo que escribo se someterá eventualmente a la crítica y es justo ahí que anida mi narración que, para este párrafo, todavía se siente trabada (incluso si existe la posibilidad de que nadie me lea nunca). Me fundo poco a poco entre las letras entre más cómoda me siento aquí dentro [aquí mismo, en los huecos que quedan entre las palabras que superpongo con malísima estrategia] y luego el proceso se revierte cuando pienso que esto podría ―podría: siempre es condicional― terminar sometido a la lectura de alguien que no soy yo.

Qué molesto es pensar que solo a veces escribo bien. Porque qué es escribir bien. Mi autoexigencia incesante no me permite fallar analizando mis peores temores:

Primero, el escribir bien, en mi caso, implica un desarrollo muy antelado del argumento en cuestión; el factor de que la idea se ha estado cosechando, más bien incubando, por al menos tres horas antes de que yo decida, como dicen algunos escritores exagerados, inmortalizarlo[1]. Segundo, que cuando yo escribo bien ni siquiera me doy cuenta. Eso es un hecho; es, inclusive, un patrón: como si no fuera mío, el buen poema se me escapa de los dedos sin dejarme al menos saludarle, o decirle quién soy yo. La buena poesía me posee, soy el cuerpo con el que se materializa, soy la cosa poseída del poema incipiente. Siguiendo esta línea, la ejecución de la buena escritura es un fenómeno, por mucho, impredecible; tan desorganizada y coyuntural como una vomitada. Escribir es una vomitada que, en el mejor de los casos, todo el mundo quiere ver y en el peor, todo el mundo mirará por puro morbo.

No sé qué cosa quieran los otros. Originalmente, para mí y para quizá quien sea, la buena poesía es la que es leída, por varios y por bastantes. Sin embargo, y bajo el supuesto de que el verso es el más antiguo de los escondites y a la vez el menos explorado, el poema que se hace famoso es, sin duda, el menos deseable: la mala (¡la pésima!) suerte de la escritora a la que encontraron ahí escondida entre las estrofas (porque, obvio, el poema recibe el foco mucho antes de que lo reciba la poeta). Esas cosas yo las he advertido, desde luego. No porque sea lista, sino porque me asusta casi todo, suelo hallar miedos en todas partes. Lo pienso todos los días (mucho más todas las noches) y siempre —aunque no ahora— decido ocultarme entre las sombras. Mejor dicho: decido ocultarme en la mediocridad.

No tengo que ser una buena escritora para continuar escribiendo. La verdadera pesadilla aparece cuando tengo que revisar mis palabras de antes; volver a buscar en mis memorias las mediocridades viejas. Me piden que reescriba un texto que terminé hace casi un año. Entre los obstáculos de la consigna encuentro uno fundamental: hace meses que dejé de ser la autora de ese texto.

Aclaro: cuando lo leo, me reconozco, desde luego, en los enunciados que alguna vez salieron de mí; de ningún modo el bonche de palabras me resulta desconocido. Tampoco es que ya no le encuentre coherencia, ni que me haga la desentendida y con ello le quite al argumento sus virtudes. Esto tiene que ver, en realidad, con que leer lo que escribí hace tiempo se siente como si leyera a otra voz.

Otra desconocida no. Me refiero a que, volver a leerme—como experiencia—está más cerca de leer a un muerto indefenso que de leer a un amigo entrañable. Incómodo, aunque no descarto el hecho de que la mejor parte de estar muertx es que eres criticadx con genuina facilidad: después de estar un rato inerte, se muere contigo el miedo colectivo a contradecirte. Cruel, por descontado, pero igual provechoso: qué son las bibliotecas tradicionales sino albergues de las críticas a los muertos.

Dicho tal, resumo: el mayor percance de leer mis propias viejas cosas es que me critico con maldad. No soy flexible conmigo, soy cruel, como si ser la autora de eso de allá no fuera un paso imprescindible para ser la autora de esto de aquí. Soy condescendiente, en el mejor de los términos; en el peor, soy desconsiderada.

Juzgo duramente los pensamientos que he tenido. Es cierto que nunca soy más yo que cuando escribo, especialmente cuando escribo libre (sin fechas ni consignas), pero también es verdad que mi propia esencia me intimida la mayor parte del tiempo. Bajo ese supuesto, mi autocensura es una reacción involuntaria al miedo que me tengo.

Releerme, además, implica volver a sumergirme casi por completo en la coyuntura emocional que en ese momento logró producir El Texto. Nadie nunca (aunque parezca ser una idea solicitadísima y muy muy urgente) ha querido vivir en el pasado, ni volver a vivir en una piel que hace meses mudó. Sin embargo, yo, por mero trámite, la tengo que visitar.

No es la peor de mis faenas, claro. Pero sí requiere trabajo. La relectura, diría finalmente, es invocar cosas que ya se fueron, cosas que se murieron apenas tecleé la última letra. Tengo que volver a sentir aquella melancolía que nutrió el texto que hoy me parece un asunto lejano y vago. Quiero hablar con la mujer que estaba así de triste y así de indignada. Quiero que me diga con cuánto deseo colocó esas comas y cuánto enojo puso ese punto final.

Ya no soy esa mujer. —A ver cómo le hago entonces para que la Yo que escribió eso venga y quiera responderme unas preguntas— le digo al editor, bajito, pensando que no me oye.

— Invocación —me responde.

Escribir es diabólico.


[1] ¿“Inmortalizar” qué cosa? Yo no siento que la poesía una vez escrita se inmortalice; a mí más bien se me muere cuando la suelto. No sería buena madre igual que como no soy buena poeta.